Retrato de Alfonso en su corcel
Imagen: Sandra Cartasso

Nunca hubo corona sobre este cráneo. Nací con el don de la prudencia. Mamá era una reina perezosa. Se levantaba tarde, la bañaban entre tres. A papá, la panza le pesaba más que sus obligaciones. Dirigir el destino de su pueblo le daba hambre. 

Ser el segundo me dejó sin tarea. Alfonso, el primogénito, había llegado un año antes que yo. Todo le pertenecía. Las sobras del reino serían para mí. Pero en estas costas no hay demasiados recursos. Lluvia, viento y salinidad exagerada. Las joyas de los barcos fueron vendidas mucho antes de nuestros nacimientos. El abuelo devoró crudo al último pirata que se aventuró hasta acá y desde el siglo pasado que no hay sorpresas. Por eso a papá lo casaron con la ociosa del reino más cercano. Mi madre.

La cuna de Alfonso me correspondió en herencia. Entonces, los primeros olores fueron suyos. Leche agria que impregnaba los encajes, las sabanitas. Sus vómitos pasados arrullaban mis sueños. Las tetas de Angustias, la nodriza, ya habían sido succionadas. Sin embargo, yo encontraba cierto gustillo novedoso en aquellas mamas fecundas. La leche nunca es la misma leche, diría Heráclito.

No supe ser salvaje. Mi secretario de motricidad fue contratado para ayudar en mi aprendizaje, pero pasaban los meses y yo me negaba a comer con la mano. Los manjares eran semi masticados por el secretario para evitar mi inanición. Mientras deglutía una pierna de cordero que sabía a boca ajena, contemplaba a Alfonso practicar sobre su pony de madera. Se balanceaba con furia, clavando los talones sobre aquel cuerpo áspero. 

A los tres años, lo subieron a uno de verdad y a mí tocó el falso. Mis cabalgatas eran lentas, mezquinas. Me encandilaba frente al paisaje seco del tapiz del salón de juegos, oscilaba fuera del tiempo. Entretenido por el chirrido ambiguo de un caballo enano que no sabía avanzar.

El heredero -mientras tanto- emergía y se ocultaba lejos de los ventanales, apurado en su carrera al aire libre. Corría hasta la última fuente de la pradera artificial que había diseñado un francés para nosotros. Iba y venía envuelto en pieles, transpirado, húmedo. Como su caballito defecaba sobre las rosas de mamá, cada vez eran más grandes, primitivas.

Desde muy temprano entendí la matemática, el latín y otras ciencias inútiles. Alfonso era lerdo hasta en las sumas simples, pero qué equilibrio. Dominaba su cuerpo con tal soltura que a los cinco ya practicaba tiro al pato, arco y lanzamiento de martillo con la facilidad de quien se ata los cordones con una mano. Pronto le correspondió un caballo árabe casi tan alto como papá. Mientras yo leía a Plotino y sus realidades derivadas, Alfonso se aventuraba hasta los límites más oscuros del reino. Volvía cada vez más indomable.

Una mañana de invierno en que las fuentes amanecieron heladas, Alfonso pidió a gritos su caballo, a pesar de las alertas. Mamá tomaba un baño en la torre norte y papá había salido con la excusa de alguna guerra. Nadie pudo detener a mi hermano. 

El cielo estaba oculto tras nubes oscuras, idénticas, cuando subió a la cabalgadura. Un rayo laceró el cielo. Alfonso tiró con tanta fuerza de las crines, que su caballo se encabritó. Desbocados ambos, atravesaron los vidrios del jardín de invierno y terminaron sobre la colección de cactus americanos de mamá. La imagen me impactó por su belleza, no podía abandonar la contemplación.

Al equino lo sacrificaron enseguida pero el embalsamador del reino lo dejó impecable. En su nueva faceta de caballo eterno me fue donado. Me asustaban un poco sus ojos duros como almendras sin pelar, los músculos tensos. El gesto pasivo de la muerte. Pero tenía pelo. Y olía salvajemente.

