Además de destino final de ciertas almas, el cielo fluctuó desde siempre en la galería imaginaria de las sociedades como aquel techo inabarcable y omnipresente, capaz de despertar a la vez sueños e inquietudes. Fue observado y fue usado: no sólo como herramienta de orientación espacial y temporal por marinos errantes sino por conquistadores como Genghis Khan, fiel seguidor de los supuestos designios celestes, y Cristóbal Colón, quien escapó de una muerte segura gracias a la predicción de un eclipse. Y no sólo eso: un gran cometa dictaminó la suerte del formidable Imperio Azteca y una gran lluvia de estrellas fugaces desató en el siglo XIX el pánico generalizado en Estados Unidos, con escenas de suicidios y exclamaciones de la llegada del Juicio Final. En fin, relatos curiosos y terribles que recuerdan el parentesco íntimo y el vínculo estrecho que une al cielo y a la tierra.