VERANO12

EN LA TERRAZA DEL DÔME

 Por Brassaï

En 1928, June, que había ganado mucho dinero, volvió con Henry a Francia. Pasaron un año en París y visitaron casi todos los países de Europa. Tihanyi, que en esa época ya conocía a Henry, sabía que no se trataba del rico tío de América, capaz de comprarle un cuadro o invitarle a una comilona, sino de algo infrecuente en París, un yankee pobre, sin una moneda en el bolsillo, sin nombre, sin reputación, sin domicilio fijo. Según las leyes francesas, los gendarmes podían arrestarlo y conducirlo a la comisaría por vagabundeo. Por entonces todas sus posesiones consistían en un cepillo de dientes, una maquinilla de afeitar, una libreta y una pluma, un impermeable y el bastón mexicano que se había traído de América. Su única preocupación era: ¿qué comer?, ¿dónde dormir?. “Sólo tengo pequeños problemas físicos, biológicos”, repetía a su amigo Fraenkel, quien viviendo con holgura y no conociendo estas preocupaciones tan terrenas, quería filosofar con Henry sobre el espíritu. “Cuando digo que tengo hambre, me hablas del alma. Lo único que pido es un poco de alimento, de alimento verdadero.” (Hamlet, p. 373). Sin embargo, ese hombre con el estómago vacío, cuarentón, casi en la mitad de su vida, que esa misma noche aún ignoraba gracias a qué milagro encontraría cama y cobijo, no reflejaba ninguna angustia: era la serenidad en persona. Despreocupado, humilde, casi angélico, descansando y alegre, repetía: “¡No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo!”. Y reía, reía... Nunca olvidaré esa risa sonora...

André Breton explica en sus Entretiens que, un poco antes de la publicación del Primer manifiesto surrealista, él y algunos amigos, Aragon, Roger Vitrac, Max Morise, etc., habían intentado partir a pie, a la aventura, obedeciendo el famoso exhorto de Rimbaud: “Abandonadlo todo... Partid por los caminos...”. Pero transformarse en vagabundos, caminantes, desharrapados, arrastrando los pies sin un céntimo y con el estómago vacío era demasiado pedir a esos hijos de papá. Su tentativa fracasó. Ese deambular tan saludable para el escritor, será Miller quien lo realice, vagabundeando sin una moneda por las calles de París. “Nacer en la calle –repetía constantemente– significaba errar toda la vida.” Y pensaba en Rimbaud, su modelo: “En todos sus errantes viajes, iba siempre a pie y con el estómago vacío”. Desde el día memorable de nuestro encuentro, Henry evoca a menudo la euforia de aquel tiempo lleno de azares y miserias. “No tenía nada, y a menudo nada en el estómago, y sin embargo era feliz. Y lo más raro: era consciente de ser feliz, sin esas reservas que habitualmente estropean los mejores momentos.”

¿De qué provenía su alegría? Atravesar el Atlántico, dejando tras de sí Nueva York y sus rascacielos donde tanto había sufrido, y también a June y su turbulenta pasión, significaba para él la hazaña propia de un evadido. En París, y sobre todo en ese lugar extraterritorial que era el Montparnasse de los años treinta, respiró a pleno pulmón el aire de la libertad recobrada. Poco le importaba tener o no una cama, comer o ayunar, carecer de tabaco. ¡Tonterías! Lo que más le llenaba de gozo era haberse librado de sus perseguidores, una manada de sabuesos lanzados tras sus huellas. Se frotaba los ojos, se pellizcaba, ¿estaba verdaderamente fuera de peligro en París? “En los Estados Unidos me sentía completamente aislado. En el Dôme encontré un montón de personas como yo, con las que, al fin, podía cambiar unas cuantas palabras sensatas.” Sin embargo no comprendí la verdadera razón de la huida de Henry hasta más tarde, a raíz de mis propios viajes a América. La pobreza, que en Europa se considera una desgracia, una mala suerte, en Estados Unidos significa una tara moral, un deshonor que la sociedad no perdona. Es semejante a los Guermantes y la burguesía de Combray, en Marcel Proust. Como si se tratase de una casta india, la burguesía americana clasifica a cada uno según sus ingresos, mientras que los Guermantes no les dan ninguna importancia a la fortuna y consideran la pobreza como algo desagradable, pero de ningún modo inferiorizante. Fue ese desprecio lo que se le hizo insoportable a Miller y era al desprecio a lo que quería escapar. La locura, el suicidio lo amenazaban. “En ningún lugar he conocido una humillación y una degradación más grandes que en América.” (Trópico de Capricornio, p. 23) En Francia su ceño se suavizó, se volvió alegre, sonriente. Un irreprimible optimismo irradiaba de todo su ser.

