La imprenta del Centro Nacional de la Música no funciona porque echaron al linotipista
Cuando al ministro se le corre la tinta
A fines de 2017, Pablo Avelluto despidió a Basilio Krepki porque el linotipista ya contaba con un ingreso –su jubilación mínima–, sin tener en cuenta que sin su presencia no se puede usar la histórica Minerva, una reliquia de la ex Biblioteca Nacional.
De la imprenta que manejaba Krepki (izquierda) salían todos los programas del Centro Nacional de la Música.De la imprenta que manejaba Krepki (izquierda) salían todos los programas del Centro Nacional de la Música.De la imprenta que manejaba Krepki (izquierda) salían todos los programas del Centro Nacional de la Música.De la imprenta que manejaba Krepki (izquierda) salían todos los programas del Centro Nacional de la Música.De la imprenta que manejaba Krepki (izquierda) salían todos los programas del Centro Nacional de la Música.
De la imprenta que manejaba Krepki (izquierda) salían todos los programas del Centro Nacional de la Música. 

En el subsuelo del ex edificio de la Biblioteca Nacional, en la calle México, hay una reliquia. Es una imprenta histórica, que lleva más de cien años en la sede que presidió Jorge Luis Borges, y que por la desidia oficial de Cambiemos hoy corre peligro. El último día del año pasado, como en muchos otros organismos estatales, el Ministerio de Cultura de la Nación dio de baja el contrato de varios trabajadores, entre ellos Basilio Krepki, un imprentero de 68 años que además de vocación y trabajo tenía algo más: era el único linotipista del ministerio. Es decir, la única persona que podía manejar un eslabón central de esa máquina de 1901, en criollo, la parte de hacer “las letritas” que luego se imprimen sobre papel. Si bien el ministro Pablo Avelluto no ordenó oficialmente el cierre de la imprenta, y aunque su gestión haya dejado en pie los contratos de los otros dos imprenteros que trabajan con la máquina, sin el trabajo de Krepki la imprenta no funciona. Sin Krepki, la imprenta se muere.

La Minerva es una máquina tipográfica alemana que se utiliza desde fines del siglo XIX y que se corresponde a una primera etapa de la imprenta, anterior a la automática, muy anterior a la digital. La linotipia es otro artefacto, también antiquísimo, que mecaniza el proceso de composición de un escrito para ser impreso. El operador linotipista introduce un texto de una sola línea en un pedacito de metal, que luego se funde marcando esas letras, como si fuera un sello. Hay quienes lo hacen a máquina, con un teclado parecido a una máquina de escribir. Krepki le agregaba una parte hecha a mano, ajustando letra por letra con una vara de componer. Para que sea preciso, para que quede perfecto. Ese texto que él diseña, ese cuerpo de palabras de distintos tamaños a las que da vida, luego se imprimen en el papel que sale de la Minerva, dando fin a un complejo y refinado proceso que en el mundo casi no se usa más.

En la Biblioteca Nacional había una de esas máquinas. Hace dieciséis años, un tiempo después de que el entonces abandonado edificio fuera declarado Patrimonio Nacional, a Krepki y sus dos compañeros –que hoy tienen 72 y 86 años– los contrataron para recuperarla, ya que hacía años estaba sin funcionar. La repararon íntegra, la desarmaron pieza por pieza, aportaron los repuestos que necesitaba, y trabajaron día y noche hasta verla andar. El ministerio no puso un solo peso pero así, con el trabajo de los que saben, la máquina no sólo volvió a funcionar sino que se convirtió en la fuente de impresión de todos los programas de todas las funciones de todos los espectáculos que allí se realizan desde entonces, además de la única máquina de imprenta no tercerizada de todo el ministerio, que para el resto de las folletería usa tecnología digital.

Cuando asumió al frente de la cartera cultural, Avelluto, que es un hombre que siempre se jacta de venir del mundo editorial, fue a ver la Minerva, se sacó con ella un par de fotos, y ordenó a los trabajadores “que no aflojen”, que sigan imprimiendo cada día más. Pero el 31 de diciembre del año pasado, cuando a sus compañeros les mandaron su contrato para renovar, a Krepki no le mandaron nada. Un Excel de algún funcionario burócrata indicó que él ya tenía un sostén económico (¡su jubilación mínima!) y que entonces no iba a necesitar más los 13.200 pesos que le pagaban en el ministerio. El Excel indicó que Krepki podía “sobrevivir”, pero no previó otra muerte, la de la propia imprenta, aquella que el mismo ministro había ordenado conservar.

A fines de enero, sin haber dejado de ir un solo día a su lugar de trabajo, el despedido –que encima era monotributista, facturaba y trabajaba en un estado de pura informalidad– le escribió una carta al ministro. “Le solicito que revea la situación, y proteja a la imprenta histórica y la tarea que realiza”, escribió. Así, además de pedir por él, Krepki pidió por la máquina. Pidió que no pase a ser una pieza de museo, que algún funcionario la quiera rescatar. Avelluto nunca respondió. Alguien de su equipo le dijo a los delegados de ATE que iban a estudiar la situación. Fue a principios de febrero, pero ahora es mitad de marzo y Krepki no sólo sigue despedido, sino que la máquina no volvió a funcionar. Los artistas y trabajadores de los distintos elencos que funcionan en esa sede –actual Centro Nacional de la Música– ya se acercaron a pedir programas, pero los imprenteros les tuvieron que explicar que no pueden. Que sin Krepki no se puede trabajar.

A principios de año, el actual director de la Biblioteca Nacional, el escritor Alberto Manguel, adelantó a algunos medios que los estantes de la exsede del organismo volverían a estar llenos de libros. Según anunció, con una inversión de 50 millones de pesos, en agosto el ministerio pondrá en marcha un plan de “remodelación integral” del palacio de México 564. Se restaurarán las salas del primero y segundo piso; también el hall. Nada dijo de la imprenta, que está en el subsuelo y que de salir de ahí podría sufrir el destartalamiento de todas sus partes, como pasó con la Minerva de la Biblioteca del Congreso, que cuando la movieron no anduvo nunca más.

“No sabemos qué va a pasar con ella o si lo que quieren es que deje de funcionar. Esto va más allá de mí, de mi puesto laboral. Queremos salvar a la máquina porque si no se usa todos los días se empieza a oxidar, se traban los engranajes y otra vez no la vamos a poder arreglar. No podemos perderla, es una reliquia histórica con un incalculable valor cultural”, dice el despedido que, como quien no quiere la cosa, todavía sigue yendo todos los días al edificio. Sigue yendo a esperar.