CINE

DESHACIENDO ESCUELA

El liberado es el flamante ganador de la Competencia Argentina de Cortometrajes que dejó el último Bafici. Martín Farina, su director, dialogó con Soy sobre el proceso de captar el universo adolescente y adulto en el marco de un cine de los cuerpos, por los cuerpos y para los cuerpos.
Imagen: Sebastián Freire

A partir de Mujer Nómade, protagonizada por la filósofa Esther Díaz y también una de las fundamentales en la grilla del último Bafici, Martín Farina conoció a Daniel Lesteime, que lo convocó para realizar un trabajo sobre adolescencia en Goya, Corrientes y cuyo resultado de la investigación fue, en parte, este corto ganador. En El liberado, un grupo de adolescentes debate intensamente sobre quién debe beneficiarse de un lugar sin cargo para concurrir al viaje de egresados. En sus cortos 10 minutos, el film se torna espejo de las virtudes y miserias sociales a micro escala, las violencias cotidianas y las solidaridades que subyacen detrás de las máscaras y los cuerpos. Con la continuación de la trilogía Cuento de Chacales terminada, otro proyecto conjunto con Marco Berger sobre hombres que desfilan en la comparsa de Gualeguaychú, y en medio del rodaje de la tercera parte de la trilogía, en la cual Farina ahonda sobre Francisco, un artista homosexual y su cotidianidad actual en relación a las represiones que ha sufrido por vivir en una comunidad religiosa cerrada, en diálogo con SOY habló sobre la construcción de subjetividades frente a cámara y los desvíos más acertados del cine local actual.

El Liberado sorprende por su lenguaje y actuaciones espontáneas. ¿Cómo surgió?

–A partir de un laburo que yo estuve haciendo para la Secretaría de Educación de la Municipalidad de Goya en la gestión anterior, cuando tuve que hacer dos trabajos sobre la juventud. En un momento que estaba filmando me cuenta este grupo de alumnos que se iba a juntar para charlar sobre el viaje de egresados y pregunté si podía ir.

O sea que acá no hay ficción...

–Es absolutamente documental lo que se ve, estuve ahí esa tarde, no hice ninguna pregunta ni tuve influencia sobre lo que pasaba. Los chicos estaban muy urgidos por el tiempo, porque faltaban 20 días para avisarle a la empresa de turismo sobre quién iba a tener ese pase de viaje libre. Por momentos yo no entendía de lo que hablaban, muchas de las cosas la descubrí en el montaje.

En ese mar de voces se escuchan comentarios xenófobos, misóginos, bullying. 

–Las tensiones que surgen entre ellos aparecen porque están discutiendo algo que les parece muy importante, se están jugando la vida en esa discusión. Se están probando mutuamente en una especie de ensayo democrático, de ver hasta dónde llevamos nuestros principios, qué son nuestros principios, qué significa ponerse de acuerdo y contar con plena autonomía. 

¿La idea fue trabajar el clasismo y la violencia que engloba esos temas en la adolescencia?

–Ahí se nota que se permiten escucharse. Eso que vos señalás me parece que es un rasgo propio de la edad, de no medir las palabras con las que uno se refiere a algo, y esa crueldad propia que aflora en ese momento en donde pareciera que no está en juego una reputación, o hay menos máscaras en ese sentido. No creo que sea puntual para querer herir a nadie. Creo que permite pensar en perspectiva hasta dónde la juventud participa de sus propias decisiones y qué se juega cuando lo hacen.

Otro de tus trabajos en el Bafici fue Mujer Nómade. ¿Cómo fue trabajar con una personalidad como Esther Díaz?

–Fue muy increíble y por momentos muy difícil. Yo trabajé con Esther en el pleno duelo de la muerte de su hija, por lo tanto no era fácil. La relación era muy intensa. Esther es una persona a la que le pasan cosas dramáticas, toda su vida le pasaron, y muchos de eso ella lo cuenta. Entonces su vida es un poco esta dinámica entre la exposición pública y la soledad, lo cual hace que esté como medio tironeada entre esos dos universos que complementan una personalidad compleja, difícil de agarrar, de comprender en su totalidad.

 ¿Cómo conviven estos trabajos dentro de lo que podríamos denominar una movida de cine queer en Argentina?

–Creo que hay una movida de cine queer pero yo no formo parte, o no me siento parte. Tampoco nunca me interesó en lo personal trabajar sobre la temática lgbt. Si bien todas mis películas la tienen y muy fuertemente, yo no tenía una intención política, estética o filosófica. Sí me parecía importante tener una mirada muy íntima del cuerpo retratado, en eso sí me siento muy identificado y es parte de mi mirada y mi manera de pensar el cine. 

En Mujer nómade el cuerpo se planta en primer plano.

–Se pueden ver las huellas, las marcas, las heridas que ha dejado en un cuerpo que ha vivido una vida filosófica en todo sentido, en un sentido vital. La película de Esther me parece que todavía muestra las huellas que ha dejado el patriarcado en una persona que ha luchado toda su vida contra eso. Creo que tiene una forma muy original y da cuenta de una conciencia más profunda. En ese sentido me parece que el cine queer o el cine de género está muy presente no solo en las películas de liberación como manifiesto de las represiones, sino en un sentido más amplio, como una política de los cuerpos, y eso le hace muy bien al cine, y le hace muy bien a la vida.

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