Celeste Saulo dirige el Servicio Meteorológico Nacional y es vicepresidenta de la Organización Meteorológica Mundial
El desafío cotidiano de domar la incertidumbre
Expertos que “nunca la pegan”, “un tiempo que está loco” y otros discursos que envuelven un tema crucial en la planificación diaria. Para Saulo, la población debe comprender la dificultad de pronosticar y el margen de error asociado.
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Celeste Saulo 
Imagen: Jorge Larrosa

En las últimas décadas aumentó la preocupación de los ciudadanos por conocer los datos del tiempo y las características del clima, lo que les dio a meteorólogos y pronosticadosres un lugar preponderante en los medios de comunicación. Pero el Servicio Meteorológico Nacional es anterior a este interés, existe desde hace 145 años. Fue creado durante la presidencia de Sarmiento, en 1872, con el nombre de Oficina Meteorológica Argentina y en 1945 se lo cambiaron por el actual. En 1966 fue intervenido –como tantas otras instituciones– por Juan Carlos Onganía y su conducción recayó en la Fuerza Aérea. Aunque el retorno a la democracia –afortunadamente– llegó más rápido, recién en 2007 el SMN salió de la órbita militar y se convirtió en un organismo civil. 

En un escenario nacional históricamente signado por la inequidad de género respecto del acceso a cargos de jerarquía, en 2014 Celeste Saulo se convirtió en la primera mujer en ocupar la dirección. Además, como si fuera poco, esta doctora en Ciencias Meteorológicas, docente de la UBA e investigadora del Conicet, fue electa vicepresidenta de la Organización Meteorológica Mundial. En esta oportunidad, explica por qué es necesario que la población aprenda a convivir con cierto grado de incertidumbre, a comprender los datos probabilísticos y refuerce la confianza en los pronósticos para planificar cada día.   

–¿La preocupación social por conocer el pronóstico es actual o siempre existió?

–Sin dudas, se podría hacer un análisis hacia atrás y observar que en los últimos diez años se ha incrementado el interés de las personas por asuntos como el clima, el tiempo, los fenómenos severos y el cambio climático. Se trata de conceptos que están en la agenda de todos nosotros –que, por ejemplo, buscamos cuidar su auto frente a caídas de granizo–, de los productores de bienes y servicios –que necesitan saber cómo y cuándo sembrar– y de los tomadores de decisiones –por los impactos económicos que acarrean sus efectos–. También es cierto que la tecnología nos pone en contacto con información meteorológica al instante y ello crea una necesidad frente a productos que están disponibles y antes no lo estaban. 

–La información está disponible y es consultada. Sin embargo, ¿considera que la gente se prepara ante los anuncios de los expertos? 

–Más o menos. Considero que estamos en un proceso de trabajo en el que necesitamos rever todo; desde el saber experto que suministran los meteorólogos hasta la calidad de los mensajes comunicados desde los medios por los individuos que desempeñan esa función. Es fundamental que las personas reciban la información y tomen las precauciones en cada caso. No obstante, el principal problema es que la falsa alarma genera la pérdida de confianza de los ciudadanos. Me refiero a los casos en que el pronóstico no se cumple, o bien, cuando las personas construyen una percepción negativa, simplemente porque el evento no ocurrió sobre sus cabezas.  

–Ahí se escucha el clásico “Estos nunca la pegan con el pronóstico”...

–Exacto. Del mismo modo sucede en el sentido inverso, cuando se quejan con el otro clásico: “Justo hoy la pegaron”. Por todo, me parece fundamental que la ciudadanía evalúe riesgos y costos, es decir, que si alguien sale a la ruta cuando hay una advertencia de lluvia intensa, esté al tanto de que podría poner en peligro su vida y la de sus acompañantes. 

–Los datos del tiempo se construyen a partir de probabilidades. ¿El público sabe interpretarlas? 

–Se trata de un enorme desafío. Necesitamos que los avances científicos sean comprendidos y apropiados por la sociedad. Un pronóstico acertado, pero que no le sirve a nadie no tiene valor. 

