turismo

Domingo, 22 de enero de 2006

VENEZUELA: LOS ROQUES Y LA ISLA MARGARITA

Agüitas bien chéveres

En pleno mar Caribe, un archipiélago de islas y cayos, declarado parque nacional por su increíble biodiversidad acuática, en un contexto de playas vírgenes sin grandes hoteles ni tiendas comerciales.

 Por Graciela Cutuli

En la era de la comunicación, cuando las imágenes digitales corren de punta a punta por el mundo y las cámaras se filtran incluso en los rincones más vírgenes del globo, parece exagerado decir que todavía quedan paraísos terrenales poco conocidos. Sin embargo los hay, y aunque tal vez no sean muchos, hay uno que tiene bien asegurado su lugar entre los sitios que se ganan el imaginario de los turistas y amantes de la naturaleza de todo el mundo: el archipiélago de Los Roques, en las costas venezolanas, conserva el sabor original de los mares puros, el color de un cielo que compite en transparencia con las aguas, y una dimensión cálida, pequeña y humana que invita a dejar atrás las postales clásicas del Caribe para internarse en un mundo nuevo.

Extendidas como perlas de un collar sobre más de 220 mil hectáreas de un mar soñado, las islas de Los Roques forman parte del arco de las Antillas Menores. Aruba, Bonaire y Margarita integran el mismo sistema, pero ofrecen culturas y paisajes muy diferentes. El archipiélago de Los Roques descansa sobre una plataforma rocosa que surgió de las entrañas de la tierra hace millones de años, y todavía hoy sostiene este paraíso que en parte asoma a la superficie, y en parte está sumergido bajo una capa de aguas que bien podrían ser los mares del Edén.

CAYOS Y ARRECIFES Los Roques se encuentra 168 kilómetros al norte de La Guaira, el puerto de Caracas, y se puede llegar en avión en vuelos que requieren 40 minutos, desde la capital venezolana, o bien desde Porlamar (en la Isla Margarita) y Maracaibo. La vista aérea del archipiélago, cuya isla principal es la Gran Roque, además de unos 40 cayos y cientos de arrecifes de coral, recuerda a la Gran Barrera de Coral australiana, con sus filigranas submarinas que combinan azules, verdes y turquesas en magistrales pinceladas. Otra romántica alternativa es navegar en yate hasta llegar a sus costas, e incluso es posible prolongar toda la estadía pernoctando en embarcaciones que llevan de una isla a otra. Islas de nombres bien curiosos, aunque no todas están bautizadas: Francisquí, Crasquí, Madrisquí... esta singular terminación, repetida en la mayoría de los islotes y cayos de Los Roques, se debe a la cruza del español de los habitantes del archipiélago con el holandés de las vecinas islas de Curazao, Bonaire y Aruba, a lo que se sumó el key (cayo) del inglés. “Nordesquí”, por ejemplo, es la particular interpretación local de “North East Key”. Como en una caribeña coctelera, se cruzaron los idiomas y las culturas, y el resultado es gente de una gran cordialidad y una vocación innata por el servicio turístico y la preservación de su hábitat. Entre los pocos residentes hay también extranjeros, que un día viajaron a Los Roques y se enamoraron del lugar al punto de elegirlo para siempre. Son los herederos modernos –¡y sobre todo inofensivos!– de los antiguos piratas franceses, holandeses y españoles que se disputaban el Caribe siglos atrás, cuyo último vestigio es una torre situada en la cumbre de un pequeño cerro de Gran Roque, la isla principal.

Una de las particularidades del archipiélago es que, por ser un Parque Nacional, hay normas bien precisas para las construcciones y se evitó levantar grandes hoteles de lujo como los que caracterizan a la cercana Isla Margarita. Para alojarse aquí hay posadas, que van desde las más agrestes a las lujosas. Están situadas en Gran Roque, que mide apenas unos tres kilómetros de largo por uno de ancho, y es el punto de partida de las embarcaciones que recorren el archipiélago. Muchas de las posadas de hoy son ideales para probar los platos típicos caribeños (empanada de cazón, sancocho de pescado, pastel de chucho, platos de erizos y vieiras), y en temporada alta –entre los meses de noviembre y abril–, las exquisitas langostas. Poco a poco, entretanto, el paraíso crece, y donde ayer había apenas un puñado de habitantes hoy ya hay unas 58 posadas. Por eso noconviene confiarse a la hora de organizar el viaje: siempre hay que llegar a Los Roques con reserva previa, ya que el lugar es pequeño y la gran afluencia de turistas extranjeros hace que reciba visitantes todo el año. También sucede que en época de pocas reservas los posaderos cierran sus hoteles y se van al continente para hacer compras. El problema se resuelve fácilmente planificando el viaje con antelación, o eligiendo las visitas que llegan y se van en el día desde las localidades más cercanas, con tiempo suficiente incluso para practicar un bautismo submarino o un rato de snorkelling. Aunque en Los Roques dan ganas de quedarse mucho más que unas pocas horas. La transparencia del mar, la naturaleza virginal, el cielo diáfano, el ambiente bien preservado, invitan a postergar el regreso para gozar un poco más de un archipiélago encantado.

ROQUES BAJO EL AGUA Grandes colonias de peces tropicales nadan bajo las aguas de Los Roques, sin temor alguno a los curiosos que se acercan a visitarlos: barracudas, erizos, esponjas y peces ángel forman una sinfonía de colores vivos y movedizos que se dejan fotografiar con facilidad. Las características del archipiélago lo hacen ideal para que buceen expertos pero también principiantes, que pueden optar por sumergirse simplemente para hacer snorkelling, sin necesidad de preparación o certificados previos. La Ensenada de los Corales, que forma una especie de mar interior bordeado por un collar de islas, es uno de los lugares más lindos para el buceo. Otro atractivo son las grutas submarinas, de poca profundidad (entre 25 y 39 metros), junto a paredes de coral y madréporas de hasta sesenta metros de altura.

Los Roques tiene la ventaja de que, gracias a la protección del Parque Nacional, sus fondos marinos se mantienen vivos: no sucede lo mismo en otras zonas costeras venezolanas, afectadas por el aumento gradual de la temperatura de las aguas. Los arrecifes coralinos, además de su belleza, protegen las costas de la erosión y por lo tanto contribuyen a conservar la población de especies como el mero y el pargo, además de las familias de delfines (que van en grupos de cuatro hasta cien ejemplares). En total se estima que unas 307 especies de peces enriquecen la biodiversidad del archipiélago.

Fuera del agua se pueden observar los nidos de numerosas aves, así como lagartos e iguanas en busca de alguna presa. La flora y fauna son las propias de un clima árido-desértico, con temperaturas promedio de 27 grados. Hay mangle rojo, negro y blanco, además de especies del desierto como las tunas y la “hierba de vidrio”. Aquí se alimentan y descansan unas 92 especies de aves migratorias procedentes de Norteamérica: algunas de ellas son el petrel garrapatero, la tijereta de mar o gaviota, los guacos y el chiparo. También abundan los pedigüeños pelícanos, que esperan algún alimento de los turistas. En la isla Los Canquises anidan flamencos, que sólo pueden observarse a una distancia de unos 700 metros para evitar perturbarlos. Al crearse el Parque Nacional en 1972, fue dividido en varias zonas: la de recreación, es decir el área turística; la primitiva marina, donde se practica buceo, pesca deportiva y navegación (en grupos de no más de 45 personas); y la de protección integral, donde anidan las especies y no se permiten visitas.

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Un mundo debajo del mundo; la vida submarina en Los Roques.
 
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