Nada en el mundo

Ya ha oscurecido cuando Lena llega a casa con David en brazos. David tiene dos años y es nuestro hijo. Normalmente pasa los domingos conmigo y el resto de la semana con ella, pero esta vez es distinto porque ella tiene que viajar y él se quedará conmigo toda la semana. Esas fueron las palabras de Lena cuando la llamé desde una cabina para avisarle que mi teléfono no funcionaba. Tengo que viajar, dijo. No dijo por qué ni adónde, pero no hace falta ser adivino para colegir que no irá sola. Que irá con un hombre, quiero decir.

David mira todo, incluyéndome a mí, con la misma cara inexpresiva de siempre y luego se va al rincón a jugar con el hámster que compré para él cuando Lena y yo nos separamos. Ella se saca el abrigo y se deja caer en el sofá. Parece cansada. Hacía mucho que no la veía sin maquillaje. Ya casi no recordaba cómo era: los ojos redondos, casi sin pestañas, la boca fina y pálida como una cicatriz. Todavía es una mujer atractiva, me digo.

Mientras tomamos una cerveza me explica que se va a Córdoba porque sus padres se quieren divorciar. Yo aún no sé si es verdad o sólo un invento para no tener que decirme que ha conocido a alguien, pero la dejo hablar. Fue su madre la que llamó para darle la noticia, dice. No se la oía abatida, sino todo lo contrario, tranquila, fuerte, dueña de una entereza que asustaba, pero en el fondo de su voz se percibía el miedo. En una pausa le pregunto si se quedará a cenar. A veces lo hace cuando trae a David, y la mayoría de esas veces terminamos haciendo el amor, pero hoy tuerce la boca y dice que aún tiene mucho que hacer y que no quiere viajar con sueño. Sin embargo acepta otra cerveza y sale a fumar al jardín mientras yo me quedo adentro con David. A través del ventanal la veo fumar entre los árboles, con la mirada perdida en la noche, hasta que el celular la saca de su ensimismamiento. Del otro lado de la línea alguien dice algo que la hace reír. La conversación es breve. Las luces de la casa de al lado brillan entre las ligustrinas. Cuando termina el cigarrillo Lena vuelve a entrar y sigue hablando de sus padres, de sus recuerdos, de su infancia en Córdoba, una infancia en cierto sentido feliz y a la vez terrible como todas las infancias, pero ya no habla conmigo, sino con ella misma, o con alguien que ni siquiera ella debe de saber quién es.

-‑Por todos los matrimonios rotos del mundo ‑dice, con la cerveza en alto, y a mí me vienen imágenes de cuando ella y yo nos separamos. Lo decidimos el día en que nos dimos cuenta de que si seguíamos juntos nos íbamos a destruir. Ella también debe de estar pensando en eso porque su mirada se enturbia y me pregunta si creo que nuestra separación le puede haber hecho daño a David, un daño invisible, un daño que lo perseguirá por siempre desde las sombras, y aunque yo no sé qué contestarle digo que no, que no lo creo, al menos no más daño del que le hubiéramos hecho siendo felices o yéndonos con un circo. En el silencio se oye a David hacer girar la rueda del hámster. Puede estar horas así. En su momento Lena lo llevó al médico porque tenía miedo de que fuera autista. Yo finjo mirar a otra parte para ver si ella también siente la necesidad de mirarme, como tratando de recordarme o de reconocerme, pero ella sigue perdida en sus pensamientos, o en sus recuerdos, o en las ilusiones que ha ido perdiendo, hasta que las campanadas del reloj la traen de vuelta a la realidad. Se despide de David con un largo abrazo y, ya con el abrigo en la mano, me pregunta si van a tardar mucho en arreglarme el teléfono. Le contesto que no lo sé, que lleva varios días sin funcionar, y que será mejor que sea yo quien la llame a ella. Nos saludamos en la puerta con un beso en la mejilla y la veo subir al auto y alejarse en la oscuridad, tal vez hacia los brazos de otro hombre, antes de volver con David.

