Poema acordeón
VISTO Y LEIDO I En el nuevo libro de la escritora santafesina, los poemas se liberan de gravedad y avanzan hacia las orillas del humor y la experimentación.

En el cuarto libro de Gilda Di Crosta (Capitán Bermúdez, 1967), la escritura poética se vuelve camaleónica, escurridiza e irónicamente experimental. Con recursos que incluyen cortes de palabras inesperados (“¡ex-aspera!”), interjecciones y onomatopeyas, asomos gráficos y curiosas definiciones (“La dolencia:/ una figura/ que no/ que fue”), Amarino trastoca la gravedad por la gracia. Con los acentos litoraleños que ya resonaban en el hermoso Casi boyitas (su trabajo anterior, hecho en colaboración con su pareja, el artista Daniel García), el nuevo libro de Di Crosta se asemeja a un desplegable que opera en dos dimensiones: la escrupulosidad de imágenes o recuerdos y el disparate verbal. En sus poemas, las palabras se babean, se hacen las raras, van ligeritas de ropa o despliegan plumas como si fueran pavos reales. Así es como el poema se ríe del poema.

“Parecen distintos de los que venía escribiendo, pero creo que así registran cierto momento de carácter provisorio. Es un modo en el que quisiera seguir trabajando, una escritura que parece que surge más relajada, aunque personalmente pasaba por un momento muy crítico”, cuenta la autora. Recuperada de ese momento difícil, queda para lxs lectorxs la exploración de “Notas mínimas”, la sección con que se abre el libro. A la manera de personajes de fábulas zaparrastrosas, los protagonizan un padre desmemoriado y una hija médium. “La planicie del papel” reúne los textos más recientes de Di Crosta, experimentos breves en torno a la “impudicia del lenguaje”. Excepto el teatral “Yo y mi pensamiento” (donde uno y otro no se ponen nunca de acuerdo), los demás poemas no avanzan más allá de los quince versos, como si temieran dejarse envolver en aires de sentencia o clausura. “Me cuesta ser larguera”, confiesa la autora. Muchos de los textos de Amarino podrían integrar una antología de la cofradía mesopotámica del buen humor, a la que pertenecerían (si tal clan existiera) poetas como Francisco Gandolfo, Fernando Callero, Analía Giordanino y Diego Vdovichenko.

Di Crosta cuenta que, a diferencia de sus tres libros anteriores, Amarino no fue pensado como una unidad. “Pero para mí dice bastante de las modulaciones que se van produciendo con la materia, con lo que se quiere decir, con los momentos en que lo quiero decir; son como búsquedas, tanteos, ensayos del modo de ir pensando el poema”, arriesga. La parte final del libro se titula “Reversados” y agrupa versiones de poemas escritos entre 2007 y 2008. “Los tenía abandonados porque los noté demasiado emparentados con mi primer libro, incluso más encriptados, y eso me aburría”, comenta. Con las reversiones, que se asemejan más a un eufórico acto de vandalismo textual, se interviene en la materia gráfica del poema y en las palabras, víctimas propiciatorias de Amarino. En esa sección, abundan los guiones, que actúan como rasgaduras o estrías en la página e intentan señalar desplazamientos, vacilaciones o ausencias: “contra los espesores/ contra los surcos/ -------llanura”. Se presiente, incluso, una poética. “Salvando las distancias, se parecen a los tajos de los cuadros de Lucio Fontana”, agrega la autora. 

“Este resentimiento/ es un tole-tole/ con bisturí”, entona una voz puglieseana en uno de los poemas finales, que concluye con un “aHHHHHHHullido”. ¿Alcanzará con el desasosiego para enfrentar las amenazas de “insustancia de una poesía/ harto/ domesticada” por el protocolo literario? En Amarino, título-neologismo que se hace pasar por un adjetivo en la tentativa de negar el mar, Di Crosta cede el paso a los fantasmas que pisan la orilla de la página en blanco. De ese modo caprichoso pero no liviano, casi aforístico, se empieza a construir un procedimiento: “la palabra es radiada/ y otra vez dicha”.