Tenis de ascenso
Debajo del puesto 500 del ranking de la ATP, Tomás Lipovsek Puchés forma parte de la clase obrera del tenis; gira con su raquetero al hombro por distintas partes del mundo, en un camino con anhelos de Grand Slam.

Ya es de noche en Antalya, una ciudad de poco más de un millón de habitantes ubicada en el suroeste de Turquía. Dentro de la habitación del hotel, Tomás Lipovsek Puchés escribe una página más del manual del tenista que lucha por instalarse en el profesionalismo. Es el día de su cumpleaños número 25, pero su familia, sus amigos, todos sus seres queridos, al cabo, están a más de 12.000 kilómetros de distancia. Su festejo se limita al frigobar: adentro, como regalo del hotel, lo espera una torta.

“Acá estoy parando con un amigo suizo. Entré a la habitación, vi platos y lo dejé pasar. Pensé que, quizás, él había comido algo y dejado las cosas tiradas. Pero después caí que capaz me habían dejado algo en la heladerita del cuarto, así que me fijé y encontré la torta. Acá nadie sabía que era mi cumpleaños, pero se ve que cuando hice el check in se dieron cuenta. La verdad es que ya estoy acostumbrado a pasar mis cumpleaños lejos de casa. El último allá fue hace como hace cinco o seis años. Los últimos dos los había pasado en Estados Unidos. Pero este es, sin dudas, el lugar más raro de todos hasta ahora, je”, le cuenta Tomás a Enganche desde Turquía.

Perseguir los sueños propios conlleva una cuota de sacrificio. Lipovsek Puchés comenzó el suyo a los tres años, cuando agarró una raqueta de tenis por primera vez y Ana, su mamá, se sorprendió al observar cómo devolvía la pelotita. Fue haciendo camino al andar: primero en el Centro Asturiano de Vicente López y luego en el Abierto Tenis Club, el Florida Tenis y Club Harrods Gath & Chaves. El presente lo encuentra en el puesto 511 en el ránking de singles de la ATP (llegó a estar 250 en abril de 2016, su mejor ubicación hasta el momento) y 206 en el de dobles (su mejor registro fue 200, en marzo de este año). Por ahora, 2018 viene bastante movido: a principios de año jugó los Challenger de Punta del Este (Uruguay) y Santiago (Chile), y luego los Futures de Opatija (Croacia) y Hammamet (Túnez). Su “domicilio”, hasta hace algunos días, estuvo en Turquía, donde disputó el Future Antalya, pero el siguiente destino fue Suiza para continuar con el exigente entrenamiento. Los miles de kilómetros recorridos en menos de cuatro meses y la ausencia de un lugar al que llamar “hogar” son, en definitiva, la prueba de su lucha por intentar ser.

“Este año decidí venir cuatro meses a entrenar a Europa. Tomé esta decisión porque sé que me va a hacer crecer como profesional, pero no es sencillo, es el mayor tiempo en el que voy a estar lejos de Argentina; y si todo va bien podría extenderse. Hay pros y contras. Se sacrifican muchas cosas, muchos momentos de felicidad que al no estar ahí no los voy a poder disfrutar, como alguna celebración o una simple salida”, reflexiona Lipovsek Puchés a la distancia. Evidencia la cruda realidad del tenista que brega por hacerse un lugar: hay que saber convivir con la soledad.

Por el momento, su base de operaciones está en la ciudad suiza de  Neuchatel y desde allí se traslada a los torneos en otros puntos de de Europa. Partió por su cuenta: la planificación comenzó en Buenos Aires con Diego Salciunas, el entrenador con quien practicó a principios de año pero que por cuestiones económicas no pudo acompañarlo en el viaje. En Suiza la preparación tiene por guía a Pablo Minutella, otro entrenador argentino. Claro que cada peso (o, en este caso, euro) cuenta y mucho. Acá, el tenista lejos está de la holgura económica.

