rosario

Sábado, 9 de julio de 2016

CONTRATAPA

Cuatro historias con musa y sombrero

 Por Miriam Cairo

Uno

Me la encontré en medio de la plaza principal de Aracataca, después de haberla perdido en aquel hueco de la condición no-humana. Acababa de protestar por el empujón de otra musa, que según ella, había desperdiciado cinco años en la vieja biblioteca pública. Yo supuse que todo estaba relacionado. La musa descarnada llevaba un sombrero muy ridículo y caminaba entre dos hileras negras levantando el índice y el azar del cuerpo hasta una subjetividad que la mismísima lengua llamaría locura. En un momento un insecto le picó la nariz. Aracataca es una ciudad picante. Los hipopótamos diminutos volaban de flor en flor, y la tonta y ridícula musa no encontró mejor cosa que aplastarlo con sus dedos de musa. Pero el hipopótamo había resultado ser un poeta laureado. Como para no creérmelo, el trueque de hipopótamo a poeta nunca terminaba de pasar, pero la musa que venía tras de mí, detrás de la otra musa, reconoció su respiración. El poeta laureado permanecía inmóvil en el aire, como si alguien lo estuviera soñando, y luego cayó como si alguien dejara de hacerlo. Creí haberte dicho que te fueras, dijo la musa descarnada. Entonces, el hipopótamo estiró los cuatro versos de sus extremidades y se acabó, concluyó acabándose de alguna forma, probablemente con resultado nulo.

Dos

Todo era brumoso y nacarado en la plaza de Livorno poblada de múltiples presencias entre las que se distinguía, sin embargo, una musa con un cuello demasiado largo que anunciaba el carácter y la grave pleuritis que padecía desde la infancia. Livorno es una ciudad etrusca. La cinta de su ridículo sombrero había sido reemplazado por un cordón trenzado. Reñía con otra musa a la que yo no veía, y en una lengua que desconocía. Después, como presa del miedo, la musa del largo cuello y la grave pleuritis se metió en la oscuridad de un pasillo del año 1914, donde la esperaba el pintor que, por su mala salud, no había podido alistarse en el ejército. La musa del largo cuello y la grave pleuritis avanzó unos pasos. Ya en París le metió el dedo en los ojos, la lengua en el alma, la tos en el sexo. Otra parte del sueño me llevó al 8 de la Rue de la Grande Chaumiére, donde la misma musa, a los 19 años le confesaba al pintor, entre susurros: yo creo, Modí, que los ricos son tan pobres como nosotros. Y nunca más desperté.

Tres

Al mediodía me encontré en la parte trasera de la nave espacial que me llevaba, por sólo 22 pesos, sin palmas, ni brillos, pero con el primer alumbramiento. En tres tiempos matemáticos nuevos, exclusivos, descubrí la musa esquelética y sin cinta en el sombrero. Por supuesto creyó que otra musa la empujaba adrede, cada vez que pasaba gente que subía y que bajaba. Entonces la ridícula musa, presa del panic attack, se alejó y llegó hasta la portezuela sin picaporte. Me gustaba esa musa, me gustaba tanto como ser lo contrario de lo que no fui. La presencia de la musa esquelética me ayudaba a malgastar mi nombre, a escuchar el gran zumbido de mis células, la numeración del cuerpo. Y qué aliento el de sus pulmones que se posaban como un rumor sobre mi lengua mientras el tiempo daba vueltas alrededor del planeta. Muy lejos de mí misma estaban mis ojos parpadeando en sus ojos. Los medios de transporte no habían mejorado en el cielo. La musa miraba por la ventanilla el espacio, pensando todo el tiempo en saltar al vacío y construir sus alas en el camino.

Cuatro

Por estiramiento, quizás, la musa de dedos largos, resultaba incesantemente imprevisible sobre lo liso, lo raso, lo tenso y lo infatigable. La cabeza estaba a unos tramos de mirar en dirección opuesta y yo apenas me inclinaba en un toque espiritual de auras que devenían en un trastrueque de sargazos trasnochados en el bar. Allí estaba la musa con talle índigo y sombrero sin cordón. Discutía con la narradora de voz anaranjada mientras se precipitaba hacia un sitio amarillo para hacerse la escuchante moraleja de la pájara azul. Momentos más tarde tenía la mano Peloponeso sobre el escote de la narradora y la mano medieval en el botón del tiempo infinito. No sé si comprendía entonces, como comprendo ahora, que el lenguaje no es simple habladuría, ni la dote de la hija de la Real Academia, sino un catalejo en el fuero íntimo que busca un lugar donde construir los cantos nuevos.

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