Aunque Alfonso respiraba, no pudo mover las piernas. Vinieron médicos de otras latitudes a sanar sus heridas. Los miembros inferiores le fueron entablillados y embadurnados con yeso. 

Mientras tanto, yo estudiaba qué hacer con su caballo. Una tarde logré subir a la montura plateada con la ayuda de tres lacayos y una escalera. Ya no quise bajarme. Tomaba allí el almuerzo, mis lecciones de latín. Algo de su sangre fiera resistía bajo el formol inyectado. 

Lo hice ubicar en mi dormitorio, apuntando hacia el precipicio del lado sur. El animal y yo éramos una parábola del ocaso como principio místico.

Cuando por fin retiraron el yeso, las piernas de Alfonso eran dos palitos sin energía, flojas y desnutridas. El torso había crecido desproporcionado. Ya no era capaz de caminar sin ayuda. Bañaron en oro una silla, le pusieron ruedas y ahí lo sentaron, hasta el final de la adolescencia. 

Su natural arrojo fue sustituido por el malhumor típico de los lisiados. Pedía ser reubicado en distintos salones porque se aburría. Atrás iba un lacayo borrando las huellas de grasa. Los suelos de palacio estaban repletos de marcas, cambios de dirección. Como la silla lo incitaba a las zonas bajas, su carácter se tiñó de rarezas. El servicio lo esquivaba en cuanto se quedaba dormido. Pedía ver coitos ajenos e incitaba a las criadas a que le mostraran los pezones. Fueron años de tortura. Mamá simuló sordera. Papá decidió embarcarse en busca de esclavos africanos, sólo para mantenerse lejos. Yo resolví aplicar mi mente en dirección contraria a los sentidos. Leía hasta que no había velas.

Una noche, sorprendí a Alfonso llorando. Se negaba a volver a la silla mientras torturaba a su valet con un rebenque. Decidí ocuparme de él. No fue ternura sino egoísmo. Sus lamentos entorpecían mi lectura. 

Le diseñé un corsé fijo con dos patas laterales para que se mantuviera en posición erguida. No es bueno que un príncipe se tuerza. De lejos, hasta parecía elegante. Pero el andador era aparatoso y las burlas no tardaron en inundar el reino. Incluso mamá se rió de él un día en que decidió mirarnos. Estaba muy desmejorada. Había envejecido tanto que no recordaba nuestros nombres.

Llegó el verano. La noche más corta coincidiría con el cumpleaños número dieciocho de mi hermano. Papá regresó a salvo de sus tropelías, con cientos de esclavos. Al ver a Alfonso de pie, decidió que era hora de festejarlo. 

Se elaboraron listas de invitados con lo más fétido de la realeza internacional por orden alfabético: marqueses pútridos, condesas descalabradas, archiduques de conducta retorcida, en suma, seres disfuncionales con escudo heráldico. Y, por supuesto, Margarite. La princesa que, desde la cuna, le pertenecía a Alfonso. 

Mi padre decidió que lo mejor sería embutirlo en una armadura con movilidad propia, antes que pasar apuro frente a tanto imperio. Por eso contrató a un ortopedista checo de gran popularidad, el ingeniero óseo Leopoldo Topoèek. 

Llegó de madrugada, tres meses antes del natalicio de mi hermano. Su coche era manejado por un caballo de chapa negra, de silueta finísima. Los cascos eran mínimas ruedas de giro infame. A pesar de la hora, entendí que su llegada era un umbral hacia el futuro. Atrás quedaba el mundo de la materia primitiva. 

Una mezcla de pavor y de euforia se apoderó de nosotros. Los criados no sabían cómo alimentar a aquel caballo sin boca, pero fueron instruidos. Topoèek solicitó aceite de maíz y silencio. Escuchó los requerimientos de papá, hizo un gesto con los labios y se abocó a su tarea. Se instaló en las caballerizas abandonadas. Desde la aparatosa caída del sucesor al trono, papá había prohibido los equinos en todo el territorio. 

