Desde Río de Janeiro

Cuando faltaban tres minutos para las nueve de la mañana de un viernes de sol, había pocos vehículos deslizando por la avenida Atlántica frente al mar de Copacabana, uno de los paisajes más hermosos y conocidos de Río de Janeiro. 

Bajo un suave sol de otoño y frente a un mar plácido una media docena de despistados disfrutaba de la arena blanca frente al número 2000 de esa avenida símbolo: las atenciones estaban todas concentradas al otro lado del mundo, en San Petersburgo.

A las nueve en punto empezó el partido decisivo entre el gigante Brasil, cinco veces campeón mundial, y la frágil y poco expresiva Costa Rica.  Bueno: eso de “Gigante” para uno y de “frágil y poco expresiva” para la otra es un decir. La verdad es que Brasil apareció en la cancha a eso de los 25 minutos del primer tiempo, para volver a desaparecer a los 32. Todo el resto ha sido pura exhibición de nervios, de falta de conjunto y, claro, del talento histriónico de un actor mediocre llamado Neymar, que mucho más que jugar al futbol jugaba a representar.

Hubo alteraciones en el equipo comandado por el entrenador Tite para el segundo tiempo. Y Brasil pareció volver a ser algo parecido a lo que era cuando su fútbol encantaba a medio mundo. Faltaba algo esencial: un gol. Cerrada en una defensa que pretendía armar jugadas de contraataque, Costa Rica no supo más que contener a los brasileños, que poco a poco fueron demostrando un creciente nerviosismo.

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Neymar se encamina para anotar el segundo gol de Brasil.

Además faltaba un atacante con capacidad de finalizar. Así, a lo largo de los larguísimos 45 minutos del segundo tiempo, lo que se vio ha sido un bando de desesperados buscando un gol que no aparecía nunca, siendo que uno de ellos seguía dando claras muestras de saber fingir más que actuar. He perdido la cuenta de las veces en que Neymar se tiró al suelo buscando convencer al juez de que había sufrido una falta. 

Como se trataba de fútbol y no de sobreactuación teatral, él recibió una tarjeta amarilla.

Finalmente, a los 46 minutos, o sea, en el primer minuto de la prorrogación, Philippe Coutinho, cuyo talento real encuentra poco espacio en un equipo sin conjunto, anotó un hermoso gol. Y a los 97, o sea, cuando la prorrogación anunciada para seis minutos avanzaba uno más, finalmente Neymar volvió a jugar y anotó el segundo.

En épocas normales habría sido un viernes de tensión extrema y euforia máxima con conmemoraciones callejeras, tan pronto hubiese terminado el partido.

Pero Brasil no vive, desde hace mucho, una situación normal. Hubo, desde luego, nervios a flor de piel y mucha irritación durante todo el partido. Pero nada de alegría desenfrenada con la victoria.

Es verdad que en el centro de San Pablo una inmensa pantalla armada en el Anhangabaú reunió a miles de espectadores. Nada, sin embargo, comparable a lo que se veía en mundiales anteriores.

Mucha más euforia se vio, aunque con muchísimo menos gente, es verdad, el pasado martes, cuando fue la victoria de Senegal frente a Polonia. Pero no había brasileños entre los que festejaban lindamente: eran puros refugiados senegaleses.

En Río, por las veredas de Copacabana, Ipanema y Leblon, la dorada zona sur de la ciudad, vendedores de camisetas, gorras, banderas y toda una inmensa variedad de objetos relacionados a la selección brasileña confirmaban, desanimados, su error de cálculo: había poquísimos interesados, y menos aún compradores.

En Tijuca, un barrio tradicional de clase media de la zona norte, en la avenida Conde do Bonfim, que siempre recibía multitudes para seguir los partidos en pantallas gigantes —el tránsito era desviado y la gente se adueñaba del espacio—, ni siquiera había pantalla; y de gente, ni hablar.

El desánimo que encubre al país y a su población no ha sido roto por la selección. Es que el único jugador que efectivamente brilla en este Mundial, un brasileño nacido hace 30 años en Sergipe, llamado Diego Costa, que logró anotar tres tremendos golazos en dos partidos, optó por nacionalizarse español y juega en el seleccionado de su país de adopción. Y es una sensación medio rara, para decirlo de alguna manera, admitir que el mejor atacante brasileño en el Mundial, al menos hasta ahora, integra un equipo extranjero. Que, a propósito, ha mostrado un fútbol mucho más hermoso y eficaz que el brasileño.