El mensajero y el tiempo
Imagen: Télam

Un grafiti que me hicieron notar y que fue plantado en la pared de la casa de Gobierno porteña ocupada por el gobierno amarillista durante la última marcha por Santiago Maldonado: “La prensa apunta, la policía mata.” Qué cierto es el grafiti y qué duro es para los que estamos dentro y nos oponemos a constituirnos en una mira policial.

Pero habría que darle una vuelta de tuerca. O mejor, es la realidad la que da vuelta al grafiti. Es al revés de lo que se entiende y se supone. No son los medios los que apuntan para que la policía mate. Es la letra policial la que llena el vacío y la ansiedad de los medios. Es la policía la que arma el discurso.

Veamos las últimas escenas para comprender cuál es el papel que nos tiene reservado el amarillismo con el modelo Chocobar ya vigente.

Ya ocurrió el tiroteo en pleno microcentro, y la muerte de dos chicos, a manos de policías en Quilmes y Florencio Varela.

Y volvió a pasar en Tucumán, el 8 a la madrugada. Pasó una bala y lo asesinó a Facundo Burgos. No me alcanza la palabra “asesinó”, porque el odio lógico que carga en su significado no me deja decir lo que hizo el proyectil. Esa bala pasó por la vida de Facundo, atravesó su vida, y se la terminó, se la cerró cuando tenía 12 años y un montón más para reír. ¿Qué fue lo que ocurrió y que fue lo que dijeron los medios de los mismos policías tucumanos? Ocurrió que los chicos escaparon de los policías y los policías tiraron porque escapaban. Como Chocobar.

Después llegaron las explicaciones: el chico que conducía “había participado en un crimen” dirán los amarillos. Los medios dieron vuelta la información. Los policías no tiraron por los antecedentes que en el momento desconocían (y que igual no los habilitaban). Tiraron porque se escapaban. Como Chocobar.

La construcción es después, no antes, y la dicta la policía.

El sábado 10, en San Nicolás, la oficial bonaerense Brenda Gasparri tiró con su Bersa Thunder contra Mauro Garfagnoli y también atravesó su vida y no sólo lo detuvo a él, detuvo su vida, la frenó en seco. Qué ocurrió: la oficial “solicitó” (los uniformados siempre son amables en la escena mediática) a Garfagnoli que detuviera su vehículo para pedirle la documentación. Si le pidió la documentación es que no sabía quién era. Garfagnoli, no había vuelto a prisión como correspondía, vio a la policía, salió del auto y corrió. No se sabe por qué, aunque ahora se lo presuma. Gasparri apuntó, tiró y mató. Después, averiguó quién era. Los medios después dijeron que Garfagnoli eludió el control policial y la bonaerense disparó al “prófugo”. No importa el motivo por el que lo haya eludido. No lo hace prófugo. Lo que importa es que la mujer policía decidió que no se escape. Y después, los medios lo dicen “prófugo”. Establecen la idea de que entre la orden de detención (si es que alguna vez la pronuncian) y el disparo media una intervención reflexiva donde se desarrolla la idea de justicia, la búsqueda de antecedentes, el criterio de peligrosidad para terceros, la posibilidad de que haya que defenderse. Los medios lo que hacen es introducir en el relato el tiempo necesario para que el disparo sea la última acción que el policía haya tomado después de intentar todas las acciones posibles. Pero en la enorme mayoría de los casos, ese tiempo no existe, hay una fracción de segundo, es el reflejo hacia el arma anterior a cualquier modelo, difícilmente contenido hasta que un modelo Chocobar le suelta amarras. Es el “no se me va a escapar” sin que opere el seguro en el cerebro. Después, entonces, con el cuerpo en el asfalto, “la fuente policial” apela a su relato y lo descubre en falta con la justicia y lo transforma en “prófugo”. Pero después, cuando lo identifica, claro, ya muerto. Y entonces el medio lo dice al revés, y en esa legitimación (que tampoco es legítima porque el disparo no puede existir), oculta.

Ayer. En San Telmo, Garay y Paseo Colón. Día de semana, a las 16.30. Un policía muere y otro queda gravemente herido, igual que un vigilador. Se tirotearon entre ellos, 19 disparos, porque unos creyeron que el otro escaparía, y el otro no se sabe qué habrá creído. No importa qué ocurrió en realidad cuando lo que importa es que no debía haber ocurrido. Esto iba a ocurrir. No sabíamos que tan pronto. El modelo Chocobar enloqueció y está atacando a los propios. Menudo trabajo para el relato periodístico cuando “la fuente policial” no encuentra excusas. Es el relato de la locura.

[email protected]

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