Fondo
Imagen: Andres Macera

No estoy bien, los memes hace tiempo me dejaron de dar risa y la risa cada vez me parece más cruel. Me asusta Macri y le tengo mucho, pero mucho miedo al FMI, me apena el ex dueño del bar que cerró por los 30 mil pesos de luz, pienso en que quizás tenga hijos y en los aumentos de las prepagas y me imagino una reunión doméstica, de noche, donde padre y madre cansados se sientan a la mesa después de acostar a los chicos y se preguntan con esa fatiga que pesa en el corazón si podrán seguir mandándolos a la misma escuela. Los pibes no tienen la culpa. Y de pronto me descubro interesado en averiguar los requisitos para sacar la ciudadanía española, no para mí, pero mis hijos, a lo mejor, quién sabe, en definitiva lo importante es que sean felices, que puedan cumplir sus deseos, y la felicidad también es política.

Es el mismo día en que por la mañana pago un café y dos medialunas con un billete de cincuenta pesos y el panadero me agradece el cambio y me deja pensando en cómo fue que un billete de cincuenta pesos se convirtió en cambio, en el cambio y en esa moneda nueva de un peso que se parece demasiado al centavo de los 90. De camino al trabajo, por la radio, un economista abyecto y desalmado, de esos que se la saben todas, quiere dejar claras las condiciones que exige el FMI: El dólar está muy atrasado, un nuevo blanqueo pero uno serio dice, uno donde no se filtre que blanquea la familia presidencial, y consideran necesario congelar las jubilaciones y aumentar la edad, pero saben que con la última reforma previsional no hay capital político para llevarlo adelante y por este año la van a dejar pasar. Agregó que en la reunión dijeron textual que lo primero es llevar el dólar a 26, que sería el valor real de 2016, pero que nunca más hay que permitir el atraso, que no van a financiar a Argentina para que todos se la lleven en turismo al exterior, para que los pibes de quinto año prefieran Cancún en lugar de Bariloche, que eso no puede pasar más. De la fuga de dólares no habla. Es la misma semana en que el público aplaude a un premio Nobel de literatura devenido liberal. Dice que descubrió lo bien que resulta la libre competencia de mercado. No habla de los monopolios ni del mercado gobernando. A la noche voy a la rotisería del barrio que atienden Maxi y su mujer y los saludo y les pregunto si todo bien. Maxi deja de hacer lo que estaba haciendo junto al horno y se asoma transpirado para decirme qué querés que te diga. Lo dice serio y después sonríe buscando consuelo y en el silencio intento tender un lazo de complicidad y le digo que si quiere nos abrazamos y lloramos juntos, pero por suerte nos reímos los tres, es una risa breve que nos devuelve por ese instante una condición mínima de humanidad.

Le respondo un mensaje a un amigo que hace tiempo que no veo, le cuento que mis hijos están creciendo, que son mi refugio, que estamos jugando mucho y que sería bueno que pudiera ver lo bien que nos salen los collages de playas con polenta, brillantina, trapos viejos, algodón y plasticola.

Y entonces recibo memes donde explican y resuelven en una imagen y una palabra el problema de los argentinos. ¿Qué pensará el que recibe el meme y no puede llegar a fin de mes? Y el que dice que acá no labura nadie, ¿se cree el único laburante o piensa que como él hay algún otro que labura? Y me imagino un listado ordenado de ricos a pobres y no entiendo cómo los más ricos, acartonados, transeros, herederos, pueden en lo más íntimo de la noche seguir creyendo que la hicieron laburando, y que laburan más que los otros, los que no llegan. Y además desagradecidos de las condiciones que todo un pueblo les dio o del que se aprovecharon. Y dos memes traen tranquilidad porque resuelven o relajan los "problemas" del dólar, de la nafta, de los que salen a robar porque tienen hambre y de someternos otra vez a la angurria del FMI. Porque el problema parece ser el dólar, o la nafta, o el robo o las tarifas y no el hambre que planifican los que piden esos aumentos, la misma miseria planificada. Meme y a otra cosa. Y entonces me reconozco incapaz de hacer algo frente a esto, lo que me pone todavía peor y me siento despreciable por escribir lo que siento, y más despreciable por compartirlo en Facebook sabiendo que voy a recibir consuelos de "me gusta". No soy digno de consuelo, como es despreciable buscarle un título a un texto que no debería existir. Inconsolable me aferro casi como alguien que está a punto de ahogarse a esa máxima de que se gasta muchísima más energía en refutar una estupidez que en decirla, pero como con eso no me alcanza hay momentos del día en los que no doy más y siento como si todo estuviera a punto de hundirse para siempre.

 

[email protected]

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