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Sábado, 1 de julio de 2006

CONTRATAPA

"El nombre de la rosa", veinte años después

 Por Gary Vila Ortiz

Había leído algunas cosas de Umberto Eco cuando apareció El nombre de la rosa. En mi profundo aprecio por el snobismo, cuando figuró en la lista de bestsellers no la leí. Pero si lo hice con Apostillas al nombre de la rosa, libro sustancial y breve. Además me detuve, con placer, en el film de Jean﷓Jaques Annaud que se hizo en 1986. Veinte años después me alegro que las cosas hayan sucedido de la manera que han sucedido. La novela ha llegado justo en el momento en que la necesitaba. Si la película, que vi más de dos veces, me entusiasmó, sobre todo por los primeros planos de los rostros y por la edifición del monasterio, borgiano sin duda, y del mismo Borges, convertido en un asesino ciego admirable, ahora la novela me parece mejor que con la seguridad me hubiera parecido en aquel 1986, año, dicho sea de paso, de la muerte del autor que Eco utiliza, pero no solo como personaje. Es cierto que, como lo diría Sciacia, las caras de los personajes son las caras que se les otorgó en la pantalla. Y ya no pueden ser otras. Tampoco tendrían por qué serlo. Sean Connery, F. Murria Abraham, Christian Slater, Elya Bassin, Feodoe Chaliapin (hijo, claro), William Hickey, Michel Lonsdale, Ron Perlman, entre otros, son recuerdos que persisten en la memoria como alginas escenas que estimo formidables.

Pero la novela, la lectura de la novela, viene justo a tiempo por otros motivos. La cercanía del código secreto de Leonardo, la historia más o menos real de los templarios, la otra historia más o menos real, pero escamoteando mucho, del Opus Dei, las declaraciones de Eco en torno a la novela de Dan Brown, el poder comparar en la memoria las dos películas, hacen que pueda hasta escolarmente manejar las diferencias entre lo que es la ficción válida de alguien que sabe y el autor de un entretenimiento (para algunos, pues a mi me aburrió) de un best﷓sellers con la intención bien lograda de acumular dólar tras dólar. Parece que Brown le dijo a Eco: "Qué querés vos, gilito embanderado, si la razón la tiene el de más guita, si a la razón la dan por moneditas y a la moral la venden al contado...". Ahora esto ya no es así: tanto la honradez como la moral se pueden lograr en cómodas cuotas mensuales.

Además, en la obra de Eco, una escena que ocupa poco más de dos páginas, y en la película una escena cortona y las trenzas, logró un clima erótico bien medieval entre herejía y ortodoxia, entre un panorama (con algún agregado, pero no demasiado importante) sobre las ordenes de aquel entonces, que sí valían la pena, por su fe tremenda, sus dudas terribles, sus polémicas interminables que podían terminar en el fuego. En el "código" no hay inquisidores repulsivos, solo un monje albino, misterioso y ambivalente, amante del cilicio y la autoflagelación. El "código" al lado de la "rosa" suena como mediocre, tanto como el peluquín de Tom Hanks.

Pero al margen de esto que apuntamos, la novela de Eco debe ser releída por aquellos que ya la leyeron. Vale la pena. Una primera lectura, más aún. Hay diálogos entre franciscanos, benedictinos, dominicos y herejes (que no eran tales) que valen la pena. Por otra parte aparece un Sherlock Colmes de ese tiempo que arañaba el otoño de la Edad Media, y un Borges que más que una caricatura es una exageración de alguien que sin duda lo admira y de qué manera.

Diría que cada capítulo es una historia, una forma de aprender, en una novela, lo que puede saberse, con algo de ficción, pero de primera, sobre aquella Edad Media que aún se discute. Es El nombre de la rosa como las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, como algunas de las vidas que nos cuenta Plutarco. Pero dejándonos, sobre todo, la posibilidad, como si fuésemos el Montaigne que no somos, reflexionar desde el 2006 sobre aquello que acontecía en pleno siglo XIV.

Le debo a Chesterton y tal vez más que a él a Johan Huizinga y su Otoño de la Edad Media, una extraña fascinación por lo medieval. Es cierto que en tantos aspectos fue una época obscura, pero no en todos. Sobre todo fueron tiempos en que no había media tintas en nada, pero en los tiempos que llamamos contemporáneos, digamos de 1914 a este 2006, ¿no sentimos la presencia de tiempos obscuros, aunque más sofisticados, pero creo que más atroces, más mentirosos y con la más capacidad para hacer daño?

En la Edad Media había crímenes terribles, la sangre podía salpicar las páginas de los manuscritos, pero junto con eso también eran posible increíbles formas del perdón. Los grandes señores dominaban a los pequeños señores que dejaban de serlo. ¿No es lo mismo ahora cuando una gran potencia domina a las otras con el meñique de sus armamentos que incluyen todo lo que usted quiera?

No tengo la menor pretensión de proponerme una definición de la Edad Media, tengo conciencia que no podría. Pero puedo aconsejar el mencionado libro de Huizinga y la Breve historia del mundo de H.G. Wells para una primera aproximación. La abundancia de bibliografía sobre el tema es formidable. No aconsejaría buscar por Internet, preferiría a quienes puedan, una buena biblioteca, pública o privada, para entregarse a esas páginas que un aparatito como esos que se usan ahora parecerían desmerecer el tema, sobre todo algo como la Edad Media, de amores que podían terminar en la hoguera y de hombres que fueran de donde fueran se dedicaban a la destrucción de ciudades. El nombre de la rosa es una ficción, pero válida. Y su lectura mucho más que satisfactoria, un buen antídoto para el modelo de moda que es el Código Da Vinci, que sigue siendo solo una de las nuevas formas de la moda.

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