#EngancheMundial
El Mundial de las Mujeres

Enganche en Rusia

Desde Moscú

Ese pañuelo verde viene atado en una mochila desde fines de mayo, desde que Buenos Aires quedó atrás para dar abrazo a las Europas. Ese pañuelo pasó por la ciudad deportiva Joan Gamper, el predio en el que se entrena el Barcelona, y se paseó por el lobby del hotel Sofía, donde Leo Messi durmió antes de partir hacia Moscú. Con ese pedacito de tela encima se conversó con jugadores de elite, se tomó mate con algunos de los cronistas más astutos de la comarca, se caminó junto a quienes deciden qué tipos juegan e, incluso, se escuchó a Claudio Tapia accionar por “la paz mundial”. Ese nudito se subió a tres aviones y llegó a Rusia. Viajó en el tren Aeroexpress del aeropuerto de Sheremetyevo a la estación de Bielorrusky y de allí a las interminables escaleras del metro más famoso del mundo. Ahora, justo en este momento, ese pequeño pañuelo verde está atado en una mochila en el medio de la platea del estadio de Luzhniki, desde donde, aunque está cantando Robbie Williams y esperamos casi cuatro años por este Mundial, sólo nos importa ese pedazo de tela que a 13.500 kilómetros de casa nos hace sentir más cerca de los corazones de los que queremos y, claro, más cerca de un futuro un poco menos injusto.

Todo arranca un rato antes. Es miércoles en Moscú, las horas empiezan a pasar y todo lo que se lee, se lee en Twitter. Se sigue de lejos a Luciana Peker, a Noelia Barral Grigera, a Gabriela Pepe y a Gabriel Sued, entre otra pila de colegas a los que ninguno de los presentes conoce personalmente, pero a los que sin dudas habría que tener en cualquier equipo. Luego de la recorrida por el centro de Moscú y tras la foto de rigor en el teatro Bolshoi, alguien dice que la cosa está empatada y que puede definir el voto de Emilio Monzó. “Hay indecisos”, suelta uno. “¡¿Cómo carajo puede haber indecisos en un tema así?!”, se responde. Del otro lado del teléfono hay parientes, madres, amigas, novias y hermanas de noche y con frío en la calle. En la capital del país más grande del mundo, apenas anochece de 11 de la noche a 2 y media de la mañana. Allá, en Buenos Aires, se viene el día en tu corazón.

En Rusia, la última noticia rioplatense que reflejaron los televisores de la habitación fue una aparición de Natalia Oreiro en la pantalla rusa que desató un escándalo. La actriz uruguaya fue a una entrevista con una remera con la bandera del arcoíris, símbolo del orgullo gay y lésbico, justo en un país en el que desde 2013 se mantiene una ley "contra propaganda gay" que restringe severamente las expresiones públicas de esa comunidad. Esa osadía, claro, es motivo para sacar pecho en el medio de las moles gigantes que van poblando la fachada de la metrópoli. Sin embargo, en el final de la noche previa a la votación de Congreso, encontrar en los medios una referencia a la Argentina que no tenga que ver con Messi es algo imposible.

“La clave son los ausentes”, cuentan por ahí. Mientras se desgraba a toda velocidad la entrevista que poblará la tapa de Enganche del sábado, el pesimismo pasa como una pequeña sombra por la habitación. Como cuando el rival se viene y tira pelotazos al área, mejor aguantar y esperar a que la cosa cambie. Todavía no se durmió, pero en la ciudad de las desmesuras hace rato que es de día. Por eso y por el frío, todas las ventanas de estas interminables construcciones son pequeñas y apenas dejan entrar la luz. Cemento. Todo cemento.

Una siesta de cuatro horas después, toca salir rápido a buscar las entradas de unos amigos y, de allí, a apostarse temprano en el estadio de Luzhniki, para la inauguración del Mundial. El pañuelo verde sigue en el mismo lugar incluso cuando todos se empiezan a preguntar qué pasó con los diputados de La Pampa, que ahora van a votar a favor. El tuit de Sergio Ziliotto resuena en la bajada de la estación de subte de Smolenskaya: “Junto a Melina Delú y Ariel Rauschenberger, los 3 diputados nacionales peronistas por La Pampa votaremos a FAVOR de la despenalización del aborto”. Un imposible está a punto de desaparecer.

Hay que filmar el color del comienzo del Mundial en la puerta del estadio. Llegan los saudíes, que vienen en grupos, con muchas banderas y a los gritos. Los rusos aparecen en pareja o en familia y van directo al puesto donde se vende cerveza. Mientras los hinchas gritan frente a los lentes de los celulares, los enviados van espiando de reojo los discursos de Agustín Rossi y Silvia Lospennato. Se vota por las hijas de todos y porque estamos en el siglo de los derechos de las mujeres. Esa bien podría ser la frase que ambos pronunciaron por separado, pero en conjunto.

El final de la historia es inminente, pero es difícil actualizar las redes entre el mar de gente. De golpe, uno de los muchachos se pierde entre la multitud. La ola de arlequines se lleva puestos a todos y por instantes saca a los cronistas de la abstracción. Al cabo, todos esos tipos también viven un día feliz, pero con otro tipo de felicidades, claro está. Se cierra un vivo de Instagram, se toman un par de fotos para las redes personales y, de golpe, se grita el gol: “¡Salió! ¡Salió, carajo!”. Javier aparece dando pasos largos entre la multitud y sonríe. En su mochila, ese pañuelito sigue intacto pero brilla más. En el teléfono, un mensaje a voz quebrada de una de las que enseñan a vivir hace que una pequeña gotita rompa el disimulo de las gafas de sol.

Termina el partido que esperamos cuatro años. Por esto modificamos el rumbo de nuestras carreras profesionales, planificamos de manera descontrolada, aplazamos cosas, sufrimos, peleamos y disfrutamos: todo por llegar. Por eso, mientras Rusia le hace no se cuántos goles a Arabia Saudita, el mismo pañuelito de todo el viaje sigue ahí, firme en la mochila, cargado de realidad, como un disparo al corazón de un movimiento imparable del que sólo nos toca aprender. Nosotros, como siempre, lo miramos sin decir nada, porque no tenemos ni puta idea de quién va a ganar este Mundial y, aunque esperamos que sea Messi, podemos estar seguros que hay otra Copa, una más importante, una que nos emociona y que, de una maldita vez, no nos tiene como protagonistas. Por eso, aunque estamos acá, nuestros ojos están allá, con esas guerreras que no durmieron y que acaban de ganar otro partido épico sobre el cierre. Rusia puede esperar, hoy es el día del Mundial de las Mujeres.