Historias de la Trova (XXV)
  • El pibe escribía poesía y se encontraba terminando la carrera de Letras. Era agradable y donador de frases escritas. Me dió un poema para que le pusiera acordes. Lo hice. Por la noche fui al concierto de un colega y me encontré con la misma poesía, pero musicalizada de otro modo. Al otro día, ocurrió lo mismo pero con otro grupo. Cuando crucé al escritorzuelo y le comenté el embuste, me respondió que la poesía es amplia y puede tener varias formas de ser interpretada. Yo le contesté simplemente que en mi barrio eso se llama engaño, chantada y falta de respeto. Se quedó mirándome: no entendió mi idea y concluyó con una frase: "No comprendo muy bien tu postura, pero creo que sos muy agresivo conmigo". Hoy trajina con soltura los pasillos burocráticos de cierta ciudad, en la sección Cultura.

     
  • Según el diccionario, encrucijada es el lugar donde se cruzan varios caminos o calles de distinta dirección. ¿Cómo llamar a lo que me sucediera allá por el '92 si no es una feliz desembocadura de dos ríos, un cruce de entidades mágicas, una redoblona de la suerte, una timba extraña, una casualidad regida por los hados de la música? Vine a Rosario para presentar un libro y le pedí a una amiga -de emergencia- una guitarra. Me extendió un papelito ‑que perdí‑ con la data.

    -‑Te estarán esperando, allí te van a dar una buena viola.

    Tomé un taxi y me dirigí a la dirección que creí recordar de memoria. Un jardín de infantes donde toco timbre. Me atiende una chica, quien al enterarse de mi propósito me trae un estuche con el instrumento

    -‑Pensé que venían mañana a buscarla

    -‑La preciso para esta noche, te la devuelvo mañana.

    -‑Sí, no hay apuro -la saludo y regreso. Cuando vuelvo a ver a mi amiga ella me interpela:

    -‑¡Te están esperando, dale movete!.

    Le comento que ya lo había hecho y le muestro la guitarra. Entonces llama a su contacto.

    -‑Me dicen que nadie retiró nada.

    -‑¿Fuiste a Jujuy 1430?

    Repaso mi viaje.

    -‑No, fui a Junín 1430.

    ¿Deducción? Dos direcciones parecidas, dos necesidades en paralelo, dos destinos que se juntan por azar. Al otro día, devuelvo la guitarra, pero nada le comento a la chica. Prefiero guardar el secreto como una ceremonia supersticiosa, sabedor de que el engranaje del universo me pedía que nada dijera, nada comentara y me guardara este precioso episodio astral como para afirmar que las encrucijadas no siempre se las encuentran en los caminos, en los libros, las leyendas, la poesía o en los filmes.

     
  • Se sabe, pero nadie dice nada. Los profesores de distintas carreras vinculadas a la danza o al teatro realizan prácticas supuestamente de crecimiento artístico con ejercicios en los que acosan cordialmente ‑perdón por el brutal oxímoron‑ a las chicas, que los padecen muchas de las veces sin percatarse de ello. Yo fui en mis comienzos testigo de estos embozados ataques. Pero no me di cuenta.

    Lo hacen con oficio en el modo de rozar al otro cuerpo, de alterar la distancia, de avanzar en pos de una idea "para crecer". Son imbéciles cobardes que aún no han tenido en sus caras la fuerza de choque de una buena trompada. Pero en eso estamos algunos. Como suele decir un amigo músico sobre el tema:

    --No saben como levantarse a una mina, por eso acuden a esas cosas.

    Una noche que tocamos estaba en la sala uno de ellos y conté al público sobre estas prácticas. En medio de la canción siguiente, se levantó en la oscuridad de la sala y salió subrepticiamente, como las ratas. Ignoran que hay una piña esperándolos para tumbarlos que ya está viniendo y en cualquier momento explota y le hará saltar por los aires algunos de sus dientecitos de leche.

     
  • Eran los años recientes de la democracia y no existía el monotributo, ni la Afip ni nada. Se cobraba y a veces se recibía un papelito sin membrete acreditando la cifra y chau. Calculo que de este modo habrán comprado casitas, autos muchos de los deportistas del choreo cuando participaban de los eventos musicales. En uno de ellos, frente al Monumento a la Bandera, una vez terminado de tocar me llevaron hacia atrás, donde había estacionado un Taunus verde. Abrieron el baúl y de una valija inmensa extrajeron mi pitanza.

    -‑Lo tuyo es cinco mil ¿no? -dijo un tipo anónimo.

    -‑¿Y no me das ni un recibo?.

    Se miraron entre sí y se rieron.

    -‑Dale, agarrá la guita y andate -fue la respuesta. Hoy sé de algunas caras que no han conocido ni el frío, ni la desocupación, ni la incertidumbre luego de pasar por aquellas instancias de gula monetaria.

    -‑Es así Tano -me extendió un reconocido tránsfuga aquella vez‑ Hay que aprovechar la ola.

