Texto y fotos de Graciela Cutuli

Hace miles de años, Chiloé era tierra firme y pertenecía al continente. Pero apareció Caicavilú, serpiente del mal y enemiga de la vida terrestre. Deseando incorporar el territorio a sus dominios marinos, inundó las tierras amenazando con convertirlas en mar. Entonces, apareció Tentenvilú, serpiente del bien de espíritu bondadoso, diosa de la tierra y de la fecundidad, para proteger sus dominios de las invasiones del mar. Ayudó a los chilotes a trepar los cerros para escapar de las inundaciones y a los atrapados los dotó del poder de las aves y peces, para que no perecieran ahogados. Caicavilú siguió elevando el nivel del mar, mientras Tentenvilú hacía crecer los cerros que sobresalían cada vez más del nivel de las aguas. La lucha siguió por muchos años hasta que triunfó Tentenvilú, dando origen a valles sepultados bajo el mar y cerros convertidos en multitud de bellas islas que hoy forman el archipiélago de Chiloé.

La postal de bienvenida sobre la mesa de luz del hotel Tierra Chiloé, bajo el gran ventanal que da hacia el humedal de Pullao, cuenta la creación legendaria del archipiélago. Pero este primer relato mítico está lejos del ser el último que conozcamos durante la visita a la isla: Chiloé misma es una leyenda, un rincón del Chile austral que más allá de sus coloridos palafitos revela una vida propia de extraordinaria intensidad. Esto es apenas el comienzo.

Nicolás Saieh
La arquitectura vanguardista de Tierra Chiloé se inspira en las construcciones tradicionales del archipiélago.

POR AIRE, TIERRA Y MAR Arquitectónicamente hermano indiscutible del Tierra Patagonia que la cadena tiene en Torres del Paine, Tierra Chiloé –cuyas actuales 12 habitaciones pasarán a 24 cuando haya terminado la ampliación en curso– se inspira en los palafitos de la isla, las tradicionales casas construidas sobre pilotes a orillas del mar. La postal de esos palafitos en Castro y otros puertos del archipiélago donde aún perduran es romántica, pero no oculta que la naturaleza a la que se asoman puede ser cruel: tal como lo recordó el reciente terremoto de Navidad en el sur de la isla, que pese a su intensidad causó daños menores en rutas y puentes, el territorio chileno sabe de movimientos en la tierra y en el mar. Uno de los más intensos de los que se tenga memoria fue el de 1960, cuyo tsunami borró buena parte de los palafitos chilotes. Pero no pudo borrar la intensidad de la vida y las costumbres en esta isla de pescadores, donde el viento sopla narrando leyendas y cuyos frutos de mar son famosos en todo Chile, la isla a la que se viene en busca de naturaleza y creencias, de almas perdidas y de casas que tienen la rara costumbre de moverse por tierra y por mar…

LA MINGA CHILOTE Nuestra primera mañana nos lleva hacia el Tenaún, el “pueblo de las tres colinas”, para embarcar hacia las Islas Chauques y el pueblo de Mechuque. Estamos siempre del lado oriental de la isla, el más poblado precisamente porque es el más protegido. Cuando aún estamos en camino, transitando hacia el norte por la ruta costera entre Dalcahue y Quemchi, vemos el primer emblema de la cultura local: una casa puesta sobre troncos, como lista para rodar. Y no es metáfora, sino la señal de una de las más arraigadas tradiciones chilotes, la “minga” o “tiradura de casas”. “Mi vecino hizo la tiradura de su casa cuando vendió el terreno”, apunta con naturalidad el chofer que nos guía, como si no fuera extraordinario que un día el dueño de una casa decida trasladarla y sus vecinos se reúnan para ayudarlo, en medio de una fiesta que incluye comidas tradicionales y por supuesto buen vino. Desde ya no es cosa fácil: la “minga” requiere varios días y la colaboración de expertos que puedan colocar la casa, como si fuera un trineo, sobre vigas de madera. Sin puertas ni ventanas, para ayudar al proceso, y arrastradas por una yunta de toros o de bueyes…

