Luciferina

Argentina, 2018

Dirección y guión: Gonzalo Calzada.

Fotografía: Claudio Beiza.

Música: Néctar Música.

Montaje: Alejandro Narváez.

Reparto: Sofía del Tuffo, Pedro Merlo, Marta Lubos, Desirée Salgueiro, Malena Sánchez, Gastón Cocchiarale, Francisco Donovan, Stefanía Koessl, Victoria Carreras, Vando Villamil.

Distribuidora: Energía Entusiasta.

Duración: 114 minutos.

Salas: Monumental, Hoyts, Showcase, Village.

7 (siete) puntos.

 

Uno de los momentos nodales de Luciferina tiene lugar cuando Natalia, la joven monja que interpreta Sofía del Tuffo, le explica a Abel ‑ese adolescente nervioso, que se sabe o cree enfermo, en la piel de Pedro Merlo‑ sobre el don que la persigue: ella es capaz de observar el aura que desprenden las personas. Se trata de un fulgor luminoso que es como el que ves allí, le dice; corte a la ventana por donde ingresa un haz de luz solar refulgente.

La relación entre estas imágenes no sólo expone una resolución argumental, de claridad narrativa, sino que ahonda en una cuestión más profunda, de índole formal. Luciferina ‑nombre que esconde otros, entre ellos el de Natalia‑ es esa luz, evidentemente. El cine es luz, y también ‑al decir paradigmático de la alemana Lotte Eisner‑ "pantalla diabólica". Nada hay de mentira en ese plano que realmente captura el ingreso del sol, a través de la ventana de la iglesia abandonada (una locación, además, real).

El cine de Gonzalo Calzada (La plegaria del vidente, Resurrección) se vale de esta necesidad inmanente, y lo hace a través de locaciones palpables, ciertas, en donde la luz recupera el sentido primero del arte cinematográfico (situado ahora en una instancia crítica, de carácter digital). Es por esto que Luciferina es mucho más que el título de una película, es también el nombre de una manera de pensar el cine: el cine se ve en compañía de sombras.

Por otra parte, el desafío de la película de Calzada es para remarcar, ya que se trata de la primera parte de una trilogía ‑la Trilogía de las Vírgenes‑, a completar con Inmaculada y Gótica. Este desafío surge como consecuencia de un trabajo de encargo, que el realizador ha asumido así como proyectado en forma de tres episodios; si todo va bien, se tratará de un salto cualitativo para el cine de terror argentino.

 

 

En cuanto a la película en cuestión, Calzada erige el relato desde tópicos que el género ha cultivado ‑el grupo (más o menos) adolescente, el viaje, la oposición diablo/dios, los ritos religiosos y paganos‑ pero con una idiosincrasia que le acerca a un tono de verosimilitud propia. De este modo, Natalia se integra al grupo de su hermana ‑oscura, de brazo pinchado y novio violento‑, con el fin de protegerla. El sexo acompaña desde alusiones, chistes, miedos. Más aún, habrá consecuencias no deseadas que serán descubiertas, y que aportan motivos sobre el peso con el que carga Natalia. Mientras tanto, el padre de ambas está postrado, con secretos de armario que atemorizan durante la primera parte del film.

Es decir, hay algo de pecado de adultos dando vueltas, y los más jóvenes tendrán que decidir cómo comportarse con lo que les toca. El grupo viaja en busca de la experiencia alucinada que promete la ayahuasca, entre cánticos indígenas. La travesía es extraña, y asombra cómo la cámara puede volver raro un entorno familiar (como lo significa una isla del Tigre). Lo que parece una aventura culmina por revelar otro costado, que sabrá ser descubrimiento personal para la propia Natalia, virgen que encuentra su espejo en Abel: nombre que ofrece otros matices. Este proceso gradual ofrece varias caras que sabrán coincidir, a través de un motivo icónico ejemplar: puede ser un crucifijo, también la forma del útero o la silueta de un carnero. Cualquiera de las acepciones elegidas deriva en las otras. Es en ese diálogo mutuo, de requerimiento recíproco, por donde transcurre el film de Calzada, hasta el arribo de ese bautismo que Natalia dice no haber tenido pero que, sin embargo, es el que da título a la película.

El rostro de la actriz Sofía del Tuffo acompaña de manera creíble, porque ofrece una piel encantadora, mirada que es ternura, sonrisa reprimida, pero hay algo más y que de a poco se revela. Una primera escena de ducha, en donde ella se entrega al placer de su cuerpo, ofrece matices que derivarán, ocurrido el film, en uno de los momentos más llamativos dentro del cine de terror argentino. Para descubrirlo, mejor ver la película. Ahora bien, lo llamativo no oficia sólo por lo denotativo ‑los cuerpos son vistos sin pudor, bellos, entregados al goce de las marcas que una garra puede dejar‑, sino por la inferencia que desprenden, con la carne como lugar de redención, a la manera de un sacrificio que salva a los personajes pero que no renuncia, todo lo contrario, a cierta cuota de malicia.

Otro punto a favor, que es momento de tensión, lo ofrece la resolución del exorcismo, en donde bien les vendría a tantos defensores de la película El conjuro ‑cuyo momento exorcista es cuanto menos lamentable‑ atender a lo que pasa aquí, entre sueños de ayahuasca y pasado familiar escondido, en donde el infierno mismo podría ser un parto; un parto tal vez no deseado pero a la vez obligado por las monjas, que pelean contra un demonio. Hay que dar a luz, como sea. No vaya a ser que triunfe el demonio. Por eso, por esto, es notable la caracterización dual de Marta Lubos, vieja espectral y monja de caridad.

¿Cuál de todas estas caras es la verdadera? Luciferina tiene el mérito de ahondar en todas ellas mientras toca con lucidez a ese género que se llama terror.