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Martes, 20 de septiembre de 2011

TELEVISION › DEBUTó LA NUEVA VERSIóN DE LA BIBLIA Y EL CALEFóN

Una mochila demasiado pesada

A Sebastián Wainraich se lo vio lógicamente nervioso en su debut ocupando el lugar de Jorge Guinzburg, creador y alma del ciclo, pero no fue al único: también los invitados, reconocidos “remadores”, sintieron el impacto de inaugurar la nueva era del programa.

 Por Emanuel Respighi

Jorge Guinzburg fue –es– único e irremplazable. Periodista, humorista, conductor, productor, el recordado petiso ha dejado su imborrable huella en la cultura argentina a través de programas de radio y TV, tiras cómicas, columnas escritas y diversas propuestas teatrales. Una de esas criaturas mediáticas que creó y encabezó con maestría fue La biblia y el calefón, el ciclo que se emitió por América y El Trece: era un formato hecho a su medida, en el que supo desplegar todo su talento y donde se lo pudo ver por última vez antes de su muerte. Anteanoche, Sebastián Wainraich tuvo la compleja tarea de ser el anfitrión de la nueva versión de aquel programa, que manteniendo el título del original ahora El Trece emite los domingos a las 22.30. Y es un papel que lleva la carga –emotiva, cotidiana y personal– de Guinzburg, a la que el flamante conductor tendrá el desafío de olvidar para poder imprimirle al ciclo su propia identidad, sin perder la esencia. En el debut tuvo un rating de 13,7 puntos, quedando como el quinto programa más visto del día.

En el primer programa de la nueva versión de La biblia y el calefón se hizo evidente que el fantasma de Guinzburg revoloteó durante todo el envío. En el conductor y en los invitados, pero también en los televidentes. Y no podía ser de otra manera. Desde el título del ciclo hasta la nueva versión de la cortina musical original, nuevamente a cargo de Joaquín Sabina, el halo del mentor de La biblia y el calefón estuvo presente tanto explícita como tácitamente. “Si te sale un grano en la nariz/ si te pide coima el porvenir/ si el troesma Guinzburg, ¡puta madre! nos dejó/ no necesitás permiso, vamos a hacerte el humor/ en memoria del petiso La biblia y el calefón”, dice la renovada letra en la apertura de un programa que deambuló entre el merecido homenaje y la necesidad de atravesar el bronce para encontrar un estilo propio.

En ese extraño contexto de “continuidad y ruptura”, Wainraich aparecía como el eslabón a evaluar por propios y extraños. Visiblemente nervioso, el nuevo anfitrión hizo catarsis de su estado apenas comenzó el envío. “Quiero decir, primero, que es un orgullo estar acá. Y segundo, que no me siento para nada expuesto, para nada observado, dormí bien todas estas noches”, abrió el juego de un programa que contó con invitados que –a priori– le iban a facilitar las cosas. Adrián Suar, Diego Torres, Natalia Oreiro y Ricardo Darín constituyen un cuarteto con el que todos sueñan para el debut de un programa de entrevistas. La charla arrancó con Wainraich chicaneando a Suar, su jefe, por no dar con el perfil del trabajador. “Tengo que demostrar que lo puedo verduguear”, buscó complicidad el conductor con Torres. “Hoy me agarra él a mí, pero mañana lo agarro yo”, le retrucó Suar, con la habilidad para el contragolpe humorístico que lo caracteriza, y que despuntó en toda la noche.

Más cercano a la conducción stundupera (¿nuevo género televisivo?) que a la de mero bastonero, Wainraich intentó plasmar su propio estilo al formato, algo que logró por momentos. Se lo vio rápido de reflejos para, ante cada respuesta permisiva de Darín sobre su manera de ver la familia, señalarle con oportunismo que quería ser “su hijo”, luego “su esposa” y más tarde “su amante”. Sin embargo, la percepción que quedó flotando es que se dejó encorsetar por el formato y el peso de saber que su lugar alguna vez lo ocupó Guinzburg, uno de sus referentes.

En esa charla, más liviana que profunda, en la que se abordaron distintos tópicos (el sexo, las obsesiones compulsivas, las cosas que cada uno hizo para llegar a donde llegaron, o las cláusulas que incluirían en un contrato matrimonial) a Wainraich no lo favorecieron los invitados ni la edición. Es que, aunque son conocidas las características “remadoras” de los cuatro convocados, a ellos también pareció pesarles ser los que inaugurasen esta nueva etapa de La biblia... En ese aspecto, con cortes abruptos, la edición final del envío perturbó la fluidez a la que el programa debería apuntar. Esa edición, además, hizo más foco en los invitados que en Wainraich, quien para lucirse deberá sacarse de encima el peso de “reemplazar” a Guinzburg y pensar que no está haciendo La biblia... sino un programa nuevo, distinto. Sólo así podrá imprimirle su sello a un ciclo al que en el debut sintió la “mochila” de su historia.

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En su debut, Wainraich estuvo más cerca de la conducción standupera que de la de mero bastonero.
 
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