La sección Nocturna encuentra su propia voz y profundiza sus temáticas
El cine de terror como metáfora social
Originalmente pensada para albergar el “cine de trasnoche”, el apartado más bizarro del Bafici viene afinando su puntería y en esta edición consigue repensar el mundo a través del “gore”.
O clube dos canibais, del joven brasileño Guto Parente, y Euthanizer, una nueva dimensión del noir escandinavo a cargo del finés Teemu Nikki .O clube dos canibais, del joven brasileño Guto Parente, y Euthanizer, una nueva dimensión del noir escandinavo a cargo del finés Teemu Nikki .O clube dos canibais, del joven brasileño Guto Parente, y Euthanizer, una nueva dimensión del noir escandinavo a cargo del finés Teemu Nikki .O clube dos canibais, del joven brasileño Guto Parente, y Euthanizer, una nueva dimensión del noir escandinavo a cargo del finés Teemu Nikki .O clube dos canibais, del joven brasileño Guto Parente, y Euthanizer, una nueva dimensión del noir escandinavo a cargo del finés Teemu Nikki .
O clube dos canibais, del joven brasileño Guto Parente, y Euthanizer, una nueva dimensión del noir escandinavo a cargo del finés Teemu Nikki . 

Si una película puede sintetizar la sección Nocturna del Bafici, esta edición esa película es O clube dos canibais, del joven brasileño Guto Parente. Oscura, algo salvaje, chocante para algunos, O clube se tira de cabeza a un submundo espeluznante para ofrecer una alegoría implacable: cómo se comportan los poderes políticos, económicos y sociales cuando tienen rienda suelta. Cine de terror, sí, pero uno que permite (re)pensar la sociedad. En un solo movimiento y en apenas 81 minutos de película, Parente concentra los principales elementos de una sección que quizás sea menos diversa este año, pero no por eso resulta menos potente.

Originalmente pensada para albergar el “cine de trasnoche”, las cintas más trash, las más bizarras, las inclasificables del Bafici, Nocturna fue mutando y encontrando su voz a partir del devenir de la escena cinematográfica local y, también, de la emergencia en la sociedad de distintos temas. La diversidad sexual, que se refugiaba en esta sección, decantó en la competencia Vanguardia y Género, y al independiente Buenos Aires Rojo Sangre se sumó el más “industrial” Blood Window. La aparición de esos espacios “liberó” a Nocturna de la necesidad de cubrir huecos temáticos y estilísticos. En esta edición este segmento del festival encuentra una voz mucho más precisa de lo que tiene para contar.

Así, Nocturna profundiza este año el eje del terror como metáfora de lo social. Pasa en O clube, pero también sucede en Black Cop (“Policía Negro”), en Euthanizer, en Que el diablo nos lleve y en Abrázame, por mencionar algunas de las películas que mejor aúnan estos dos aspectos.

Black Cop llega de Canadá y oficia como sátira política. Cory Bowles hace aquí lo que David Ayer intentó en Bright. Pero bien. Sin orcos, sin elfos, sin efectos especiales, Bowles tematiza la cuestión racial hacia adentro de la institución policial y lejos de trazar un rumbo redentor, el director pone a su protagonista, “bullyneado” por sus colegas, ropero de prejuicios, y harto de la discriminación, a abusar de su placa para perseguir blancos en una suerte de venganza de clase mal encarada.

Los fanáticos del policial negro escandinavo encontrarán en Euthanizer una expresión poderosa, una nueva dimensión del noir. El finés Teemu Nikki cuenta aquí la historia de un tipo especializado en matar perros enfermos. Su eutanasia perruna encuentra su límite cuando un supremacista blanco busca sus servicios. El choque de ideologías, de éticas y de violencias se construye en la película a través de acciones, antes que de diálogos, y ahí está uno de sus puntos fuertes.

