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Ezra Pound X MARIA ELENA WALSH

 Por María Elena Walsh

Públicas discusiones han vuelto a interrumpir en estos días lo que parecía un sosiego, un deliberado olvido del “caso” diversamente difícil de Ezra Pound. Reclama ahora otra vez contradictoria atención, ya que ha sido el primer ganador de un premio de poesía instituido recientemente en la Biblioteca del Congreso. El jurado, compuesto por Eliot, W. H. Auden, Louise Bogan, Conrad Aiken, Robert Lowell, Allen Tate y otros conocidos escritores, resolvió premiar los “Cantos pisanos”, último eslabón –el más impenetrable y vertiginoso– del poema épico que llena la vida de Pound desde hace muchos años: los Cantos. Una ola de discusiones, burlas, defensas y ataques se levantó en el periodismo americano, justificada no sólo por rencor político, sino por desconcierto ante el desafiante vértice de esa poesía rota y difícil.

Pound recibe estos ecos con imperturbable ironía, desde la soledad triste de sus ventanas en Saint Elizabeth. Lleno de galantes movimientos, es todavía el insolente trovador de roja barba mandarinesca. Habla con nostalgia de Rapallo, de su casita cubierta de flores, con un constante dinamismo nervioso que encubre todo decaimiento: otra de sus múltiples personae. Poetas suelen visitarlo: Eliot, E. E. Cumnings, Robert Lowell, Juan Ramón: le llevan fe y caliente aprecio de hermanos o discípulos en el universo ideal que tanto enriqueció con su inteligencia de “mejor artífice”.

Ezra Loomis Pound, descontento de América, emigra a los veintidós años, tras una primera huella de escándalo: destituido de Wabash College, niega todas las acusaciones, salvo la de ser “un tipo del Barrio Latino”. Este momento de su vida señala, en realidad, una doble evasión: la de América y la del siglo XX, porque va a refugiarse en una preciosa antigüedad europea, en un siglo XIII que será, en principio, mina de sus innovaciones. (Su lema: Make it new.)

En 1908 aparece en Venecia su primer libro, A Lume Spento, que al año siguiente, en Londres, decide reeditar, ampliado, con el título de Personae. Nuevo, joven y desconocido en el mundo literario inglés, se dirige primero a Elkin Mathews, el editor que había favorecido a Yeats y otros inminentes astros. Al sugerirle Mathews que colaborara con los gastos de imprenta, Pound le ofreció su último chelín. Esto decidió al editor a arriesgarse por sí solo; el libro salió y tuvo notoriedad de discutido y alabado.

Pound estudiaba, asimilaba y renovaba con maestría a los trovadores provenzales, enamorado de su musicalidad. Siempre sostuvo que el poeta sin conocimientos de música no era completo, y que el estudio de la poesía europea debía comenzar por Provenza. Arnaut Daniel, el que dejara todo por juglaría y fundara un sonoro Languedoc, “el gran maestro de amor”, según Petrarca, y “el mejor artífice”, según Dante, fue su primer maestro en la ciencia de las calidades y los sonidos. También recreó las cadencias de Bertrand de Born (y lo rescató del infierno dantesco), de Arnaut de Marvoil y de Pierre Vidal, el enloquecido como un lobo por amor a Loba de Penautier. También supo imitar actitudes, ampulosamente, de los elegidos italianos: Dante, Petrarca, Cavalcanti.

Conquistados en gran parte los centros literarios de Londres, buscó y conoció a Yeats, considerándolo su único maestro viviente, y a Eliot, que a su vez se dirá su discípulo. Salvadas estas dos dinámicas figuras, pronto empezó a sentir el ambiente inglés tan árido como el americano. Por eso, en cuanto alboreó en Londres un movimiento juvenil e insurrecto –el Imaginismo–, se le asomó curiosamente y pronto pasó a integrarlo. Esta doctrina poética –productillo del simbolismo, encauzado por Aldington– no tuvo valor propio pero sí cierta sana influencia, alentada después en América por Amy Lowell y Gould Fletcher. Abarcaba nombres que se esfumaron pronto, igual que sus postulados: T. E. Hulme, Edward Storer, F. S. Flint, Joseph Campbell, F. W. Tancred. Pound se identificó con muchos de sus ideales –entre otros, el interés por las fuentes orientalistas– y pasó a encabezar el grupo, a difundirlo en una antología y a dedicarle ingenuas reglas en la revista Poetry:

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