Casa va casa viene, vamos surcando un paisaje verde y ondulado, florido y de construcciones coloridas, revestidas con tejuela de alerces de distintas formas y tonalidades. Cuanto más complejo el diseño de la tejuela –y es cierto que cuesta encontrar uno igual a otro– más pudiente la familia, como revela apenas llegados a Tenaún la mansión de la esquina de Cuarto Centenario y Riveros, restaurada para ser convertida en museo. La iglesia local, una de las 16 de Chiloé que han sido nombradas Patrimonio Mundial por la Unesco (sobre un total de 150 en toda la isla), está a unos cien metros. Se la ve de lejos, con sus tres torres que simbolizan sendas montañas y se elevan sobre el resto de las casas bajas del pueblo. El interior revela no solo una cuidada arquitectura neogótica sino una nave central en forma de bote invertido: quien saber construir barcos –dice Yuri, el guía que nos acompaña desde la salida en Tierra Chiloé junto con su colega Nacho– también los construye en tierra firme. “Todo se trabaja en madera –subraya–; la madera y la historia de Chiloé están unidas”. En diagonal con la iglesia, en una casita en esquina pequeña y pintoresca, Marion ofrece sus artesanías: vinchas y gorritos de lana que ella misma lava, hila y teje; y aros de alerce que recuperan recortes de una madera tan típica como valiosa (y ahora protegida).

Graciela Cutuli
El Muelle de las Almas y la coronación de los mitos chilotes de cara al Pacífico.

DUENDES Y BRUJAS Tanto como la madera y el mar están unidas a Chiloé sus leyendas de personajes fantásticos. Aquellos que dieron nacimiento al archipiélago, como supimos apenas llegar. Pero hay mucho más y empieza a aparecer apenas se cobra un poco de confianza en la charla con el capitán y los marineros, Gabriel y Mauricio, ya a bordo de la lancha Williche –una encantadora embarcación que pertenece al hotel e integra sus excursiones náuticas– para cruzar hacia las Islas Chauques. Es que por aquí se dice que anda el Trauco, un duendecito que habita en los bosques y al que convenientemente se le adjudica el embarazo de algunas mujeres. Aunque sea muy feo y tenga un hacha que según se dice con tres golpes puede derribar cualquier árbol…   “¿Usted cree en el Trauco?”, nos tienta preguntarle a Roberto, el capitán. “Sabés que no sé…   porque hay historias”, responde serio, hilvanando luego la creencia de Caleuche, el barco fantasma que navega iluminado por los canales de Chiloé, y de la bella Pincoya, una mujer que deja un beso que es una mancha negra y en quien los pescadores confían para saber si la temporada será propicia o fatal. Si la misteriosa joven baila mirando al mar, los peces y mariscos serán abundantes; si en cambio baila hacia la tierra, el mar será esquivo en frutos y los marineros tendrán que buscar rumbos más lejanos para alimentar a sus familias. Personajes y leyendas circulan con una naturalidad que no necesita convencer a nadie: tienen la autenticidad de lo ancestral. “Se dice que había aquí una cofradía de brujos, que fueron llevados ante la justicia chilena”, agrega Yuri, y “verán que hay casas con una puerta arriba de la puerta; es para que los brujos puedan entrar”.

Leyenda va leyenda viene, después de una hora desembarcamos en la parte deshabitada de Mechuque para subir hacia su punto más alto atravesando un bosque de nalcas, ciruelillos y arrayanes, helechos y digitalis. La caminata es empinada pero después del primer esfuerzo es fácil seguir el ritmo del trekking y empezar a bajar hacia el otro lado. Abundan los maquis y el mechay, que se parece al calafate, y especialmente los canelos, el árbol sagrado mapuche de donde se saca la pimienta austral, hoy un apreciado producto gourmet. 