El día siguiente es un día de sol y con David aprovechamos para ir a la plaza. Hay hamacas, un arenero, túneles hechos con barriles, pero él se pasa la mañana corriendo a las palomas. Al mediodía almorzamos en el bar de enfrente, donde leo el diario mientras David se entretiene dibujando en las servilletas. Sus dibujos son extraños. No son como los garabatos que hacen otros chicos. Después de comer llamo a Lena desde el teléfono del bar. Le cuento de David y le pregunto por sus padres. Ella me pide que ponga a David al teléfono y le habla con dulzura, aunque no llego a distinguir lo que dice. A la tarde nos quedamos en casa. Las nubes cubren el cielo. El viento silba entre los árboles y una ventana mal cerrada se golpea en las habitaciones del fondo. A la noche comemos algo rápido y después vemos unos dibujitos animados hasta que David se queda dormido en el sofá. Duerme tan plácidamente que me da lástima llevarlo a la cama. Así que me descalzo, estiro las piernas y me quedo viendo una película que ya vi miles de veces, mientras afuera empieza a llover. Las gotas resbalan por el ventanal. Cuando la película termina tapo a David, apago todo y me voy a acostar. A las pocas horas, sin embargo, despierto agitado de un sueño del que sólo recuerdo que en alguna parte estaba Lena. No sé si me despierta el sueño o un llamado de David, pero cuando lo voy a ver sigue durmiendo profundamente. Tal vez gritó dormido. A veces lo hace. Afuera está oscuro. Llueve como si nunca fuera a parar. Cierro las persianas, regreso a la cama y no tardo en dormirme, pero al rato vuelvo a despertar, esta vez con palpitaciones y una sensación de ardor en el pecho que atribuyo a otro sueño, del que tampoco recuerdo nada salvo que en éste no había rastros de Lena. Por las rendijas de la persiana entran las primeras luces del amanecer. Me levanto a tomar agua y me quedo mirando la lluvia sobre el jardín. De a ratos el malestar retrocede para volver con más fuerza poco después. Es algo que me oprime el pecho y no me deja respirar. Pero es sobre todo esta molestia que se parece cada vez más a un dolor cerca del corazón lo que me alarma. Recordando algunas cosas que escuché sobre los ataques de pánico, voy al baño, tomo un Rivotrile, intento conservar la calma. De paso tomo también algo para el estómago por si es una gastritis y otras pastillas que ni sé para qué sirven. De regreso en el living me detengo a mirar a David. Sus ojos se mueven bajo los párpados como si quisieran escapar. Me digo que sólo debo esperar, tener paciencia, pero los síntomas empeoran y al cabo de un rato ya no puedo seguir ocultándome que se trata del corazón. Me cuesta mantenerme en pie. La falta de aire es casi total y la opresión en el pecho ya es definitivamente un dolor. Avanzo tropezando con los muebles hasta el teléfono para pedir ayuda, pero sigue descompuesto. Temo haber tomado demasiadas pastillas. El sudor me corre por la frente. Con mis últimas fuerzas vuelvo a mirar a David. Tal vez duerma algunas horas más antes de despertar y hallarme muerto en el suelo. Las ventanas están cerradas y nadie lo escuchará llorar. Me pregunto cuánto puede aguantar una criatura de dos años antes de morir de hambre o de sed. O de soledad. Me gustaría tocarlo por última vez, acariciarlo, pedirle perdón, por todo, por las cosas malas que hice y por las buenas que no hice, pero los pocos metros que nos separan son un mundo al que ya no pertenezco. Si pudiera llegar hasta él lo asfixiaría con un almohadón para ahorrarle la agonía. Tal vez Lena adelante su regreso al no tener noticias nuestras. Puede que David aún esté con vida. Debo creer en eso. Necesito creer en eso. La mente me funciona pero las rodillas se me doblan y siento que mi cuerpo se derrumba. Al tratar de agarrarme de una silla me caigo con ella al suelo y el ruido despierta a David, que se sienta y se queda mirándome boquear como un pez fuera del agua. Siempre creí que al morir veíamos pasar la vida ante nuestros ojos como si fuera una película, pero no. Yo sólo veo a David, que sigue mirándome desde el sofá, soñoliento e impasible, sin miedo, sin siquiera curiosidad, como si nada en el mundo pudiera lastimarlo.

 

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