El agua y las películas de ciencia ficción

La ciencia ficción siempre (o casi siempre) tuvo un sesgo metafórico. Durante la década del cincuenta sirvió para crear una paranoia anticomunista. A fines de los treinta le sirve al joven Orson Welles para sobredimensionar su ego. Su emisión radial de “La guerra de los mundos” penetró en las conciencias de los norteamericanos. Welles fingió una serie de informativos alarmantes y los condimentó con declaraciones de testigos de la llegada de marcianos a la tierra. El resultado fue explosivo. En el film de Woody Allen “Días de radio” (el valioso “Amarcord” que hizo el llamado “geniecillo de Manhattan”), una solterona (hablamos de la década del cuarenta) consigue un novio que parece estar lleno de virtudes. Salen, van al cine y luego él la lleva en su Ford rumbo a estacionar y ahí demostrarle su ímpetu. Ella es la incomparable Dianne Wiest. Sale una música tersa y bastante romántica por la radio. De pronto se interrumpe el programa y surge una voz estridente anunciando que los marcianos han invadido la tierra y están arrasando con todo lo que encuentran. El auto se detiene. Se quedó sin nafta. Aterrorizado, el hombre escapa para salvarse “de los marcianos”. Dianne queda abandonada en medio del parque. Ha sido el peor de sus noviazgos frustrados. Su reflexión final es: “Quedé sola en el auto. La noche arruinada. Ni un marciano vino a consolarme”.

  La emisión de Welles tuvo el mérito de llevar miedo a un pueblo que necesitaba asustarse para poder ir a la guerra. USA requería una hipótesis de conflicto. Si creyeron el cuento de Welles creerían sin duda el de Pearl Harbour. Pero –según ha sido dicho– los films de marcianos  sirvieron para el macartismo de los cincuenta. El más icónico fue “Invasión de los usurpadores de cuerpos”. Aquí, un aterrorizado Kevin McCarthy cierra una de las versiones del film (tiene dos finales, uno más esperanzador) advirtiendo a los conductores de una autopista: “¡Usted puede ser el próximo!”.

  Los comunistas se adueñaban de los cuerpos y, por consecuencia, de las mentes. El mensaje era: “Usted puede ser el próximo en convertirse en comunista”. O en marciano, que era el modo en que el mensaje era envasado. La versión cinematográfica de “La guerra de los mundos” llega en 1953. Es un brillante film con naves marcianas diseñadas por George Pal. El film lo dirige Byron Hastin y el protagonista es Gene Barry. Las naves marcianas tienen un diseño deslumbrante: mitad raya, mitad cobra, lanzan unos rayos destructivos en extrema medida. Hacia el final, todo toma un aire religioso y las bacterias del planeta salvan a la humanidad. Se trata de un gesto piadoso de Dios.

En 2005, Spielberg lanza una nueva versión del clásico. Aquí, los invasores surgen del interior de la Tierra. Pareciera hacerse eco de las versiones conspirativas sobre el atentado a las Torres Gemelas: fue una operación interna. Tuvo que existir una ayuda interior para que el atentado se realizara. Además, fue el Pearl Harbour de Bush: le permitió invadir los territorios islámicos, donde está el petróleo que USA necesita para sus industrias.

Antes, Spielberg ha presentado su versión del marciano bueno con ET. Pero los marcianos vuelven a ser malos en “Día de la independencia” (de los primeros años de los noventa). Considerada como una contracara de ET. En el modo de tratar el tema es muy inferior en todo sentido. Expresa el triunfalismo del fin de la Guerra Fría. Los viejos extraterrestres son derrotados en el día de la independencia de Estados Unidos.

 El problema del agua llega al cine de sci-fi en 2004 con “El día después de mañana”. Se trata de un film ecológico. El calentamiento global derrite los polos y provoca el desborde de los mares. Un científico busca encontrar a su hijo en medio de ese apocalipsis. Hay grandes escenas del agua entrando en las ciudades, gente que huye despavorida y actos de generosidad extrema. El film es una advertencia a la indiferencia de Estados Unidos ante estos temas. El imperio suele retirarse de o no asistir a los grandes eventos internacionales sobre medio ambiente. Hay que advertir sobre las graves consecuencias que eso puede acarrear. En este sentido el film resulta muy eficaz. Las cifras sobre el agua son espeluznantes. El planeta está cubierto en un 70 por ciento de su extensión por las aguas. El agua dulce es cada vez menor. Se derrocha malamente. Hay muy buenos documentales sobre el tema. Uno muy conocido es “La guerra del agua”. En el futuro las guerras se librarán por el agua y no por el petróleo. Entre tanto se librarán por el petróleo. Los motivos variarán, pero las guerras seguirán librándose. Sea cual sea el motivo.

Siempre que se hacen películas sobre algo significa que eso (ese “algo”) importa. Los zombies expresan lo que el Complejo Militar Industrial requiere de la gente, que se comporten como autómatas, como muertos vivientes, como zombies. El agua (aun cuando algunas tengan final feliz, ya que la esperanza vende) angustia no sólo a la industria de Hollywood sino a los cineastas independientes, que dedican sus documentales al tema. La advertencia al ciudadano común radica en no aceptar que se derroche el líquido cada vez más precioso. En llevar a la comprensión mayoritaria que el derroche del agua es el derroche de la vida. Y de la vida de todos.

En suma, durante los cincuenta la sci-fi muestra un peligro que viene de afuera. Pero con el motivo de mostrar un peligro interior: el avance del comunismo, que vendría a apoderarse de los buenos seres humanos de EE.UU.. La excepción es “El día que paralizaron la tierra”. Donde el ET Klaatu viene a advertir que la Tierra debe detener las guerras y las pruebas atómicas o será destruida. La innovación de las películas ambientalistas es que el peligro es interno. Es el hombre el que causa los desastres ecológicos. O frena su avance irresponsable (la “razón instrumental” que denunció la Escuela de Frankfurt) o los mares arrasarán la Tierra. Sólo se trata de prestar atención a un cine que tiene las mejores intenciones: quiere salvar el mundo, como los superhéroes. Pero en serio.