Del otro lado de la isla, el pueblo luce desierto cuando caminamos entre sus callecitas bordeadas de casas de madera, el puente mirador y la escuela-palafito, que hace algunos años fue declarada Monumento Nacional. Aquí nos detenemos a visitar el Museo de Don Checo y Doña Berta, que era antiguamente el único hospedaje de la isla y muestra exactamente cómo era una casa tradicional, con sus artefactos y decoraciones, sus objetos cotidianos y todo lo que hacía falta para vivir en este rincón que parece apartado de todo el resto del mundo. Y de algún modo lo está. ¿Por mucho tiempo? No es fácil decirlo. Si se construye el proyectado puente que un día unirá la Isla Grande de Chiloé con el continente es probable que todo cambie. Los pobladores por un lado lo quieren, por el otro le temen: está el fantasma de que el puente –que de construirse sería el más grande de Latinoamérica– haga más fácil extraer los recursos de la isla. Pero por otro lado favorecería ese turismo que empezó a llegar con menos timidez solo a partir del año 2000, cuando la telenovela La Fiera –una historia basada en la shakespereana La Fierecilla Domada– popularizó los escenarios de la isla gracias a las numerosas secuencias filmadas en Dalcahue. Lo cierto es que parece difícil que baste un puente, por grande que sea, para cambiar la idiosincrasia de Chiloé: en las rutas y recovecos interiores de este territorio, que es más grande e intrincado de lo que parece a primera vista, se oculta una vida de una complejidad y una riqueza insospechadas. 

Al final de la visita, la Williche nos espera para volver al Tierra Chiloé, después de tres horas de navegación por los mares interiores. El agua es un espejo tranquilo que no se mueve y un exquisito almuerzo de mar –hecho de machas, locos, pulpo y choros– vuelve a incitar a la charla, la evocación y la leyenda. Esta vez sobre La Voladora, misteriosa mujer que de noche vomita sus tripas para convertirse en ave, y luego las come para volver a ser mujer. “Pero si no las encuentra queda como pájaro, y si te visita como ave –advierte Nacho– es de mal augurio, anuncia la muerte de un vecino o alguien de la familia”. No es todo: dicen que Chiloé también es tierra de basiliscos, aquellos legendarios seres sobrenaturales mitad gallo y mitad serpiente. “Cuando era chico –cuenta nuestro guía, oriundo de la isla– teníamos gallinas y caballos. Fuimos al gallinero y encontramos un huevito pequeño. ‘Tienen que quemarlo’, dijo alguien de la granja. ‘Es del basilisco. Adentro hay un gusano se va abajo de tu casa, crece a la noche y finalmente la destruye. Toma tu saliva y te seca’. ‘Bueno –aceptamos– lo vamos a quemar’. Pero no pudimos resistir la tentación de abrirlo, y había adentro un gusano. No quisimos averiguar más, y lo quemamos. Tendría entonces yo unos siete u ocho años”.

Cuando desembarcamos el sol ya está bajo en el horizonte. Y será la alargada silueta del Tierra, que pone una estela de luz tranquilizadora frente al humedal, la que se encargue de disipar –al menos por esta noche– temibles leyendas que anidan en las entrañas de Chiloé. 

Graciela Cutuli
Agua, embarcaciones y los palafitos de Castro, una postal de Chiloé con marea baja.

ALMAS FRENTE AL MAR Los palafitos de Castro, que vemos temprano por la mañana al día siguiente, cuando ponemos rumbo hacia el lado de la isla que da al Pacífico, no son su única postal. Sí son la más conocida, con sus pilotes hundidos en el mar –aunque verlos o no con los pies en el agua dependerá de la hora de las mareas– y sus fachadas coloridas, hoy muchas veces reconvertidas en posadas o restaurantes. 

Pero el destino chilote nos lleva hacia el otro extremo, hacia el lado más salvaje de Chiloé, en una travesía serpenteante que nos dejará a una hora de caminata campo traviesa para llegar frente al mar. El paisaje es verde y ventoso, con árboles “bandera” que indican la dirección del soplido constante. Pero la grandeza del entorno no cansa. Paso a paso avanzamos, cruzando tranqueras y divisando a lo lejos la franja azul del mar, hasta que empieza a hacerse sentir la ambientación sonora que está en el origen de una leyenda.  Una más, pero la última y más conmovedora de este viaje.

