Por debajo de la comentada interpretación de Philip Seymour Hoffman (hoy ya recompensada con un Oscar), Capote desliza entre los espectadores un componente menos espectacular pero mucho más atendible: la ambivalencia moral de escritor con respecto a los condenados de cuya historia se valió –y el implacable castigo que la película le reserva por hacerlo–. María Moreno indaga en los falaces presupuestos de este error imperdonable.