Pero París no tenía el mismo aspecto que en 1928. Los sombreros masculinos –los hongos sobre todo– habían desaparecido, igual que las polainas, el cuello duro, los tranvías y sus rails, la iluminación de gas y los caballos, excepto los percherones blancos de los vendedores de helados y de naranjas de Jaffa. En cuanto a las mujeres, liberadas de su corset gracias a Paul Poiret y a Coco Chanel, habían tomado un aire masculino, llevaban casquetes, se peinaban “a lo despeinado” y se vestían confortablemente “à la garçonne”.

También la atmósfera de París había cambiado en el giro de esos dos años. Un importante acontecimiento conmocionó al mundo, el 25 de octubre de 1929: el Black Thursday, el jueves negro. Bajo la égida de Herbert Hoover, con un cielo sereno y en plena prosperidad, bruscamente la Bolsa se vino abajo, llena de pánico y locura. Era el crac de Wall Street. América acababa de sufrir la peor crisis de su existencia. Este terremoto, que abrió una brecha donde se precipitaron quince millares de dólares, repercutió en todo el mundo. Día fatídico. Señaló –hoy lo sabemos– el punto medio entre las dos guerras mundiales. Puso fin a los años de abundancia y despreocupación, a la época del easy money que enriquecía a la alta costura, a las galerías de arte, a las agencias de viajes, a las grandes cortesanas. La crisis llegó a Francia con retraso, en el mismo momento en que Miller desembarcaba en París. ¡Escogió bien el momento! Era el fin de los años locos de Montparnasse –los diez años entre el armisticio de 1918 y el crac de Wall Street– y el comienzo de un período de vacas flacas: quiebras, bancarrotas, miseria, paro. Los pintores consagrados debieron prescindir de sus lujosas residencias, mientras todos los demás comían en la beneficencia; los artistas americanos, tan fácilmente reconocibles por sus camisas de cuadros –colonia muy importante en Vavin–, huyeron en desbandada. Sus familias se encontraban más o menos arruinadas, sus billeteras desprovistas de dólares, y tristemente tuvieron que volver a atravesar el Atlántico. Montparnasse se iba quedando sin forasteros, y mientras tanto la crisis se agravaba: cuatro millones de desocupados en Alemania, treinta millones en todo el mundo; diez millones de votos para Hitler en las elecciones alemanas, catorce millones dos años más tarde; en 1933 será el dueño absoluto del Reich. Francia evacua la Renania pero, temiendo un ataque alemán, comienza a construir la línea Maginot... La confianza, la despreocupación y la alegría dejaban paso a la inquietud, la angustia y el humor negro.

Pero si todavía existía un lugar donde se respiraba una cierta tranquilidad era en Montparnasse, como si el mal du siècle no le concerniese. Sigue siendo un misterio el porqué este rincón de París, sin ningún encanto especial, tan poco pintoresco, rodeado de edificios señoriales y desprovistos de toda personalidad, se convirtió en el centro de la atracción de la vida artística universal, en la simiente de todas las revoluciones culturales e incluso sociales. Pero es innegable que Montparnasse acumuló tanta fuerza expansiva a lo largo de su época gloriosa, que durante mucho tiempo después aún se pudo asistir al festival cotidiano que París ofrecía alrededor de la boca del Metro de Vavin, de puro estilo 1900. Y en un mundo que comenzaba a volverse agrio, los burgueses y los pequeñoburgueses en busca de placer y de alegría se sentían atraídos por este lugar de euforia, de libertad y anticonformismo que se convirtió por algún tiempo en la verdadera patria de Henry Miller.