Se cuenta que en los alrededores de Cucao, en la punta Pirulil –allí donde los acantilados le hacen frente con rudeza al mar, aquí donde ahora estamos parados– se oyen entre las olas llantos, lamentos y quejidos de las almas en pena que le piden al barquero Tempilcahue, una suerte de Caronte chilote, que las cruce hacia el lugar de descanso eterno en la otra orilla. ¡Balseo!, gritan las almas. Pero Tempilcahue no las oye, o no las quiere oír, tal vez porque no llevan las monedas o las piedras pulidas con que deben pagar el viaje. Y así, atadas a este mundo, vagan en pena frente a los acantilados y frente a la obra del artista Marcelo Orellana, un austero muelle de madera que lleva hacia los bordes del Pacífico, donde las olas estrellan su espuma contra las rocas. El Muelle de las Almas, que como Tempilcahue promete cruzar al caminante pero lo deja siempre en esta orilla, en un mundo bellísimo pero doloroso porque no puede ser abandonado.


SABORES ISLEÑOS

Viajar al sur de Chile implica una experiencia gastronómica que se despliega de muchas maneras: desde el curanto que se prepara en el propio hotel, con su rito de capas de tierra, hojas de nalca y brasas, hasta la visita al mercado de Castro, que permite probar productos como el típico y picante merkén ahumado, ajos chilotes y preparaciones con frutos de mar. Camino al Muelle de las Almas, el imperdible son las empanadas de Morelia (Sector Quilque S/N, Cucao, Isla de Chiloé), grandes y fritas, de queso, carne o mariscos. Impecable y sabroso.


DATOS ÚTILES

  • Cómo llegar: En avión vía Santiago-Puerto Montt o al aeropuerto de Castro. Latam cuenta con siete frecuencias semanales a Chiloé con escala en Santiago de Chile. Las  tarifas van desde USD 448 finales. Ventas y Consultas: 0810-9999-526 / www.latam.com.
  • Dónde alojarse: Tierra Chiloé se encuentra en la península de Rilán, en el corazón del archipiélago, con vistas al mar interior y un diseño vanguardista que rescata la cultura local. Recientemente fue elegido en el tercer lugar del Top 10 Latin American Resorts por el Reader’s Choice Awards 2016 de Condé Nast Traveler. Cuenta con comedor, sala de estar, sala de lectura, terraza, lounge al aire lbire con fogón, área de relax y wi-fi en todo el hotel. La experiencia incluye las diversas excursiones posibles en la isla, desde trekking a kayak, paseos en bicicleta, recorridos escénicos en vehículo y navegaciones para conocer tanto las iglesias patrimonio de la humanidad como los mercados locales, la gastronomía y los famosos palafitos. Cada día se ofrece un menú variado que tiene en cuenta los sabores locales con un toque internacional. Abre entre septiembre y abril, con programas all inclusive que que incluyen traslado desde y hacia el aeopuerto Mocopulli-Castro y Puerto Montt; alojamiento; desayuno, almuerzo y cena; excursiones diarias; bar e uso del área de relax. Tarifas temporada alta (hasta el 31/3/2018): desde USD 1550 (dos noches base doble para huéspedes mayores) a USD 2750 (cuatro noches) y USD 4700 (siete noches, iguales condiciones). En temporada media (abril 2018), dos noches USD 1390, cuatro noches USD 2400 y siete noches USD 4100. El hotel ofrece también la posibilidad de reservar solo alojamiento sin traslados, excursiones ni comidas (incluye solo desayuno), entre USD 560 y USD 640 la noche en habitación doble (sujeto a disponibilidad y solo en períodos limitados de baja temporada).
  • Más información: www.tierrahotels.com e [email protected].