Historias de la Trova (XXVI)
  • Volamos a una provincia del norte argentino enviados por un ente de Cultura para intercambio. Tocábamos, dábamos clases y nos mostrábamos figuritas. El calor era desesperante: 50 grados con la acumulación del día, y la reparadora pileta del hotel que nos devolvía un poco de normalidad en medio de aquellas tierras arrasadas. Éramos dos amigos en la pieza. No nos advirtieron que por la tarde, mientras nosotros estábamos en clase, habían designado a un profe de contrapunto, y como empezaba al día siguiente estaba descansando. La cuestión es que regresamos y al abrir la puerta nos encontramos con el cuadro siguiente: arremolinado en medio de la cama de dos plazas, el aire a mil, recién bañado y semidormido se encontraba un señor gigantesco y muy gordo quien nos saludó desde sus sábanas con un movimiento de sus deditos oscuros. Era gay y enorme, como de 150 kilos. Nos sorprendió de entrada con la pregunta: -Perdón ¿Son ustedes pareja?

    Mi amigo y yo nos miramos y convinimos en responderle vagamente que no sabíamos a ciencia cierta.

    - Ah, siempre disimulan -nos respondió. Y se durmió. Por la noche, en el comedor y aclarada nuestra situación sexual, él pidió disculpas y retiró los cargos.

    - Mi condición, amigos, no es fácil, es un país muy facho e injusto.

    Cada noche, cuando se descambiaba, nos donaba un show: una masa corpórea igual a la de un elefante echándose en las cobijas como un animal monstruoso lo hiciera entre las hierbas. Tiraba sus frases. ”Me miran porque soy hermoso”. “Soy la lujuria y ustedes me desean”. “No se hagan ilusiones, tengo novio”. Nos hicimos grandes amigos. El otro día me escribió: estaba jubilado, casado y feliz gracias al matrimonio igualitario.

    - Decile a tu amigo, y a vos mismo también, que se perdieron un amante ideal. Nos mandaba besitos y abrazos cristinistas, con el dibujito de la C y la balanza de la justicia entrelazadas.

     
  • Marcelo es mi amigo de Irreal y tocábamos juntos. Una tarde me contó un sueño exótico: la historia de un chofer de colectivo -la “E” de aquellos tiempos- que de tanto dar vueltas se iba a las estrellas y no podía regresar.

    - ¿Por qué no escribís un tema? -le sugerí.

    - Porque no puedo escribir más que acordes. Dale... hacelo vos.

    Con el tiempo olvidé la idea. A los dos años oímos El anillo del Capitán Beto del master Spinetta y nos pellizcamos porque no lo podíamos creer. Mi amigo tenía los ojos abiertos como el dos de oro. Yo, que empezaba a creer en la magia, en la coincidencia astral y en la matrix criolla, tomé aquello como un buen indicio de algo:

    - Significa que debemos seguir componiendo, eso quiere decir.

    - No, para mí es que esa noche viajé en el tiempo -murmuraba obsesionado, mirando al infinito. Estuvo así durante una semana, anotando febrilmente cada retacito de sueño que podía recordar. Pero ese material, y ambos coincidíamos, era de muy mala calidad. Una puerta se había abierto por única vez y debíamos conformarnos con ello.

     
  • Esto sucedió cuando nos encontrábamos con el Nene Molina y equipo filmando un cuento de Rodolfo Walsh. Para ello dependíamos del Instituto de Rehabilitación de Menores -eufemismo si los hay- y de algunos de los internos para que hagan de extras o personajes. Una mañana, el Nene tuvo que salir disparado hacia una comisaría puesto que uno de los chicos había quedado tras las rejas por algún incidente nocturno. Fue a sacarlo y lo logró. En agradecimiento, el pibe le contó que iba a trabajar en la película pero que le iba a mostrar un secreto y le solicitó que no lo contara a nadie.

    - Si tengo que hacer alguna escena en cueros no voy a poder –dijo, y acto seguido le mostró el tatuaje que llevaba en su espalda. Era un pito enorme y erguido.

    - Cuando estuve adentro hace un año un pibe que se decía tatuador me propuso un dibujo: la mariposa de Papillon, ese que estuvo en cana en una isla y escapó. Me iba mostrando con un espejo: me tatuó el cuerpo, y como iba bien yo dejé de vigilarlo, entonces el hijo de puta hacía que tatuaba las alas y en vez del bicho me dejó esto. ¡Una poronga gigante! Se puso inmediatamente la remera y solo preguntó:

    - Si laburo con ustedes, ¿no me pueden pagar un tratamiento o algo para sacarme de encima esto que llevo en la espalda de por vida?

     
  • Trabajaba yo en la terminal, en una empresa de transportes. Un compañero  me presentó a una pareja y estuvimos tomando cerveza hasta tarde. Cuando se fueron me susurró:

    - No digas nada, pero estos andan en el tráfico de drogas. Más tarde, en un partido amistoso, el rubio que había conocido la primera vez me solicita la camisa que llevaba yo luego del partido. Era una ropa de trabajo color caqui con estrellas bordadas en el cuello y parte del pecho. Se la di, y a cambio me ofreció una remera de marca, cara e inconseguible.

    - Vos ya sabrás, consigo cosas así gracias a mi laburo.