Topoèek permaneció encerrado en los establos. Sin señales de él por varios días, las bandejas rebosantes de alimentos eran devueltas limpias, lo que nos daba la certeza de que continuaba existiendo.

La fecha del cumpleaños de Alfonso se aproximaba. Los nervios conducían a papá hasta las caballerizas varias veces al día, pero el checo no le franqueaba el paso. Cuando su cabeza estaba a punto de perderse a instancias del verdugo del reino, Topoèek hizo llamar a mi hermano.  Nadie más tuvo acceso.

Mientras tanto, los esclavos construían un salón de baile nuevo. Los espejos, querubines, mármoles y candelabros venían desde lejanas fortalezas saqueadas por papá.

Por fin, llegó la noche. Esta. Si me ubiqué detrás de los cortinados, no fue por timidez. Tenía un mal presentimiento. 

Cuando el reloj canturreó ocho veces, los músicos detuvieron la ejecución de un vals para acrecentar el silencio. Dos criados negros abrieron las puertas y arrastraron una armadura hasta el centro. A modo de brevísimo striptease, retiraron el yelmo y las manoplas. Ahí estaba Alfonso. En lugar de escarpes o espuelas, los pies parecían cascos que no tocaban el suelo. Los invitados giraron atónitos sus pupilas, varias bocas se abrieron. Hubo excitación, aplausos. Estaba erecto sin ayuda, sus piernas, dos postes de acero.

La armadura fulguraba cuando Alfonso tomó de la mano a la princesa Margarite y la atrajo hacia sí, con decisión bien actuada. La orquesta desplegó sus violines, los criados negros salieron hacia sus pocilgas y Topoèek apretó un botón.

Los novios comenzaron a girar. Parecían dos seres a cuerda, una pareja sobre una caja musical. Era hermoso verlos. Las rotaciones cada vez más cerradas. Sus figuras perfectas. Más rápido, gritaron los cortesanos a coro.

La aceleración convirtió la trenza de ella en un látigo. De pronto, iban más rápido que los relojes y sus segunderos, que las aspas de un molino agitadas por el céfiro. Sus cuerpos se fundían con tal velocidad que no había forma de entender quién era la princesa, quién el caballero. Los músicos pasaron de las semicorcheas a las fusas y de ahí, al desconcierto. Tiraron los arcos al suelo, presas de un vértigo contagioso. Las damas estaban descompuestas. 

Papá, colérico, batió palmas, pero Alfonso no podía detenerse. El futuro conspira contra la monarquía, gritó. Su voz daba miedo. Topoèek comenzó a manipular los botones con desesperación. No le respondían. Amargado, los estrelló contra el suelo. 

Por fin, los giros se hicieron más lentos. Los cuerpos recuperaron definición. Y la vimos. La princesa había perdido la conciencia. Colgaba del brazo de mi hermano como un ramillete de rosas vencidas. Baba roja manchaba el brocatto marfil de aquel despojo. Fue su guardia quien terminó de desarmar, a la fuerza, aquel círculo perverso. Alfonso estaba pálido y cayó al suelo, los ojos perdidos en sus cuencas. Fue despojado del espaldar, de las hombreras. Lo pelaron como a un crustáceo. Margarite fue trasladada a su carricoche. Los invitados se dispersaron hacia los jardines, en corrillos.

Entonces se supo. La princesa no respiraba. Enseguida se escucharon amenazas. Sus caballeros encolerizados saqueaban nuestro reino. A Margarite la vengaron con la misma velocidad con la que había muerto. Alfonso fue privado de su garganta hace escasos instantes. Mis padres crepitan junto al checo en una espantosa hoguera. Todo es humo y desesperación. No pude despedirme de nadie. Pero logré subir a mi alcoba. Trabar la puerta. 

La chusma negra entretiene su furia en la planta baja. Escribo entre gritos, con el hedor de mi propia carne vulnerada. Ya vienen. No hay tiempo para revisar mi prosa. Escondo estos papeles bajo la montura de plata. Cierro los ojos. Cabalgaré hasta el último acantilado de la realidad sobre su caballo muerto.