Elevados costos del acuerdo de libre comercio Mercosur-Unión Europea
Cepo al desarrollo
Los gobiernos conservadores de Argentina y Brasil están presionando para acelerar el acuerdo Mercosur-UE. El caso de la ganadería europea pone en evidencia la política extraviada de Mauricio Macri y Michel Temer.

Los gobiernos de Argentina y Brasil están haciendo una apuesta muy fuerte a firmar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. Con él, intentan compensar por medio de mayores exportaciones la enorme regresión económica que están causando sus políticas. El costo sería enorme, pues a cambio de unas migajas comerciales se entregarían instrumentos muy importantes para una política de desarrollo, como las compras gubernamentales, la normativa de comercio electrónico y de patentes, la posibilidad de regular el mercado financiero o la protección de inversiones extranjeras.

Lo que pocas veces los analistas se detienen a pensar es qué tan grandes son las migajas que recibiría el Mercosur en materia exportadora. Que las perspectivas son muy desalentadoras queda claro por los continuos fracasos de las rondas de negociaciones, incluso a pesar de la “buena voluntad” que muestran negociadores sudamericanos de pantalones bajos. ¿Pero qué piensan los funcionarios europeos?

Agropecuaria

Participando en el Consejo de Diálogo para la Cooperación al Desarrollo de Baden-Württemberg (un estamento en el que organizaciones de la sociedad civil y el gobierno provincial intercambian ideas sobre políticas de asistencia al desarrollo), tuve la ocasión de escuchar una más que interesante exposición de la Secretaria Ministerial del Ministerio de Espacio Rural, en la que expuso los temas de interés de su área y que aquí intento resumir por su importancia estratégica. La primera sorpresa fue la preocupación insistente sobre las posibles consecuencias de un acuerdo de libre comercio con el Mercosur. Aunque no era el tema de la exposición, la funcionaria volvió una y otra vez sobre el tema y sobre su incidencia en el diseño de políticas.

La convicción de que un acuerdo así acabaría en menos de diez años con la ganadería en la región los obliga a tomar en serio el tema y extremar la presión sobre las autoridades europeas y nacionales para evitar un acuerdo de ese tipo o, al menos, mantener la estructura de restricciones y subsidios sin modificaciones sustanciales. En ese sentido, la incidencia de la agricultura en otros países de la región aseguran un lobby importante sobre los negociadores europeos y es difícil pensar –tomando en cuenta que el tratado debe ser ratificado por todos los estados miembros– que haya cambios de fondo. Por otra parte, ese viene siendo el principal obstáculo.

Sin embargo, resulta muy interesante echar una mirada sobre las políticas activas que el Estado provincial aplica, y que resultan sintomáticas de una cuestión más general. Porque, en contraposición a las ideas que los traficantes de humo vernáculos venden, los europeos planifican y sus estados (nacionales, provinciales y municipales) intervienen sin vergüenzas ni tapujos. 

En el caso de Baden-Württemberg, una provincia gobernada por una alianza verde-democristiana y con un sector agropecuario de baja concentración, el eje está puesto en algunos focos que cierran explícita y abiertamente muchas puertas a las exportaciones sudamericanas.

El punto nodal es una política que apunta a promover el consumo de productos locales en el marco de una disminución general del consumo. Para ello, por ejemplo, se practica una potente campaña que combina el consumo orgánico, regional y, para la ganadería, con especial cuidado en una cría de ganado que respete de manera estricta los “derechos humanos” del animal. La campaña ganadera no solo tiene en la mira al Mercosur, sino también la producción masiva de otras provincias alemanas. Por un lado, se trata de influir sobre los consumidores con fuertes campañas publicitarias que incluyen cierto tono moralista, una amplia concientización del impacto sobre la salud de la producción no orgánica y del impacto ambiental de la contaminación del transporte, buscando estimular el consumo de productos locales. Además, se recurre a la intervención del Estado, con una fuerte presión (que incluye, por supuesto, estímulos) para que los comedores empresariales, de colegios y universidades y de organismos públicos utilicen en lo fundamental productos orgánicos locales. 