    Aquello me quedó, aquella frase espantosa se me fijó en la piel como una herida, como una llaga purulenta. Luego, cuando pude, expuse ante ellos sus oficios de ladrones pero ya era tarde; ni había pruebas, y sus caras ya eran de la consistencia del mármol y no acusaban ni el delito, ni la vergüenza, ni la culpa, ni la injuria.

     
  • Me tocó ir a recibir un Gardel. Llegué cansado, luego de manejar un auto tosedor que se detuvo tres veces consecutivas. No había hotel ni sitio para cambiarse, ni catering, ni nada. Por ende, detuve el coche en la semi penumbra de una calle adoquinada y ahí decidí cambiarme la atormentada ropa por otra un poco más presentable. Lo hice delante de un Super chino que tuvo la mala idea de encender las luces de su frente y un empleado al ver a un tipo dentro de un coche quitándose los pantalones y la camisa, sospechó de algo oscuro. Cuando pude estar listo y arrancar, justo en ese momento doblaba un auto de la policía seguramente advertido del sospechoso en que me había constituído. Llegué con el tiempo justo a la ceremonia para entrar al baño y hacer mis necesidades. Creo que un minuto antes de que me nombraran me encontraba agachado, moviendo el vientre a punto de recibir el premio. Estaba sonriente cuando llegué a mi asiento, y veinte segundos después me otorgaban el Gardel.

     
  • El reconocido tránsfuga de apellido checo que narro arriba como parte de una banda de ladrones, fue hallado en la noche posterior al evento borracho como una cuba en un bar donde solíamos encontrarnos. Cuando lo crucé lo interpelé acerca de esos recibos non sanctos y el chantaje que significa recibir el dinero por necesidad para comer, avalando con asco un acto de corrupción. Juro que lo siguiente me desarmó: se puso a lagrimear y agarrándose de mis solapas al oído me dijo en susurro: "Perdón, perdoname, Tano, perdoname".

    Me lo saqué de encima con delicadeza como uno se saca un muerto en batalla: ya estaba finado y sus ojos llorosos eran los de un cadáver ya podrido de robar y de llorar culpa.

    -‑A mí no me pidas perdón, pedíselas al pueblo -dije con estandarte zapatista colgándome del pecho. Pero ya iba siendo tarde. La noche estaba poblada de chicas, de alcohol y de olvido. Hoy es productor de un periodista de la Corporación, tanto o más repugnante que su pasado.

     
  • Ibamos con el Muerto Sainz a tocar a La Plata, cuando por avenida Lugones, yendo a 100 kilómetros por hora, vemos el símil de una mujer ‑un maniquí con peluca y pollera‑ que cae arrojado desde un auto. Los que venían detrás, por esquivarla, creyendo que era una mujer, casi se estrellan y solo uno la arrolló con el consiguiente gesto de horror de los automovilistas que pasaban a menor velocidad. El chiste horroroso ya estaba hecho. Cuando llegamos al lugar y nos instalamos para tocar vemos en la primera mesa a los pibes que habían hecho la joda; los reconocimos de inmediato. Entonces quien les habla narró la historia falsamente luctuosa que habíamos descubierto en la ruta sin acusarlos

    -‑Está lleno de boludos que se creen estar haciendo una perfomance y casi hacen un estrago de tránsito.

    Se quedaron callados y no aplaudieron más en todo el show. Fue una de las tantas maneras que tengo de perder público.

     
  • Fue en las afueras de un pub de Buenos Aires. Era un ambiente de gente de buen pasar, más propenso a las modas que a nuestras canciones. No obstante, hicimos nuestra perfomance apretando los dientes con volumen alto para acallar o no oír que mientras tocábamos la gente seguía hablando. A la salida se nos acercó un pibe muy pintón con la llave del auto en la mano:

    --Quería pedirles disculpas... por la gente que habló toda la noche -dijo e hizo un gesto circular con la mano abarcando a su universo del que se había desprendido un rato para saludarnos.

    -‑¿Cómo...? ¿Cómo se hace para hacer lo que ustedes hacen? -se abrió a nosotros sinceramente. Era la primera vez, según nos musitó, que escuchaba esa música y había quedado fascinado.

    -‑Nada, es lo que nos tocó hacer -le contesté amablemente y le extendí un  cigarrillo. Cerca de ahí se asomaron dos chicas que lo reclamaban en un tono de quisquillosa protesta, como si las estuviese engañando, hablando con gente de otro planeta. Se despidió en la noche abrazándonos, y yo tuve la sensación de que por inercia estaba llamado a pertenecer a un mundo brilloso y caro habiendo comprendido que existía otro al que una noche se había asomado y al que tal vez nunca más regresaría.

    Me quedé mirando cómo se iba en su Audi. Mi colega me tocó el brazo y burlándose me dijo si el muchacho me había gustado tanto que me había quedado mirando su partida. Yo hice silencio. Pocas veces uno se asoma al abismo ajeno y entiende todo y de un modo rápido la fragilidad humana.

 

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