Su primer amigo en París fue Alfred Perlès. Lo conoció en 1928 en Montparnasse. Pero su verdadera amistad no nació hasta dos años más tarde cuando, después de desembarcar Henry sin un céntimo, “el culo al aire y la lengua fuera”, encontró a Perlès en el Dôme, en la misma mesa. “Me tomó bajo su protección y me volvió al buen camino, como se hace con un barco a la deriva.” Su atavismo alemán fue sin duda lo que más les unió. “Esa sangre alemana. Esa sagrada música alemana, tan melódica, tan sentimental... Esas canciones lacrimógenas...” Todos los abuelos de Miller eran alemanes, y hasta el momento de ir al colegio sólo hablaba la lengua germana. Sus vecinos eran todos alemanes, todo el barrio más alemán aún que Alemania; lo llamaban “la pequeña Alemania”. “Nos educaron con Schumann y Hugo Wolf y con chucrut y kümmel y buñuelos de patata...” (Trópico de Cáncer, pp. 44-45). En este joven vienés, sentimental como la música evocada, Miller halla el espíritu gemütlich de su juventud: toda su infancia.

Alfred Perlès –que pronto será para Miller “Fred”, “Alf”, “Joe”, “Joey” y un poco después “Carl”, uno de los protagonistas de Trópico de Cáncer– lo condujo el mismo día de su llegada a su habitación del Central Hôtel, en la calle Maine número 1. Las vidrieras del cuarto o del quinto piso daban sobre una encantadora plazoleta triangular con algunos bancos, tilos y farolas. Perlès trabajaba por la noche en su periódico, volvía tarde y dormía hasta el mediodía. Madrugador por naturaleza, Miller salía pronto a descubrir el barrio y a explorar su “territorio”. Se aventuraba en el guirigay del mercado del boulevard Edgar Quinet atiborrado de alimentos; se paseaba bajo los maravillosos paseos de pterocaryas, tan estimados por el Douanier Rousseau, que se inspiraba en ellos para sus selvas vírgenes, a lo largo del cementerio de Montparnasse, donde reposa Baudelaire; se acercaba hasta la calle de la Gaîté –un Broadway en miniatura– repleto de bares, cines, y el Bobino, su music-hall popular, donde cantaban entonces Fréhel, Damia y Georgius. “Me daba de comer y de fumar. Me dejaba dinero encima de la chimenea. Cuando estaba deprimido me cantaba y bailaba. Me enseñó el francés, lo poco que sé. Sencillamente, me sacó a flote.” Miller escribió estas líneas en 1935, en una circular destinada a recoger dinero para Perlès que estaba desocupado, pues la edición parisiense del Chicago Herald Tribune había dejado de aparecer bruscamente. Su misiva llevaba este título chocante: “What are you going to do about Alf?” (“Qué va a hacer usted por Alf?”).

Ya octogenario, Miller se enternece aún recordando a Fred: “Era mi primer amigo de verdad en París, el mejor amigo que he tenido en la vida, un compañero al que quiero especialmente. Me salvó la vida cuando estaba al borde del suicidio”.

Fred ya era un viejo parisiense cuando lo conocí a mi llegada a Francia en 1924 –cuatro años antes que Miller–. Vivía en París desde 1920. Hombre misterioso, callado, nunca hablaba de su pasado ni de sus viajes, mejor dicho de sus correrías. Poco a poco me enteré de que este joven austríaco había vivido ya en Yugoslavia, Praga, Berlín, Amsterdam, Copenhague, Italia y Marruecos. En una fotografía se le veía encaramado en un peñasco africano, llevando una espesa barba. También me enteré de que había pasado períodos difíciles en su vida. Poseía una gran facilidad para los idiomas. Había escrito varias novelas en alemán, que nadie conocía, y estaba comenzando otras dos en francés: Sentiments limitrophes y Quatour en ré mineur. Este políglota, hablaba y escribía muy bien el inglés, y colaboraba como redactor en el Chicago Herald Tribune. A veces hasta llegaba a corregirle a Miller su inglés un poco relajado. Según decía de sí mismo: “Soy tímido y de humor inestable, Himmelhoch jauchzend, zu Tode betrübt (Goethe): “Gritando mi alegría hasta el cielo, mortalmente deprimido”.

