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Jueves, 26 de abril de 2007

LITERATURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR JEAN–MARIE LE CLEZIO, UNA FIGURA FUNDAMENTAL DE LA LENGUA FRANCESA ACTUAL QUE PRESENTA DOS LIBROS

“Escribo para traducir mi relación con lo cotidiano”

Dice que vivió en más países de los que puede contar y que eso lo llevó a sentirse siempre “una pieza importada” en su país de origen. Hoy presentará en la Feria El africano, un volumen sobre su infancia en el continente negro, y Urania, libro que plantea su escepticismo con respecto a las revoluciones latinoamericanas.

 Por Silvina Friera

Al margen de escuelas, clanes literarios y modas, el escritor Jean–Marie Le Clézio, considerado el más importante escritor contemporáneo de la lengua francesa, se acomoda a un costado de la barra del bar, en el hotel donde se aloja, bien al margen, acaso tratando de ocultarse del bullicio de los turistas que intentan desayunar. “No demasiadas fotos”, pide con una amabilidad tan ubicua e inasible como su literatura. “No me molesta ser inclasificable, es difícil clasificar a los seres humanos, quizá con los insectos sea posible”, bromea el escritor en la entrevista con Página/12. Dice que ha vivido en más países de los que puede contar –México, Panamá y ahora Estados Unidos, por mencionar algunos–, pero muy poco en donde nació. “Quizá por eso me he sentido siempre como una ‘pieza importada’ en Francia. No me gustan las murallas geográficas, pero mi patria es la lengua y la literatura francesa.” Su visita a Buenos Aires, donde hoy se presenta en la Feria del Libro (a las 18, en el Rincón de Lectura), coincide con el lanzamiento de dos libros: El africano (Adriana Hidalgo), un volumen de memorias sobre su infancia en ese continente, donde por primera vez, a los 8 años, conoció a su padre. Y su última novela, Urania (El Cuenco de Plata), en la que relata el viaje de un geógrafo francés, Daniel Sillitoe, a las fuentes del río Tepalcatepec, un personaje que, al mismo tiempo que busca conocerse a sí mismo y a los demás, se enfrenta al cinismo de un puñado de antropólogos del Emporio (en Michoacán), que trabajan con seres humanos como si tratara de un “terreno” y plantea su escepticismo respecto del discurso revolucionario en Centroamérica.

–¿Por qué tanto en El africano como en Urania tiene mucho peso la figura paterna, ya sea por ausencia o por exceso de autoridad?

–Me imagino que se corresponde con mi vida. No he conocido a mi padre hasta los 8 años. Mi hermano y yo fuimos educados por mi abuela y mi mamá, así que la ausencia del padre es un elemento de mi propia vida, y tengo dificultad en imaginar lo que puede ser tener un padre. En la escuela los niños siempre iban acompañados con sus padres, pero mi papá no estaba porque vivía en Africa, y yo le inventaba una vida: decía que era comerciante y que viajaba por el mundo con muchas mercancías.

–¿En esa invención sobre lo que hacía su padre encuentra el origen de su vocación por la escritura?

–Sí, los escritores somos mentirosos (risas). Tenía 8 años cuando escribí mi primera novela. Viajé durante un mes en un barco hacia Nigeria para conocer a mi padre, y mientras viajaba imaginaba cómo podía ser ese encuentro y lo escribía. Después, por varios años, dejé de escribir, y a los 23 empecé de nuevo. La meta de conocerse a sí mismo es lo más esencial para un escritor. El acto de escribir es una manera de entender lo que soy y de percibir a los demás. No se trata tanto de expresar “ideas”, sino que busco entender lo que soy y en las cosas que creo. Escribo para traducir mi relación con lo cotidiano. Un escritor chino que me gusta mucho, Ba Jin, novelista de principios del siglo XX, dijo que escribía porque la bella vida es muy breve. Me parece una buena respuesta.

–¿Cómo explica su visión crítica respecto del turismo “exótico”?

–Desconfío del turismo, y sobre todo del exotismo. Mi familia es de Isla Mauricio, una pequeña isla al sur de Africa, donde pasé mi niñez disfrutando de ese lugar que casi nadie sabía dónde quedaba. Después se puso de moda por sus playas y sus cocoteros, pero para mí era mi lugar de origen, donde tenía primos y tías y tíos. Durante mi niñez ese hogar no me parecía “exótico”, aunque para el otro resultara curioso. Esta idea de transformar la realidad, de hacerla extraña, eso es lo que no me agrada. Me cuesta explicar las razones, están ligadas a mi niñez y a mi educación, pero no me gusta y no puedo ser turista. Puedo pasear, pero siempre me interesa más involucrarme con los lugares, vivirlos, aunque es necesario salir del hogar y conocer el mundo exterior. Sé que puede sonar contradictorio.

–Sí...

–Casi nunca viajo; me invitaron a la Feria y como siento mucha atracción por América latina, particularmente por Argentina, acepté la invitación. Pero no me gusta hacer viajes turísticos. En realidad, siempre digo que Isla Mauricio es mi hogar, pero he vivido allí muy poco, y la Isla Mauricio que conozco es un mundo que ya no existe, un mundo imaginario. Además, cuando voy allá y veo a los turistas que se bañan y que hacen deportes en el agua, me siento incómodo. Yo prefiero ir al centro y tratar de entender lo que es la vida ordinaria para el mauriciano. Afortunadamente tengo dos nacionalidades, dos pasaportes: el mauriciano y el francés. Eso me da la posibilidad de cambiar de piel y de personaje. Así que no hay un lugar donde pueda decir: “Aquí voy a quedarme, ésta es mi tierra”. No tengo esa necesidad de arraigo. He vivido doce años en México y ahora estoy viviendo, hace unos quince años, en Nuevo México (Estados Unidos). Hoy estoy acá, mañana no sé... quizás Isla Mauricio puede ser el último paso.

