Cuando seas grande
Angustia existencial, melancolía, antiheroísmo sin patetismos. Estas son las marcas de Tierra ganada al río, de Fernando Bogado, novela donde agua y tierra pugnan por habitar la iniciación a la vida de un hombre ya iniciado en la derrota.
Imagen: Caos producciones

“Algo en Casciali venía creciendo. No en la superficie. No en la piel gastada. Algo de adentro. Oscuro. Venía creciendo desde que era chico, pero es difícil determinar si hubo o no un hecho a partir del cual se pudiese establecer el nacimiento de eso. Es que crecía”. La originalidad nace de la angustia, diría Kierkegaard. Y es justamente a partir de lo inefable que surge Tierra ganada al río, del poeta y periodista Fernando Bogado, allí donde la angustia existencial –en el sentido que Camus le da al término– busca hacerse un lugar en el silencio, o tal vez la incapacidad, ¿por qué no? 

Hay cierta clase de hombres que son incapaces de vivir según los cánones establecidos, o en eso que se llama realidad, y no por inadaptados sociales, sino porque desde muy temprano se les reveló el absurdo, primero en el seno familiar (aquello de los hermano sean unidos es la ley primera no siempre se cumple), después en el colegio con un sistema que sólo incorpora a los más aptos o voraces, competitivos, y serán incapaces de cuestionar nada más allá de un antagonismo producto de obligaciones y derechos. El dinero es energía, dicen. Solo que lo que Casciali quiere de la vida no puede comprarse. Un día llegan a descubrir, ya en la adolescencia, que también esa rebeldía que se nutría de la edad y se ligaba a ciertas modas o gustos musicales no era otra cosa que un discurso de adultos para rebelarse frente a otros discursos de adultos que asumen el lugar de autoridad (padres, policías, profesores) da lo mismo. De todas maneras eso no le impide a Casciali ser nostálgico de su edad dorada, como buen poeta  y lector de Proust, no sabe dónde está ubicado el dolor ni por qué o cómo se regresa al pasado. Ahora habría que suponer para el joven Alejandro Casciali uno de esos absurdos test vocacionales que dieran como resultado: nada. Luego prohibir para siempre a partir de ese ejemplo la más mínima posibilidad de preguntarle a un chico qué va a ser cuando sea grande. De modo de no volver a confundir jamás el ser con el hacer. Simplemente estar en el mundo; porque al fin de cuentas ese era el ideal de los antiguos cuando se referían al hombre como un animal racional, es decir que tiene una razón de ser: el conocimiento. Y en Alejandro Casciali, sin duda a lo largo de toda la novela, el saber de sí mismo, aquel por el cual se paga un precio muy alto. “¿Cuándo fue? Muy probablemente antes de la crisis de 2001. Tenía en claro que la motivación fue previa a ese corte obligado de la realidad, y que el año que vivió, más que nada de sus escasos ahorros, le hicieron ver que la vida valía la pena y que había que retomar los sueños personales y concretarlos.

“¿Querés ser escritor? Bueno, andá a escribir. ¿Querés conocer otros lugares del mundo? Bueno, armate las valijas y salí”, recordó que se dijo. Así habían aparecido esas decisiones que ahora se convertían, como los escombros, en la base de una nueva vida. La piedra inicial de un nuevo proyecto. Brasil y él. Dos cosas por venir”. 

Escrita con una destreza técnica admirable, Fernando Bogado mezcla en Tierra ganada al río distintos planos narrativos temporales pero no como meros artificios para dar cierta agilidad en la trama sino para construir distintas facetas del personaje que ya en las primeras líneas se nos revela como alguien que quiere reinventarse luego de un terrible accidente que lo dejó manco. “En esto de tratar de renacer como escritor, poco tenía de Cervantes, Alejandro Casciali. “El manco de Lepanto”, pensó. Al Casciali mayor apenas le faltaba una mano”, dirá ese narrador en tercera persona que por momentos es cercano y en otros distante, indulgente y crítico, no exento de ironía, humor y cierta cuota de sarcasmo que jamás cae en el arquetipo de antihéroe ni mucho menos en el de un fracasado grotesco al que todo le sale mal. Se ha dicho de Arlt que fue un hombre que quiso ser feliz y tuvo que conformarse con ser un genio. Bueno, Alejandro Casciali no es un genio pero hay una verdad en su interior que no termina nunca de revelarse y es justamente una de los aciertos más sensibles de Bogado para lograr que el lector no pueda dejar  en ningún momento a este hombre que quiere ser feliz y piensa que va a lograrlo si lo deja todo atrás, primero el mandato familiar de continuar al frente de una empresa textil donde su hermano Gustavo parece ser el único elegido, y luego esa vida monótona y vacía de sentido con amores no correspondidos o frustrados, convivencias imposibles como pequeños infiernos rutinarios. 

Previo al Brasil de Belo Horizonte, hay un viaje a Necochea y una empresa que lo contrata para un enigmático trabajo como notario a bordo de una embarcación llamada Sansón que se dedica a desmantelar barcos encallados; estos son los puntos de inflexión  existencial para la vida de Casciali, una misión o un trabajo, tal vez el primer trabajo real de su vida, tendrán la consecuencia prevista para que salgan, como desde el fondo del mar, aquellas verdades donde las palabras no llegan. Al fin y al cabo es cierto: todo lo que le sucede a un hombre se le parece. Fernando Bogado ha escrito un libro sugerente, en varios tramos fascinante. Si desde hace años se reveló como gran poeta ahora puede hablarse de un excelente narrador.


Tierra ganada al río
Fernando Bogado
Letras del Sur
181 páginas.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