VERANO12 › LA CASA, DE MANUEL MUJICA LAINEZ

El paraíso perdido

 Por Mariana Enriquez

A Manuel Mujica Lainez (1910-1984) le gustaba visitar casas refinadas, estancias, mansiones. Le gustaba hacer hablar a esos espacios que en su mitología personal eran refugio y también pasado congelado; un pasado aristocrático irrecuperable y por eso mismo idealizado. En sus ficciones, especialmente en sus novelas, son con frecuencia las casas, a veces incluso los objetos, quienes cuentan las historias de las familias que las habitan y de las personas que los usan. Son las brutales esculturas de piedra del Bosque Sagrado de Bomarzo las que cuentan la historia de Pier Francesco Orsini en Bomarzo (1962), la extensa novela que mezclaba varias de las obsesiones de Mujica Lainez: el Renacimiento, las ciencias ocultas, las familias decadentes, Italia. La idea de Bomarzo le surgió a Mujica Lainez después de visitar ese extrañísimo parque en Viterbo, cerca de Roma. Y fue visitar una estancia en San Pedro, que quería ver como inspiración para su última y no acabada novela Los libres del Sur, una de las últimas cosas que hizo antes de morir. Escribía Claudio Zeiger en Radar, en 2007: “Quizá la ilusión de encontrar la esencia del placer sostenga la sed de paraíso; en Manucho y en todos los buscadores de la felicidad. Pero buscarla en estancias y quintas y mansiones (escenarios centrales de su imaginario) habla en forma bastante elocuente de la forma de utopía que se ha venido moldeando en lo que el propio escritor podía pensar como su ‘mundo’: familias y propiedades... Como en los paraísos naturales, y como en los paraísos artificiales, se trata de llegar a una zona de disfrute y hedonismo, de reparación de aquello que fue esquivo en el mundo llamado real. Una zona estética. En rigor, las casas, las quintas, las mansiones, no sólo eran el testimonio de la decadencia de la aristocracia, sino del goce estético que la decadencia provocaba en Mujica Lainez, en la medida en que le recordaba el infinito goce que emana del pasado entendido como herencia, como una pertenencia genuina e intransferible”.

Siempre el pasado en las ficciones de Mujica Lainez. Buenos Aires desde su fundación hasta el siglo XX en Misteriosa Buenos Aires (1950); América del siglo XVII según la autobiografía del Ginés de Silva, el niño pintado por El Greco en “El entierro del Conde de Orgaz” en El laberinto (1974); la Edad Media francesa contada por un hada en El unicornio (1965); el antiguo Egipto y el París bohemio del siglo XIX en los recuerdos de una joya en El escarabajo (1982). Y en cada libro, todos documentados hasta la obsesión tal como cuentan sus biógrafos, muchos inventarios: de incunables, de tesoros, de pinturas, de tapices, de apellidos. Un mundo abigarrado, lujoso, artificial.

La casa (1954) pertenece a una saga llamada de los porteños y publicada en la primera mitad de los años ‘50, que se completa con Los ídolos (1952), Los viajeros (1955) e Invitados en el Paraíso (1957). Aquí es la propia casa la que habla antes de morir: está siendo demolida y quiere dejar constancia de sus recuerdos. Es un poco mezquino el título: se trata de un imponente palacete en la calle Florida, con cuarto japonés, hijo loco coleccionista de pisapapeles de cristal, fantasma del hijo adolescente, hermoso, muerto, vestido de arlequín, y también la rara presencia del joven nieto Francis, con sus amigos espiritistas, su falta de interés por las mujeres y su salud débil; la obesa dueña de casa, viuda de un senador lleno de encanto y negocios turbios que colecciona santos y jarrones exquisitos; el techo italiano con sus personajes conversadores; el tapiz francés con sus personajes arrogantes. La casa trata el derrumbe de una familia, cuya ruina se corresponde con la de la mansión. Y ese fin puede leerse en su contexto histórico: La casa fue escrita en 1953 y parece una alegoría de la Argentina de entonces: los patricios son demasiado mediocres o demasiado decadentes para conservar la casa, pero tampoco pueden evitar su derrumbe las mucamas –Zulema y Rosa– que con fuerza e inteligencia se quedan con el control de la mansión. El trasfondo social es el peronismo, ya no sólo el real sino el literario, que en los escritores “contreras” suele ser una fuerza imparable y misteriosa. Una fuerza que, inevitablemente, acaba con un orden y un mundo.

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