A microficcionar que los grandes relatos son breves

I.

Ayer fue un día muy caluroso. Al menos aquí los papeles olían a quemado y el cielo se rompía en pedacitos. Luego, con mucha sutileza, a golpes de aire y martillos, la luna se fue moldeando perfectamente en encajes de astro. Un pájaro liviano y perezoso fue perceptible y palpable. Algo como un grillo o un ronquido sonó en la memoria. Carbón sonoro, adoquines sonoros, navíos roncos, respiración de toro, estertor de buey, jadeo de montaña.

Hay que amar mucho para soñar una respiración. Y multiplicar el pájaro. Y abrillantar la aurora con los dedos supinos.

Aunque no sea verano, todo ocurre como si lo fuera, pues las estaciones del calendario nunca coinciden con las del vino.

 

II.

El hombre de mi vida no se había alzado aún, cuando los leves pliegues del río flameaban como un paño arrugado por el viento. Poco a poco, a medida que él iba existiendo se formaba una línea de paso en el horizonte. Cada pez que se acercaba a la costa desembocaba en una luz excesivamente difusa y el pescador lo apresaba al mismo tiempo que alzaba con la mano la lámpara que iluminaba la noche.

El hombre de mi vida se anunciaba como si unas partículas suspendidas en la arena hubieran descendido hasta el fondo de una botella. Se fundía en el resplandor de una incandescencia que con un solo dedo alzaba todo el peso del mundo.

Entre el hombre de mi vida y yo hubo una pausa, mientras la luna se posó sobre la punta de un abanico de agua y antes de marcharse nos dejó una huella astral que nos guió el camino.

 

III.

La narradora cree que la principal debilidad de su escritura es la falta de un método detallista que la haga más débil. Su estilo tiene algo de noticia que no llega mezclado con un salir del sótano sin anteojos de sol. El alba inmensa de los párpados se dirige a tientas hacia el ojo de la tormenta. La narradora apoyada en los astros deseosos de lirios, cree también que su debilidad narrativa se apoya en los juncos matemáticos del infinito donde algo avanza hacia el oráculo y el péndulo impone un ritmo de poisson soluble.

 

IV.

La sentidora empedernida toma la palabra y elabora, con minuciosidad de orfebre, el texto donde se mezclan realidad e irrealidad. Bien dicen que lo negro es lo que más oscurece. Ella se esmera en ir al otro extremo como quien va desde sí mismo hasta su sombra. Nadie conoce su biografía, ni su estado civil, ni su anarquismo. Está libre del fenómeno "vida del autor explica la obra". Podría llamarse Juana de los Palotes para seguir siendo una escritura fuera de la ciudad y del mundo. Pero mal que le pese, la sentidora empedernida tiene nombre y apellido y al hacerse escritura tuvo noción de sí, de su contrasentido. En  cada mosaico reinyecta una violencia expresiva que no queda bien en los manuales, en las bibliotecas ni en las familias. Por lo tanto es sola y una.

 

V.

La riqueza y la diversidad de su sexo son suficientes para provocar en mí todas las posiciones del homenaje. El solo recordarlo deja ya un regusto a jolgorio, un sabor a fiesta, un perfume de. Y yo me siento largo rato junto a su memoria porque los recuerdos, adentro tienen manos irisadas.

Luego de haberlo conocido puedo distinguir entre el hombre de afuera y el hombre de adentro, entre un organismo vivo y un organismo muerto, entre vivir para escribirlo y escribirlo para revivirlo, entre oscuridad y niebla, entre temblor y miedo, entre alimento y manjar, entre orgasmo y la gloria.

 

VI.

La narradora, si se esmera, puede escribir un texto por semana y salir corriendo con el manuscrito en la mano para llevárselo al editor con el deseo de que éste le dé una palmadita en la espalda.

Nadie más que sus musas destronadas la ha visto abrir las piernas sobre el papel, exhibir el corazón pequeño y oscuro como un ano en el centro de la página. Nadie más que sus musas arenadas pueden dar fe de cómo ruedan las oes por una costa sin fin o nunca hallada. Qué sobresaltada puede ser la escritura cuando no se halla la palabra que clame más allá de la palabra. Sólo las musas de tinta negra saben cómo perfora a la noche el punto. El editor, bien, gracias.

Por las mañanas, el lector busca las peores noticias. Temblores de tierra. Pandemias, litigios y pobreza. Luego, busca el dorso de la realidad soberana, una palabra en los bordes del encuentro, y poco a poco la ciudad parece tener piel de cereza. El suceso es azaroso como la puntuación y el silencio.

 

VII.

El cuerpo fulminado de luces cae en el fondo de una ciénaga. Luego, recuerda a los pihies de la China que no tienen más que un ala y vuelan por parejas. Recuerda que en el cielo vemos estrellas que ya no existen. Recuerda que la higuera es áspera y fea porque todas sus ramas son grises. Recuerda que primero hay saber vivir, después recuerda cuántas cosas ya no recuerda, y cómo la vida ofrece la oportunidad de andar de a dos con una sola ala.

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