Vida de artista (Ada Tvarkos, 1928 2015)

Conocí a la señorita Ada antes de saber que existían los artistas. Aunque de una manera u otra quienes la frecuentábamos a mediados de la década del setenta le reconocíamos una rareza específica, no nos quedaba del todo claro si ella era o se hacía. Mis primeros recuerdos con Ada son de los 10 años, pero nos habíamos presentado varios antes. Fue mi maestra de dibujo desde 1er grado en la escuela nº 107 "9 de Julio", del barrio Arroyito de Rosario. Avenida Alberdi 942, entre Almafuerte y José Ingenieros. Participé de su Club de Niños Pintores de primero a séptimo. En séptimo le pregunté si podría seguir yendo al club cuando terminara la escuela. Si Ada hubiera autorizado mi pedido, yo no habría demorado décadas en despejar las dudas sobre su condición.

Cuando en mayo de 2015, justo el año de su muerte (¿Ada ya estaría muerta en mayo? ¿en qué mes habrá muerto?), visité la inolvidable muestra de Luis Ouvrard La llave de los sueños. Obra reunida, que curaron Juan Manuel Alonso, Mónica Castagnotto y Maximiliano Masuelli para el Museo Municipal de Bellas Artes J.B. Castagnino de Rosario, confirmé lo que los adultos no habían podido certificarme en la infancia. La señorita Ada era una artista. En una vitrina exclusiva e iluminada, una carta de 1952 en la que Ouvrard le contaba sus próximos proyectos desde Cosquín disipaba toda incertidumbre. La carta daba una pista sobre la rareza de Ada. Para autorizarse a pintar patos blancos como la nieve nadando en una acequia de aguas seguramente barrosas, Ouvrard le decía que no había temas o anécdotas cursis sino que todo dependía de la forma en que se los encaraba. No me costó imaginar la escena: Ada suscribiría con énfasis a la premisa y Ouvrard contaría por anticipado con el consentimiento de la amiga. Luis y Ada no se tuteaban. Se llevaban casi 30 años. Creo que fue Maximiliano quien me contó que ella había sido su discípula. Los interlocutores de la carta parecen sin embargo amigos.

En 1978, el año de mis primeros recuerdos, Ada ejercía una extravagancia cándida, sentimental y aniñada, que hoy la acerca a esa variante sensitiva de lo cursi que definió Ramón Gómez de la Serna. Un día lo conversábamos con Ana Wandizk, mientras revolvíamos los papeles de Ada en El bucle, ese nuevo espacio para el arte argentino que ella y Maximiliano inauguraron en Rosario. "En lo cursi hay un drama enredado, un camino de recién casados, una ilusión perenne de adolescencia". Mis 10 años se correspondían con sus 50, la edad que tengo en este momento. Los 50 años de Ada eran más jóvenes que los míos. "Es cursi esa muchacha porque está indecisa entre ser cuadro y realidad y porque su voz responde a su indumento y su alma tiene fondo de amatista y lleva su corazón en caja de filigrana". Gómez de la Serna hablaba como si la conociera.

Fue el año pasado, leyendo Ikebana política, de Claudia del Río, que volví a cruzarme con el nombre de Ada. Descubrí entonces que tenía un nombre de artista, uno especial para sus amigos pintores. "¿Chola Tvarkos es Ada?" Consulté ante todo con mi mamá, maestra de la misma escuela primaria a la que fuimos mis hermanos y yo, compañera y amiga de Ada, les pregunté luego a mis compañeros de aquellos años, muchos de ellos niños pintores también, pero nadie había escuchado ese sobrenombre. En la escuela, la señorita Ada se hacía llamar Ada Raquel. Otro punto para Gómez de la Serna.

Una de las últimas tardes de este verano, Claudia me invitó a su casa‑taller para conversar sobre Ada/Chola. La tarde fue memorable, no sólo por las razones que incluyen a Ada. Revisando su archivo, que por motivos providenciales quedó en manos de Claudia, me percaté de que nunca nos había invitado a ninguna de las muestras en las que participó durante los años en los que fue nuestra maestra. ¿Por qué no nos invitaría? Sabía que hubiéramos aceptado felices como aceptábamos todas sus iniciativas. Me pregunto cuánto habría interferido el pudor en esa decisión. ¿Habría sido en efecto una decisión? Ada era pudorosa, discreta, reservada. Cualesquiera hayan sido los motivos, no debió considerar imprescindible enseñarnos sus obras para transmitir lo que buscaba. Hoy lamento no haber visto ninguno de sus óleos, sus pasteles, ¡sus collages! (¿dónde estarán? ¿los habrán guardado?). Pero si, como creo, Claudia tiene razón y escribir y dibujar se parecen, debo haber aprendido a escribir en el Club de niños pintores.

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