El aporte argentino a Nocturna viene de la mano del jovencísimo Javier Rao, con el miedo latente. ¿Qué pasa si tu cita desaparece? ¿Y qué pasa si sólo deja un rastro de sangre en la noche del conurbano bonaerense? El terror de cualquier padre, sí, pero también el horror de cualquier adolescente de hoy. Con apenas 25 años, Rao sabe que los monstruos gigantes nos fascinan más de lo que nos asustan y que las criaturas viscosas nos asquean. En cambio, tiene muy claro qué fibras nos pueden sacudir por dentro, nos pueden angustiar y hacer mirar con miedo por encima del hombro en cualquier calle de nuestros barrios mientras tememos no lo que está ahí, sino lo que podría llegar a estar. Que pueda narrarlo desde el cariño y con una mirada despojada de desprecio es un doble mérito.

Con el diablo en el nombre, pero sin incursionar en el terror, el francés Jean-Claude Brisseau cuenta en Que le diable nous emporte el cruce de deseos entre tres mujeres y dos hombres, que empiezan a encontrarse circunstancialmente tras perder (y encontrar) sus respectivos celulares. ¿Qué genera el deseo? ¿Cómo se construye al otro como deseado? El crítico David Obarrio observa en esta película un “estudio sobre el cuerpo femenino, las modulaciones del deseo y la política del sexo”. Una forma de desconstruir lo que damos por hecho en las relaciones. En cierto modo, Brisseau abreva en una de las viejas consignas del surrealismo: de cómo el erotismo nos puede liberar. Quizás por eso el Le Monde de su país natal describió la película como “erotismo cósmico para almas heridas”.

Lo que resta de la sección ya se vuelca definitivamente hacia el horror y, también, algunas formas de lo bizarro. Vampire Clay (“Arcilla vampírica”), por ejemplo, es una de terror japonesa. Con todo lo que eso implica en sus manchones de humor negro, en su tratamiento de lo sobrenatural y en su forma perturbadora de sacudir las entrañas del espectador. La premisa de la película de Soichi Umezawa es sencilla: un muñeco de arcilla cobra vida por malas artes místicas y, encerrado en una escuela de arte de una pequeña ciudad, se dedica a aterrorizar a sus alumnos. Y a sus espectadores, claro.

Kuso, del rapero Flying Lotus, fue descripta como “la película más desagradable de la historia”. Y eso que Nocturna albergó en estos años a más de una película que podría competir por ese dudoso honor. Aquí los sobrevivientes de un terremoto buscan sbrevivir en medio de mutantes, fluidos corporales (y penes acuchillados), cosas viscosas, lo asqueroso como bandera y la repulsión como mecanismo estético. Su director es el multifacético rapero Flying Lotus. ¿Qué pensaría su tío abuelo, el gigante del jazz John Coltrane, si viera la película de su chico?

Si hay una metáfora para la decadencia, es la del rockero viejo intentando recuperar efímeras glorias pasadas. Y eso aparece en Dead Ant (“Hormiga muerta”), de Ron Carlson, cuando una banda de hard rock que tuvo un módico hit hace tres décadas se interna en el desierto a consumir peyote para recuperar su pulso musical. Y se cruza con una hormiga. Y todo estalla. 

La última película de la sección es Mutafukaz, hecha a medias entre el historietista francés Guillaume Renard (de hecho, “Mutafukaz” alude al anglicismo “motherfuckers”, es decir, “hijos de puta”) y el animador japonés Shoujirou Nishimi, que tiene entre sus currículums una participación en la mítica y casi fundacional Akira. Un par de minutos de Mutafukaz bastan para dar cuenta de la intensidad de la animación, su excitante manejo del color y su universo completamente demencial. Sobre su obra original (una novela gráfica de 600 páginas), Renard la define como un “homenaje a la desafiante Los Angeles”, pero en el fondo es una historia salvaje, el delirio de un pequeño repartidor de pizza con hip hop, mujeres, tentáculos alienígenas, Shakespeare, policía, pandillas y cosas difíciles de imaginar juntas pero que, como Nocturna, encajan perfectamente.

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