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Domingo, 4 de enero de 2004

RESCATES

Escrito en las llamas

La reedición de los cuentos que Sara Gallardo puso bajo el título El país del humo (Alción editora) reinstala a la autora en el alto sitial que se merece en el contexto de la literatura argentina.

Por Leopoldo Brizuela

El país del humo, único volumen de cuentos de Sara Gallardo (1931-1988) es una reescritura de la historia argentina tal como la concebía, al menos desde el ‘80, la clase social en que esta autora nació, un asedio poético a la cerrada cosmovisión de la oligarquía. Las novelas y poemas del siglo XIX, “los libros de la patria” –esas mismas relaciones de campañas militares y científicas que su hermana Marta Gallardo reedita hoy en el sello El Elefante Blanco–, y, sobre todo, las anécdotas que circulaban en su casa, en las que la historia se cristalizaba en mitología familiar, son los materiales que la delirante imaginación de Sara Gallardo reelabora, no sólo para exponer la decadencia de clase –como en el caso de Manuel Mujica Láinez– sino para sobrevivirla; no para añorar o mantenerse obcecadamente fiel a una anacronía o para evadirse en el puro juego –como Adolfo Bioy Casares–, sino para reinventarse desde las propias incomodidades en el medio, desde una feroz, inacabable guerra íntima.
En este sentido, El país del humo es culminación de una busca tan antigua como su deseo de escribir. Ya en Enero (1958), relato del campo cuya sencillez y tono menor se oponen a las idealizaciones de un Güiraldes o a las pompas del criollismo, la herramienta espontánea de Gallardo había sido la elección de puntos de vista nuevos (en este caso, el de la hija de un puestero de Libres del Sur que queda embarazada contra su voluntad). En Eisejuaz (1971), un alucinado monólogo de un mataco psicótico en busca de su propia santidad, la herramienta de Gallardo había sido la invención de una lengua nueva que imita el habla del indio salteño en su economía de vocabulario, su uso del silencio, y sobre todo, en la capacidad de creación y violencia que trasuntan los aparentes “errores” en el “habla castilla” –no tanto al modo de Juan Rulfo, con el que se la ha comparado muchas veces por la excelencia de su prosa, como de Mario de Andrade en Macunaíma–. Como éste, y a diferencia de los indigenistas, Sara Gallardo no pretende “reflejar al salvaje”: aprende del “otro” para traspasar los límites de su propia imaginación, para dejar que hable lo salvaje que lleva aún dentro de sí.
Mientras escribe El país del humo, entre 1974 y 1975, y después del intrincado proceso de Eisejuaz, Sara Gallardo proclama su necesidad de “volver a narrar ante todo”, pero rechaza las poéticas consagradas del cuento desde Poe a Chéjov, desde Horacio Quiroga o Abelardo Castillo, para explorar en tradiciones muy disímiles –del cuento folklórico a los epitafios biográficos de Edgar Lee Masters, de las fábulas animales de Rudyard Kipling a los inclasificables relatos de Silvina Ocampo–, y sobre todo en formas marginales o premodernas, en especial, las que perviven en la narración oral. En verdad, junto con una arrasadora melancolía, el incomparable lirismo con que describe el paisaje pampeano y su omnipresente crueldad (recurso quizás para contrarrestar, al modo de Yourcenar o Gambaro, lo que consideraba el “sentimentalismo, gran riesgo de la escritura femenina”), el rasgo más definitorio del estilo parece ser el tono de chisme, de confidencia íntima, o a lo sumo, de relato de fogón.
Con fórmulas de narradora oral, Gallardo se aplica a contar desde una investigación científica sobre la influencia de las nubes en la historia universal, al delirio del hijo de un jefe de estación que cree ver pasar “los trenes de los muertos” o las treinta y tres vidas de las esposas del cacique Piedra Azul (Calfucurá), donde aquella “lengua Eisejuaz” alcanza su conquista más alta –uno de los textos más estremecedores y originales de toda la narrativa argentina del siglo XX–.
La asombrosa variedad temática que sugieren estos pocos ejemplos admite, sin embargo (al menos como forma de presentar el libro), un esbozo de clasificación. Una primera línea de relatos reelabora aquellos elementos de “los libros de la patria” en tramas de deliberado ambiente onírico, como el del fantasma de la amante francesa del General Paz, o la monjasalesiana que cuida de la niña oveja y que desea llegar al Paraíso sólo para volver a oír “aquel balido”. Un segundo grupo describe mundos de apariencia casi excesivamente ordinaria que admiten de pronto una ley ajena que los desafía y los hace luchar por su sobrevivencia al modo de Kafka o Felisberto Hernández: es el caso del jubilado de Lanús que un día, al levantarse, se halla en medio del océano (esta historia, según se afirma, explora los sentimientos de la autora durante el tormentoso período de la muerte de H. A. Murena, su segundo esposo, y echa luz sobre el curioso trabajo de su imaginación, su extemporáneo modo de representarse). Una tercera veta de cuentos, que la autora deseaba fuera su “nueva manera” poco antes de ser presa de un bloqueo doloroso y definitivo, implicarían un retorno a cierto realismo casi minimalista, atento sin embargo a detectar en lo cotidiano parecidos con el poema: correspondencias, en fin, que sugieran orden detrás del caos, sentido en medio del estallido final; es el caso de Vapor en el espejo o Un solitario, inolvidable retrato de Murena.
Después de la década de casi absoluto olvido que siguió a la muerte de la autora, fue la buena memoria de antiguos admiradores, como Griselda Gambaro, María Moreno o Ricardo Piglia, el punto de partida para rescatar la obra de Gallardo en los innúmeros balances y antologías de fin de siglo. Esta reedición cordobesa no sólo reinstala definitivamente la figura de Gallardo en la altura que alguna vez tuvo, junto a las obras de una Silvina Ocampo o una Elvira Orphée, otra gran olvidada; permite apreciar también su increíble actualidad, capaz de presagiar a un tiempo a los aparentemente inconciliables César Aira y Andrés Rivera, Washington Cucurto y Liliana Bodoc, habitantes castigados del país del humo, escribiendo todos entre las hogueras.

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