–¿Qué le atrae de la Argentina?

–Principalmente Borges, que para mí es un misterio y creo que expresa lo que es la Argentina. Es un hombre nuevo y a la vez es muy europeo que refiere a culturas antiguas o completamente imaginarias. Lo leí primero en francés y después, cuando aprendí español en México, lo volví a leer. La lectura de Borges es mucho más agradable en español que en francés. El hacedor es una maravilla, y también disfruté mucho sus poemas.

–¿Llegó a conocerlo?

–Sí, en París, creo que en 1980, en una cena oficial. Me habló mucho de la literatura inglesa; recuerdo que tenía un bastón de ébano. Después escribí un cuento sobre ese encuentro, aunque todavía no ha sido publicado. Fue muy fuerte, me impresionó su presencia, esa mezcla de autoridad y de sensibilidad y cómo se notaba que disfrutaba mucho del diálogo con sus interlocutores. Al principio estaba buscando el nombre del autor de Las minas del rey Salomón, Henry Rider Haggard, y estaba tan preocupado por eso que, aunque la conversación seguía avanzando, siempre volvía al mismo tema.

–¿Borges influyó de alguna manera en su literatura?

–Sí, porque leí El hacedor cuando era muy joven, y por la manera en que mezclaba lo popular y lo erudito permitía que sus cuentos pudieran y puedan ser leídos en varios niveles. Borges fue una influencia para mí porque en Francia los escritores deben afirmar su condición estética, tienen que ser autores difíciles de leer, que no van a vender libros, o estar comprometidos con una literatura muy comercial. Borges escapó de estas trampas, creo que por ser argentino. Es algo que entiendo mejor ahora que estoy en Buenos Aires. Acá no encuentro tanta división entre lo popular y lo “educado”. Estuve por el barrio de La Boca con personas muy educadas que de repente se ponían a cantar con los músicos sin problemas. En Francia creo que Sartre nunca cantó ni bailó en una cantina (risas).

–¿Por qué es tan rígido el sistema literario en Francia?

–No sé por qué, creo que los franceses tendrían que preguntarse qué pasó, por qué se volvieron tan serios, solemnes y rígidos. Mi mamá tenía una teoría sobre eso. Decía que los franceses fueron divertidos y alegres hasta la Primera Guerra Mundial y que después se volvieron muy serios. Una historia dramática puede cambiar el carácter de un pueblo.

–En Urania, el narrador es muy escéptico respecto de la revolución en América latina en la década del 70. ¿Coincide con este escepticismo?

–Sí, no soy de los que se han ilusionado con el Mayo francés o con junio de 68 en Tlatelolco, más bien tenía por entonces una posición bastante escéptica. Casi cuarenta años después vemos cómo muchos de esos revolucionarios se han vuelto personajes de la opresión. La revolución es una cualidad de la juventud, es necesario que la juventud sea revolucionaria, pero luego, con la madurez, me parece que lo mejor es ser escéptico.

–Pero para usted debe haber sido incómodo ser escéptico en los años ’70... ahora es más fácil.

–No podía estar al margen de los acontecimientos, la represión mató a muchísimos estudiantes y no podía permanecer indiferente ante esas muertes. En aquella época, en el ’68, daba cursos en México y me acuerdo del ruido de los helicópteros que cargaban los cuerpos de los estudiantes muertos, que eran llevados fuera de la ciudad para quemarlos. Uno no podía evitar sentirse conmovido, pero se sabía que era inútil, que no iba a cambiar nada. Las ilusiones de los estudiantes fracasaron, pero eso era evidente en ese momento. Por eso para mí era difícil admitir que podía haber una revolución que tuviera éxito. Quizá sus ideas eran buenas, pero muchos de los revolucionarios salvadoreños y nicaragüenses que conocí en México no me interesaban como seres humanos. Los escritores siempre somos escépticos, sobre todo después del fracaso de la novela comprometida. El escritor que más me gusta es Juan Rulfo. Aunque estoy seguro de que su manera de votar era conservadora, sus ideas eran revolucionarias. Hay que saber distinguir entre la política y la fuerza de su literatura.

–¿Y en su caso cómo sería esta distinción?

–Hubo un período muy violento en mi vida, pero mi revolución la hice de otra manera, me fui a vivir entre indios en Panamá, en la selva, y después de tres años salí completamente cambiado. Viví entre gente muy pobre, que me enseñó a mantener una especie de filosofía, una elegancia en la manera de vivir. No se trataba de que fueran buenos o salvajes, sino que vivían con otros valores. Para mí esa es la verdadera revolución, poder saber qué es lo accesorio y lo esencial de la cultura en la que vivimos. Como no creo en la revolución, tampoco creo en las escuelas. Por eso me gusta Borges, porque no se lo puede adscribir a ninguna escuela: es clásico, moderno y barroco.

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“Acá no encuentro tanta división entre lo popular y lo ‘educado’. En Francia, Sartre nunca cantó ni bailó en una cantina.”
 
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