Desde Tótem y tabú a la vigilia por el debate del aborto
Muchos pañuelos, una fiesta y una ley

“A la mujer le dijo: ‘multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido, y él te dominará’. Al hombre le dijo: ‘Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que Yo te había prohibido comer: Maldita sea la tierra por tu culpa.” 
(Génesis 3, 16-17)


Con los ecos de la fiesta todavía en el cuerpo, me siento a escribir para fijar algunas impresiones y preguntas que me quedaron luego de la vigilia que culminó el 14 de junio de este año con la media sanción en Diputados de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo. De esos ecos, recorto dos: 1) Esa noche y los días siguientes me encontré afectada por una alegría inesperada, conmovida y con la afirmación que se repetía desde aquella noche “Esto fue una fiesta”; 2) Fue a partir de una de las conversaciones que tuve al día siguiente que tomó fuerza y precisión otra afirmación, “que sea Ley”.

Fiesta y Ley son entonces las palabras que me orientaron. ¿Qué efectos iba a tener esta nueva Ley? ¿Qué relación había entre ese júbilo festivo con el que me encontré la noche del 13 de junio y el modo en el que la ley iba a efectuarse como deseo? ¿Cómo escuchar esas consignas que conjuran al ‘patriarcado’ a caerse con el pedido festivo pero imperioso de una Ley?

Volví a leer Tótem y tabú para encontrar algunas pistas. Freud destaca la función de la fiesta como instancia en la que se levanta la prohibición que recae sobre el tótem. Es también en la fiesta en donde la danza tiene lugar como forma de imitar al animal totémico. Una fiesta es un sacrificio y también es una ceremonia pública que compromete a un clan entero, une a sus individuos más allá de sus intereses en una pertenencia común, entre ellos y con el tótem. Es esta la función del sacrificio que está asociado a la fiesta, renueva el vínculo común y los lazos que nos unen socialmente a los otros.

Es claro en el recorrido freudiano que en la fiesta se conjugan mociones ambivalentes ahí donde se renueva el crimen parricida a la vez que se vuelve a producir la identificación por incorporación que da fundamento al clan. Pero no es eso lo que quiero destacar hoy. “Una fiesta es un exceso permitido, más bien obligatorio, la violación solemne de una prohibición. (...) Ahora bien, ¿qué significado tendrá la introducción a ese júbilo festivo, o sea el duelo por la muerte del animal totémico?” (Freud, p. 142). Hay una función estructurante de la fiesta como acontecimiento social. Esto me importa, la fiesta funda el lazo, renueva el compromiso que une a los miembros de un linaje. Y recién ahora doy peso a esta afirmación, la fiesta no es un recordatorio, en una fiesta se comprometen lazos sociales.

En este sentido, Freud le reconoce el carácter de repetición del banquete totémico que tiene la fiesta, y también señala que ahí tienen comienzo “las organizaciones sociales, las limitaciones éticas y la religión” (Freud, p. 144).

Vuelvo entonces a la afirmación que me apareció en estos días: esto es una fiesta. La satisfacción, el exceso alegre (si es que vale adjetivar al exceso) fueron parte del acontecimiento. Y si fue preciso que haya una fiesta, es porque debimos reescribir los efectos de lo que la fiesta repite y conmemora.

“La satisfacción que ello produce hace que se introduzca la fiesta conmemorativa del banquete totémico, (...) toda vez que lo adquirido en virtud de aquella hazaña, la apropiación de las cualidades del padre, amenaza desaparecer a consecuencia de los cambiantes influjos de la vida” (Freud, p. 147).

Acá está el punto, hubo fiesta para volver a escribir esos rasgos, que son paternos y que nos unen como trama social. Y es que, efectivamente, hay lo que amenazaba desaparecer y que la fiesta vino a reescribir como Ley.

Lacan en “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” formula que la relación del padre a la ley debe ser interrogada en sí misma. Y ubica los casos en los que el padre ostenta la ley sin afectarse o estar atravesada por ella. Es en esos casos en donde el hecho de la forclusión del significante del nombre del padre es agenciado por el niño que, dice Lacan parafraseando a Prevert, manda de paseo a la ballena de la impostura. 

Si con la fiesta dijimos que sea Ley, es para que la relación del padre, y del deseo con la ley no sea una impostura. Una ley que no es impostura es una ley que articula, sostiene, entrama un deseo. Una ley como impostura es una ley que erigiéndose como no afectada por la falta, no alberga deseo.

Que sea Ley. Que sea ley quiere decir, que sea capaz de albergar deseo. Y eso puede cambiar por los influjos de la vida y quizás sorprendernos al fundar lazos menos tontos.

Me queda como pregunta qué significa que esta fiesta haya sido protagonizada por mujeres. Es llamativo el aparente contrapunto con Tótem y tabú en donde son los hermanos varones los que llevan adelante el crimen totémico que funda el linaje y las mujeres son incluidas ahí como objeto de goce e intercambio. No doy aún una respuesta a esa pregunta. Pero sí tengo en claro que esta pregunta no es, estrictamente hablando, por lo femenino. Es que lo femenino no son las mujeres como miembros de un linaje, lo femenino va a ex-sistir a ese lazo.

Digo entonces que no fue sólo de mujeres, sino de hombres y mujeres que anhelan en la fiesta volver a escribir esa dimensión y rasgo del padre que los efectúa como sujetos al anudar ley y deseo.

En este sentido, yo no sé qué es el patriarcado. No sé si se va a caer y tampoco sé si alguno vez estuvo parado. Lo que sé es que en esta fiesta de pañuelos se hizo escuchar la búsqueda de una ley que no sea impostura. Y esto es, contrario a lo que aparenta, restituir la función del padre que transmite una ley por la que está afectado como ser hablante, habitado por un deseo que no puede sino ser un deseo sucio, vivo y no anónimo. No hay transmisión más que de un deseo sucio, a eso se reduce un padre. El amor al padre se funda en esa transmisión, en ese gesto. Se lo ama por haber pasado un gesto que haga y conmueva un cuerpo.

Parafraseando a Lacan a contramano, nadie como padre es merecedor del amor. No hay ahí la lógica del merecimiento. No hay mérito ni suficiente ni necesario. Se lo ama en un gesto mediodicho.

Hubo fiesta, que haya ley.

* Psicóloga. Docente de la Facultad de Psicología de la UBA. Investigadora UBACyT. Parte del equipo de “Huellas. Psicoanálisis y Territorio”. Este texto es un adelanto del próximo número (que saldrá en noviembre de este año).

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