Comercio justo

Otro elemento importante es la fuerte articulación de los canales de distribución. Allí cobra relevancia una acción directa con los supermercados para posicionar de manera privilegiada los productos regionales o la coordinación de una activa participación comunal para la promoción de ferias locales. La acción sobre las cadenas de supermercados y consumidores tiene un punto de apoyo importante en el fair trade, el comercio justo. Por medio de leyes, de presión y de campañas se trata de desestimular las compras de productos elaborados sin respeto a las normas laborales, ambientales o a los derechos de los animales. Justamente el sector agropecuario del Mercosur se encuentra en una vidriera para nada positiva con la masiva utilización de pesticidas y de mano de obra semiesclava, problema que se ha acentuado enormemente en los últimos dos años y que no escapa a los hacedores de política. 

En ese punto irrumpe el estímulo a los derechos del consumidor, entre ellos el derecho a saber el origen de los productos, los fertilizantes y plaguicidas usados, la manipulación genética o las condiciones laborales. 

La creciente presión por transparencia en estas cuestiones es utilizada eficazmente como política para redirigir la demanda hacia productos locales, vinculando los precios más bajos de los productos importados –llave de la competencia del Mercosur– con la idea de que reflejan la degradación ambiental, riesgos mayores y condiciones inaceptables de producción. Esto se complementa de perlas con mayor dureza en las normas sanitarias, que suelen ser una barrera muy difícil de franquear.

Junto a ello, desde las esferas estatales se insiste crecientemente en promover el “consumo responsable”, que incluye reducciones de cantidades compradas para achicar los desperdicios y campañas para reducir el consumo de carne, reemplazándola por verduras frescas locales. En conjunto, se trata de reducir la demanda.

Soja

Otro eje de gran importancia es el de la reducción de costos. La funcionaria mencionada narró un proyecto que lleva ya algunos años en marcha y del cual se esperan progresos a corto plazo: la implantanción, en cooperación con laboratorios agrarios chinos, de variedades de soja resistentes al frío que permitan la producción propia de alimentos para el ganado sin transformación genética ni pesticidas, con la intensión explícita de independizarse de las compras de (como lo denominan las estadísticas oficiales argentina) “dese- chos y desperdicios de la industria alimenticia”. Por supuesto, tal política resulta difícil de practicar en el espacio disponible, por lo que el camino supone una colaboración estrecha con Europa del este, en especial con Ucrania, que dispone de campos para una masiva invasión del “yuyo mágico”. La economía se articula a un proyecto geoestratégico en el cual el Mercosur se ve claramente desplazado.

La mayor autonomía incluso en el terreno de la alimentación del ganado implica una luz de alerta mayor para la estrategia del Mercosur. Ya no se trata solo de la puja por abrir el mercado europeo y colocar allí más productos agropecuarios. En el fondo, las políticas europeas apuntan a reducir todavía más el de por sí declinante mercado. Por lo tanto, el Mercosur se ha embarcado en una política de vía muerta. La destrucción de los mercados internos en busca de mayor competitividad, lejos de traer beneficios en la estrategia exportadora, se van convirtiendo en el punto más sensible del retroceso. 

Proteccionismo

Sacar conclusiones adecuadas de las tendencias que se observan en los potenciales socios es la clave de cualquier estrategia de política exterior. Los funcionarios del Mercosur parecen ignorar esta cuestión, enfrascados en una tozuda idea de que el proteccionismo europeo (y léase aquí también el norteamericano) es sólo una respuesta al cierre de mercados en el Cono Sur practicado por anteriores gobiernos populistas. Un análisis de la historia y de los acontecimientos actuales desmienten eso y obligan a una drástica transformación de la inserción internacional de la región. De lo contrario, la crisis estructural externa será imposible de evitar. La firma de un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea no resolverá los problemas de balanza comercial del Mercosur, aunque sí pondrá un cepo a las aspiraciones de un desarrollo económico y social.

* Investigador Idehesi-UBA/Conicet.

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