“Bruscos accesos melancólicos y tremendos impulsos de alegría alternan en mí sin ninguna transición. Si me sirvo del cinismo es simplemente porque soy tímido y temo al ridículo. Siempre dispuesto a estallar en sollozos, siento la necesidad de tomar a broma mis sentimientos más nobles. Seguramente es una especie de masoquismo.” (Quatour en ré mineur)

La amistad de Fred y Henry se convirtió pronto en una simbiosis o, como la llamó Henry, “una íntima asociación”. Debía asegurarles la subsistencia y satisfacer tres de sus mayores preocupaciones: comer, hacer el amor y escribir. Hasta 1934, Fred recibía de su periódico un salario fijo –lo mínimo para vivir; pero el mismo día de cobro, después de haberse dado una buena comilona y haber pagado el hotel, no le quedaba nada–. Para alimentar dos estómagos hacía falta una gran astucia o algún milagro. El milagro llegaba frecuentemente bajo el aspecto de turista americano, hombres y sobre todo mujeres llenos de dinero que aparecían por Montparnasse. “Reteníamos siempre la bolsa de nuestros visitantes –explica Henry con humor– por miedo a que se dejasen robar...” (New York, ida y vuelta, pág. 143). Su nihilismo encajaba muy bien con el cinismo y el “más allá del bien y el mal” de Perlès. Esos compinches, esos jaraneros, lo compartían todo: la cama, el porridge en La Coupole, el plato de patatas estofadas guisado en el infiernillo, el dinero, el vino, el tabaco e incluso las mujeres. “Si eras amigo suyo –escribe Miller–, compartía contigo sus mujeres, igual que compartiría el último mendrugo de pan. Algunas personas no podían perdonarle su disposición a compartirlo todo. Desde luego él esperaba la misma actuación por parte de los demás. Si alguien se negaba, Fred podía ser despiadado.” (Recordar para recordar) Henry y Fred eran un águila de dos cabezas: “Mentíamos uno por otro, trampeábamos, robábamos. Nos plagiábamos pasajes de nuestros manuscritos para insertarlos en cartas de amor. Nos servíamos del nombre del otro para colocar una novela o un ensayo cuando no lo conseguíamos en el propio”. (New York, ida y vuelta). En el Chicago Herald Tribune aparecieron muchos textos de Miller firmados por Perlès: Rue Lourmel in the Fog (abril 1932), Paris in ut mineur (3 de marzo de 1933). Los dos compinches se endosaban también los editores. Henry me explicaba historias graciosas: “Un editor, el de Maurice Dekobra, lo que no es una referencia, frecuentaba a Anaïs Nin en Louveciennes. Un día me pidió algo para publicarme: ‘Mi novela aún está incompleta –le contesté–, pero tengo un amigo escritor, un verdadero genio... Acaba de terminar una novela extraordinaria... Debería conocerlo, quizá consentiría en dejarse editar por usted...’ Naturalmente me refería a Fred, quien buscaba desesperadamente un editor para Sentiments limitrophes. ¡Milagro! El editor publicó su novela. Otro editor, muy religioso, autor de un libro muy cristiano y lacrimógeno en favor de la paz, buscaba un traductor inglés y se dirigió a Fred. Y Fred le aconsejó rápidamente que me confiara ese trabajo a mí, impío, inmoral, pornógrafo, alabándole la pureza de mi alma y mis virtudes... Y milagrosamente obtuve el encargo. Me ofreció mil francos, le pedí cinco mil y me los dio...”