–En este sentido, ¿qué posibilidades existen de que un pronóstico sea perfecto? ¿Cómo se elaboran?

–El “estado actual” del tiempo se calcula a partir de la información suministrada por el conjunto de servicios meteorológicos del mundo. Cada institución comparte sus datos y, como resultado, se confecciona un análisis global respecto a cuál es el estado de la atmósfera en un momento específico. A partir de eso, se configura el pronóstico a una hora, un día o lo que fuere. Como la atmósfera es un sistema físico que responde a leyes físicas, los especialistas aplican los principios de la disciplina partiendo de los datos que toman del estado actual. De hecho, el pronóstico nunca es perfecto porque el sistema es caótico, de manera que una mínima falla en el modelo puede conducir a pequeños errores que se acumulan, ya sea en la resolución de las ecuaciones aplicadas (que no tienen soluciones analíticas perfectas) o bien en los procesos atmosféricos que todavía desconocemos y no pudimos identificar.

–Lo que cuesta, tal vez, es acostumbrarse a convivir con un margen de error.

–Tal cual. Debemos trabajar con la idea de que el pronóstico tiene una incertidumbre asociada y las personas deben ser capaces de utilizarla a su favor. Si durante mayo, en Buenos Aires, la probabilidad habitual de lluvias es del orden del 20 por ciento, que nosotros anunciemos en un día puntual que la probabilidad aumentará a 80 por ciento debería constituir un dato muy valioso para el público. 

–¿Con cuánta anticipación es posible calcularlo? Hay aplicaciones que pronostican a diez o quince días. ¿Son confiables?

–Los mismos modelos que se emplean para calcular el pronóstico a uno o dos días, se utilizan para diez o quince. El asunto está en el modo en que la ciudadanía aprovecha esta información, porque a medida que el lapso es más extenso, los cálculos pierden precisión. Un pronóstico a dos semanas leído de modo determinista no tiene ningún sentido, por eso, nosotros establecemos un rango que nunca supera los siete días. Esto no cambia nuestra posibilidad de afirmar que hay situaciones atmosféricas más predecibles que otras. 

–¿Cómo cuáles?

–Por ejemplo, frente a una situación anticiclónica –que es estable, de gran escala, con poca variabilidad y que se mueve lentamente– es posible construir pronósticos muy confiables. Sin embargo, hay días en que las lluvias se vuelven difíciles de anticipar porque la incertidumbre en la atmósfera es alta y la inestabilidad del sistema se incrementa. 

–¿Usted suscribiría la frase “El tiempo está loco”?

–Los que estudian el cambio climático y las estadísticas de largo plazo documentaron una mayor frecuencia de eventos extremos (olas de calor, fuertes tormentas, nevadas), situación que invita a pensar a los ciudadanos que, efectivamente, el tiempo no se rige por lógicas de carácter fijo o estable. Por otra parte, los procesos de urbanización en Argentina son impresionantes y, según puede comprobarse, no se hicieron las obras necesarias para tener tal cantidad de gente acumulada en dos o tres urbes gigantescas. De este modo, una lluvia potente que hace cincuenta años generaba problemas, hoy causa inundaciones dramáticas porque los sistemas de desagüe e infraestructura no están preparados. 

–Es decir que, como conclusión, faltan políticas públicas vinculadas con una mejor gestión de riesgos de desastres.

–Se trata de evaluar las amenazas (riesgos de la naturaleza), en relación con la exposición (no es lo mismo que suceda en áreas con gran densidad demográfica o en zonas inhabitadas) y la vulnerabilidad (el nivel de preparación de la sociedad, infraestructura y otros recursos). En Estados Unidos los huracanes no producen grandes desastres porque los pronósticos son ajustados, pero sobre todo porque el gobierno ejecuta políticas para prever conflictos a gran escala. Luego, cuando vemos que esos mismos fenómenos destruyen por completo a las naciones caribeñas y dejan como saldo un rosario de muertes, logramos comprender cuán necesario es que los datos de los expertos se acompañen de acciones concretas por parte de los tomadores de decisiones.  

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