    Al tiempo, en una mañana fría antes de entrar a trabajar, veo en el diario las fotos de los integrantes de la banda apresados en un operativo. El amigo de mi amigo lucía mi camisa, mirando al frente. Parecía un capitán del ejercito yanqui, pero era, formalmente un criminal, un drogadicto, un pervertido. Al menos así lo establecía la nota. Esa tarde mi mamá hojeando el diario y mientras me preparaba el café con  leche murmuró:

    - ¡Pero mirá un poco a este tipo...!¡Qué camisa parecida a la que te bordé!

    - Sí –expliqué- se están poniendo de moda en el mundo de la droga.

     
  • Luego de un viaje agotador a Santa Rosa, La Pampa, lo único que uno quiere es comer un sándwich con café y tirarse a descansar. En la terminal nos esperaba un gordo rubión, de pinta alsaciana, optimista como un vikingo y ancho como un portón de castillo:

    - !Bienvenidos, están invitados, ya, ya mismo a un asado! -propuso a los gritos. Nos miramos, la oferta era tentadora

    - Está bien, solo dejemos los bolsos en el hotel y seguimos –repusimos.

    - Bien -se alegró el tipo y marchamos hacia el sitio. Entonces, el momento único, terrible y fatal. Yo, que iba a delante, fui el mensajero de ello.

    - ¡Che, Bigote, abrí la guantera que tengo un regalo para ustedes! Por si quieren ir picando en el camino! -casi aulló. Lo hice. En un envoltorio sobresalía la tapa de chapa de una botella que parecía tener dentro escabeche. Justo arribábamos al hotel. Miré, cotejé, no tenía una etiqueta y deduje que era manufacturado por el Gordo.

    - ¿Lo hiciste vos? -le pregunté. Muy orondo y sonriente dijo que sí, que era su mayor orgullo.

    - ¿Qué es?

    - Mi mejor pieza, mi mayor puntería... fue de noche.

    Sopesé el frasco. - ¿Liebre, vizcacha?

    Puso cara de cazador al acecho:

    - Algo mejor y más grande, y hasta peligroso... ¡Un puma!

    El producto me quemaba en las manos, lo solté y se lo tiré entre sus piernas. Justo descendí en el hotel y por nada del mundo concedí en ir a comer con semejante bestia. Por la noche me buscó pero no le hablé. Le dediqué el cover de Almendra A estos hombres tristes con la  frase “Hay criminales que se ufanan de serlo, otros lo hacen para comer, pero son criminales igual”. Y narré la épica del Gordo idiota en la noche tal cual me imagina su acecho. Pobrecito, fue mi frase final. A la salida pretendió saludarme y le pegué con total libertad un buen codazo en su pancita repleta de cadáveres inocentes.

     
  • ¿Qué es el amor sino una casualidad preciosa y anhelante? Aquellos que lo han experimentado necesitan de su podeoroso imán como del agua o del pan. Ella estaba solita y hermosa en la primera mesa cuando tocábamos. Me imaginé que nos miraba y había ya elegido su galán. Le hablé por el micrófono sin acosarla y dijo con una inocencia total que estaba esperando a su novio. Yo me burlé módicamente y le sugerí que nos invitara a cualquiera de nosotros porque él no iba a llegar y que además no era merecedor de su amor ya que la estaba haciendo esperar.

    - Está trabajando -contestó por lo bajo.

    - Vamos, nadie trabaja de noche -dije yo, canchero. Al rato, en medio de un tema, entró el candidato de su corazón para sentarse junto a ella, abrazándola.

    - Llegó el amante fiel, un aplauso para él -dictaminé yo sin ironía. Luego, pausadamente, le inquirí cuál era su trabajo que lo había sujetado tan entretenido. Dije esto y me sonreí con la picardía zonza de un Midachi cualquiera.

    - Soy policía, vengo de cuidar el partido en el Parque -acotó suavemente. Entonces recordé aquello de que el amor no tiene ni ideología ni fundamento, ni razón ni política alguna. Y les dediqué de corazón un tema de amor. Estaban tomados de la mano cuando les empecé a cantar.

    - Acordate por si alguna vez me llevás detenido -le dije al pibe, por las dudas, nunca se sabe.

     
  • Le llamaban Acquaman, usaba unos lentes estrambóticos, andaba en bicicleta tuneada y se sonreía con ese rictus que uno intuye viene de muy lejos, más allá de la alegría circunstancial: es como una marca de fábrica arriba de otro lado invisible. Cierta vez llegaron de Buenos Aires unos tipos de unos sellos para realizar un casting. Lo de Acquaman fue memorable: se presentó con el torso pintado de azul , bombacha de gaucho, una guitarrita small y cuando le tocó su turno proclamó que iba a hacer una chacarera ”clásica”.

    - Lo de lo clásico es por la música de ópera que tiene -aclaró muy serio. Y acto seguido cantó unas estrofas desafinadas y de pronto hizo silencio, mientras acercándose al micrófono susurraba que en ese hueco de silencio iba la orquesta filarmónica que no pudo presentarse. Lo bajaron. El estaba riente como siempre. Nosotros festejamos su perfomance como un gol a favor. El tiempo, el correaje de los malos vientos y el HIV se lo llevaron. Quizás era un genio, un bufo, quizás era un ángel quien vino a anoticiarnos que la vida es la cosa mas ridícula del mundo de la que aún no queremos darnos cuenta.

 

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