Las relaciones entre ambos –Henry una fuerza de la naturaleza, y Perlès más bien enclenque– eran muy particulares. Como un perdido admirador, Fred repetía a Miller: “You are a genius!” y también “Eres un chulo”. Miller le pinchaba: “You are a rat”. Y lo trataba de tunante, bribón, granuja. Pero estos términos no tenían en su boca ningún sentido peyorativo. Clasificaba a Fred en la especie de los libertinos, de los emancipados que se burlan de las leyes, de las conveniencias y de la decencia, y a los que él admiraba. Fred se jactaba de ser cobarde, ruin, pusilánime, ingrato y traidor. (Pero no era más que un alarde, pues si quería podía ser bueno, servicial y muy valiente.) “Mentía con la misma facilidad con que decía la verdad”, remarca Miller. “Era escurridizo como una anguila.” Verdaderamente Fred, como un Fregoli, podía desempeñar infinidad de papeles y llegar al mimetismo, a la pérdida completa de identidad. Podía ser un yankee sincero, un gentleman discreto y reservado, un vienés dulce, gemütlich, un francés de rancia estirpe. Sólo tenía tres propiedades, pero de calidad. Un traje de tweed –siempre el mismo– hecho por un sastre inglés de cerca de la Opera; una Remington asombrosa; una pluma Parker enorme de oro macizo. Su increíble facilidad de adaptación sólo fracasaba cuando quería imitar el estilo macho de Miller. Su prosa llena de delicadeza, de sentimiento, no alcanzaba jamás la fuerza de la de su amigo. Henry se defendía entonces ante su pesimismo lacrimógeno: “¡Estúpido! No trates de empañar mi sana visión con tu aliento melancólico”, le dice Miller a Carl-Fred en Trópico de Cáncer. Pero a pesar de sus diferencias de carácter (o quizá por eso), a pesar de las dificultades para vivir y sobrevivir en el París cruel de los años treinta, el binomio Miller-Perlès era feliz, consciente de aprovechar la vida plenamente. “Sabíamos –escribe Miller– que no podía ocurrir nada mejor que lo experimentado cada día. No creo que hubiera en París nadie que disfrutara tanto de la vida como nosotros.”

Antiguamente, los reyes se rodeaban de bufones para crear un clima de alegría. Miller, para quien la seriedad era algo así como una tara, un defecto de carácter o una enfermedad reinante entre los intelectuales, veía en Fred a una persona predestinada por su maravilloso sentido de la bufonería. Era un clown, un payaso nato. Su cara ovalada y rosa, que sacudida por la risa se podía volver roja como una remolacha, era por naturaleza risueña y tomaba las expresiones más chistosas. Consciente de ello rebosaba alegría ante sus propias bufonerías y ante la irresistible y contagiosa carcajada que desencadenaban. Cuando lo encontrábamos, una risotada idiota le distorsionaba el rostro. “No puedo recordar –dice Miller– ni siquiera un día en que no hubiésemos reído con toda el alma, a veces hasta caernos las lágrimas.” (Recordar para recordar.) La risa de Perlès encerraba toda una filosofía. Recordemos su retrato hecho por sí mismo: “Tengo necesidad de convertir en burla mis sentimientos más nobles...”. Le enseñó a Miller a disfrutar del instante, a tomar siempre el lado bueno de la vida, a rire de tout, tout. Esa risa que nos hacía tronchar a todos y que, según Miller, no respetaba a Dios más que al papel higiénico, volvía ridículas las declaraciones más solemnes y las más veneradas instituciones. Era la risa de un “delfín juguetón”, de una “morsa celeste”.

Bastantes años más tarde, en 1953, después de una larga separación, Henry encontró a su amigo Fred en España. En Barcelona, desde el momento en que percibió su inolvidable sonrisa “de oreja a oreja”, estalló en una risotada. Y la carcajada producida por el encuentro, “salida del fondo de su alma”, no cesó hasta su separación, cuarenta y ocho horas más tarde. Era tan contagiosa que Eve, la mujer de Miller, y Joseph y Caroline Delteil que los acompañaban, se contagiaron a su vez de una risa inextinguible.

Unicamente en el instante de su separación, sus risas se convirtieron en un sollozo. “Hasta durmiendo continuaba riendo –le escribió Miller–. Durante todo el viaje por España reíamos cada vez que se hablaba de ti.” Henry estaba radiante por haber encontrado a Fred, aunque sólo fuese por unas horas. “Los recuerdos más exaltados de los dorados días de su existencia, todo lo que tenía de esencial y precioso el despreocupado pasado”, le atenazaba. Aquí está su último saludo a Fred: “El amigo Henry desea decirte que tus guiños y tus payasadas, tu risa irrefrenable, tu despreocupación y tu aparente indiferencia, le han enseñado mucho más sobre la vida que todos los inteligentes y doctos volúmenes que ha devorado” (Ida y vuelta).

Este retrato está incluido en Tamaño natural, de Brassaï.

(Ediciones del Cotal.)

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