¿Por qué Europa? El propio Lipovsek Puchés responde. “Primero, porque en Sudamérica no hay tantos torneos como acá y, segundo, porque en la relación entre el costo y el beneficio salís perdiendo. Ponele que vas a un torneo en Brasil; de por si, te sale caro y, además, terminan yendo los mismos jugadores a los que te cruzás en otros torneos. En cambio, en Europa hay muchísima más variedad de tenistas contra quienes jugar y las distancias y los precios son muchísimo más accesibles; siempre y cuando estés acá, claro. El esfuerzo económico es al principio, cuando tenés que pagarte el pasaje para cruzar el Atlántico. Después te movés para todos lados de manera barata y sencilla. Para hacerlo simple: en Europa juego más torneos contra rivales más variados y gasto menos plata que en Sudamérica”.

La planificación es un aspecto clave en una aventura en la que todo se hace a pulmón. Un paso en falso puede cambiar todo el panorama. Se trata de pensar fríamente para seguir el plan al pie de la letra, sin dejar que entren en juego las emociones. “Antes de este torneo en Turquía estuve en Roma jugando para un interclubes, que son tornos en los que te den casa y comida el día anterior y el del partido. Participan muchos jugadores porque te pagan por partido, entonces ganás plata que te sirve para pagarte  los viajes, aunque no sumes puntos para la ATP. Lo que hice fue arreglar para jugar varios interclubes y con la plata que consiga puedo vivir estos meses. Por ejemplo, acá pueden pagar 1.200 dólares por ganar un partido, entonces eso te sirve para viajar a distintos torneos. Hasta los jugadores que están en el Top 100 lo hacen, eh, que quizás uno piensa que están bien económicamente. Si a un Top 300 le pagan aproximadamente 1.500, a un Top 100 le pagan 15 mil dólares el partido”, revela, dando a conocer el lado B del tenis profesional.

Un sponsor ayuda para cambiar un poco la ecuación, aunque es poco común. Lipovsek Puchés tiene sólo uno, por un empresario argentino, pero él mismo debe costearse desde la ropa hasta las raquetas. “Uso las de Babolat, pero me las tengo que comprar yo. Por suerte consigo los encordados de Kirschbaum (empresa alemana). Pero no es para nada sencillo conseguir sponsor”, se lamenta.

El individualismo del tenis tiene sus contrapesos. Y es allí, en la balanza de los sentimientos, en la que hay sostenes que le dan al incipiente tenista profesional el combustible necesario para seguir batallando. Y para Lipovsek Puchés uno de sus motores tiene nombre: Micaela, su novia desde hace cinco años, que decidió renunciar a su trabajo en Buenos Aires para acompañarlo en su aventura europea, porque, al cabo, los sacrificios se comparten. “El año pasado le dije: ‘Mirá, pienso irme a Suiza a entrenar cuatro meses. ¿Qué podemos hacer para vernos?’. Yo quería ir porque sabía que me iba a hacer bien para mi carrera, pero al mismo tiempo no quería dejar de verla a ella, porque es un montón de tiempo. Imaginate, lo máximo que habíamos estado separado fue un mes y medio. Le dije eso y que al toque se puso a buscar cursos para estudiar idiomas, y justo consiguió uno en la ciudad en Neuchatel, donde yo hago base para entrenar. Salió redondo, porque vamos a poder vivir juntos unos meses mientras cada uno hace sus cosas”, asegura con la voz inundada de un calor que le sale del corazón.

-¿Te arrepentís de algo en este camino?

-Todavía no. Hay que ver si llego, pero si no llego tampoco me arrepentiría.

-¿Qué sería “llegar”?

-La satisfacción de estar Top 100. No llegar sería un bajón, lo sé. Pero el camino que transité por ahora fue muy bueno. Si mi carrera terminara hoy por algún motivo, el balance que hago es bueno. Mientras tanto, sigo peleando.  

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