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Viernes, 14 de octubre de 2011

La familia tipo

Mirta: –Yo soñaba, a mis 20 años, con casarme y formar una familia, era el buen ejemplo que me habían dado mis padres. En esa época, aún tan jóvenes, éramos maduros, teníamos muy claro lo que queríamos: casarnos y tener hijos. Siempre tuve muy presentes los valores que me inculcaron mis padres: el valor del amor, de la amistad, el compañerismo, la ética, la estética. Tuve tres hijos: David, Valeria y Magalí. Valeria, hasta cierta edad, hasta su adolescencia, fue mi hijo, mi segundo hijo. Para mí fue todo un proceso, hasta que lo asumí y lo entendí. Y creo que lo tengo muy asumido, casi completamente, diría. No sé si falta algo. En principio es cierto que tuve que hacer un duelo: yo tuve un hijo varón, esto es así. Y luego ya no lo tuve más. A cambio tuve otra hija mujer. Tengo un varón y dos mujeres.

Valeria: –Mi mamá fue criada en otro momento. Tuvo un buen ejemplo, demasiado bueno tal vez: una familia donde el marido era fiel, bueno y trabajador, y la mujer era compañera. Ella fue hija única, por lo tanto una hija exigidísima. Si algo no comparto en absoluto con ella es su miedo. El miedo a tomar ciertas decisiones y correr el riesgo de quedarse fuera de “lo que se debe hacer”. No me conformo con tener un marido, cuando pienso en un hombre, pienso en un compañero. Y no negocio eso. Cuando decidí que ya no quería llamarme ni que me llamaran Pablo, le pregunté a mamá qué nombre había pensado en el caso de que hubiera nacido una nena. No lo analicé mucho en ese momento, pero ahora creo que quería respetar en eso su decisión y su derecho de nombrarme. Me dijo que le iban a poner Valeria, que me iban a poner Valeria. Y aquí estoy.

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