¿Alcanza con las disculpas?
La fórmula recurrente que contempla el irse de boca primero y luego disculparse con un “perdón si alguien se sintió ofendido” es uno de los más perversos atajos de la corrección política para perpetuar la injuria.

La DAIA ante Esmeralda Mitre y su negacionismo: dijo la actriz que con la dictadura pasó como con el Holocausto; no fueron tantos los muertos y su ex, Darío Lopérfido, tenía razón. La institución le exigió “disculpas públicas” y Esmeralda habló entonces de su “admirado” pueblo judío; Facundo Arana dijo que el mandato de maternidad de las mujeres no es tan malo al final porque siendo madres “se realizan” y en realidad la culpa del machismo la tiene el “brazo fundamentalista” de los feminismos; el galán, luego, pidió disculpas. Mirtha Legrand invitó a Natacha Jaitt y ante la caterva de denuncias sobre abuso sexual de menores en esa mesaza sabatina, Le Petit pidió disculpas; surgen acosadores varios ante chicas que no ya callan y persisten unos cuantos políticos que en nombre de la historia, el dólar o la Constitución, también piden disculpas.

Disculpas, sí. La Argentina ha ingresado no tan lenta e inexorablemente en la Moncloa de las disculpas, como quien se lleva por delante en la vereda a otro sin querer. La falta de voluntad en el atropello, la adscripción a una “internacional errorista” que convierte delitos y apologías del delito en descuidos “humanos” que cualquiera puede cometer” es la nueva carta orgánica del país. Con disculparse ante una ofensa, alcanza. Es decir, con suavizar la comisión de un crimen y denominarla derrape y con sentimentalizar sus efectos –volvió con todo el “crimen pasional”– y limitarlo al ámbito de la “ofensa personal” (aún cuando ese “personal” supone un conjunto de personas y no un único sujeto) estamos. Las palabras golpean cada vez menos y hace falta, cada vez más, que sean todos los barras bravas sueltos los que ataquen, roben, golpeen, canten atrocidades o rompan, para que, por ejemplo, los putos no exageremos. 

Después de su antológica “putineada”, el canal TyC Sports ha hecho eso ante la Embajada de Rusia: pedir disculpas. La pieza promocional desapareció del aire y de las redes sociales y la multinacional involucrada, la empresa de publicidad McCann sigue adelante en 120 países. En 2017, la filial local fue premiada como “la más creativa” según la especializadísima revista Dossier y hace meses, en el diario La Nación, su responsable, Martín Mercado, aseguraba que “la publicidad vive un tiempo de mayor honestidad” y que “hubiera sido una tragedia que la Argentina no clasificara para el Mundial 2018”. Honestidad y tragedia, dos ejes ausentes en el spot de Torneos y Competencias y en otro delito comunicativo emparentado con la misma agencia, el anuncio “Igualismo” de 2012 para la birrera Quilmes (una horda de mujeres frente a una de hombres y una leyenda final: “Cuando el machismo y el feminismo se encuentran, nace el igualismo”). 

La publicidad habita una esfera alevosamente emancipada de cualquier deber. Ninguna otra instancia de la comunicación social tiene el permiso de ser así, ultraviolenta. En nada se diferencia la promo “Putín” de todos los avisos sobre hogar, cuidado de los hijos, cocina, familia, amor y machos musculosos que alientan a la mujer en la limpieza del inodoro. Y en nada se diferencia tampoco del casting de niñxs blancos, viejos “incapaces” pero simpáticos y barra de amigos en tren “escapada de fin de semana” para “levantarse minusas”. Acá, muchos activistas tienen muchos problemas: aúllan ante la homofobia y enmudecen a diario ante todo lo demás. 

Como consecuencia de “la ofensa y sus subsiguientes disculpas”, llegan a la órbita de la argumentación la “libertad de expresión”, la corrección y las opiniones personales, como si los barbarismos del aviso en cuestión no violaran lo que violan, derechos humanos básicos establecidos por la ONU y de ahí para abajo (y para arriba). Sin embargo, ahora se puede estar “a favor” o “en contra”, como si el menoscabo fuese un partido de handball, con tantos cometidos en una dirección o en la otra. La vida del gay es un arco, ya se sabe.  

Si el spot “Putín” hubiese intentado poner de manifiesto la diversidad religiosa, con monjas católicas haciendo de judíos ortodoxos, ninguna voz se alzaría a favor de la “libertad de expresión” porque habría otro consenso y el repudio sería total. Pero para la publicidad y para el fútbol, la sexualidad se elige y será siempre opinable. 

No es tan grave. 

Te pido perdón.

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