Opinión
Esta mujer
 

Más allá del aprecio por sus mejores decisiones como presidenta, de la lealtad en las críticas vertidas en todos estos años, y de un comprobado y discretísimo respeto mutuo, este columnista no tiene relación alguna con la ex presidenta. 

En un extenso ensayo de finales de 2011 (“Cartas a Cristina”, publicado por Ediciones B) y en innumerables artículos en estas páginas, se enhebró, diríase, una especie de respetuosa relación a distancia, como debe ser natural en el ejercicio del periodismo y el pensamiento. Así esta columna fue modesta y leal camarada de ruta en todos estos años, como también la cuestionó con dureza en muchas materias, a ella y al kirchnerismo todo. Por eso ahora se siente en plena y absoluta libertad para analizar su rol actual sin deuda ni beneficio. 

Frente al sistemático y despiadado acoso con que se persigue hoy a Cristina, sometida a una brutalidad periodística, un odio de clase y un ánimo de venganza exterminador -que no va a cesar hasta su muerte y aún después-, esta columna siente imperativo reflexionar acerca de un presente en el que, más allá de las encuestas que se conocen y de la feroz campaña mediática que la tiene como objetivo principal de sus bombardeos, ella sigue como desde hace años en el centro mismo del hoy trágico escenario de la Patria.

En la Argentina inmoral y desmoralizante que el macrismo-radicalismo viene construyendo, la persecución a Cristina es de final incierto pero, quizás, cada vez menos incierto. La erosionaron durante años y ahora intentan su final destrucción. La ofenden a toda hora, y por y en todos los medios. La humillan en vano, con lo que sólo apuntalan su temple a la vez que construyen un mito fenomenal para las generaciones futuras. ?

El acoso en patota de una jauría de jueces federales ahora además la está dejando sin vento, como diría Edmundo Rivero. Escriben sus libretos directivos y tinterillos de Clarín y La Nación, que día a día apuntalan el odio y acumulan poder. Y frente a ellos, cada vez más sola y más digna, resultan admirables la entereza de esta mujer, y la madera durísima de que está hecha. Con solo eso, y con nada menos, resiste el embate de los vengadores de la oligarquía cipaya que tienen hoy un poder de fuego descomunal y un odio como hace muchos años no se veía. 

El macrismo-radicalismo de este tiempo es en realidad la perversa continuación y perfeccionamiento de la misión antinacional y antipopular de la Revolución Fusiladora de 1955, y de los golpes de 1966 y 1976, y de la infame traición de Carlos Menem en la década de los 90. Con fenomenal resentimiento y racismo, y cual hormigas laboriosas durante exactamente 60 años, en las elecciones de 2015 y con el voto de una mitad del pueblo al que engañaron de un modo tan pueril, astuto y perverso como nunca antes, la estafa triunfó. 

Así esa misma, vieja y repugnante matriz antinacional, antipopular, antiobrera, antiproductiva, antisolidaria y anticultural se propuso la definitiva liquidación del peronismo. Viejo y estúpido anhelo que incluye arrasar con las mejores banderas históricas del radicalismo yrigoyenista y de cuño nacional y popular, del socialismo patriótico e inclaudicable de Justo y de Palacios, y de la izquierda sensata y no dogmática que jamás perdió la brújula intelectual junto al pueblo trabajador. 

Todas esas tradiciones, que construyeron lo mejor de nuestra Patria, fueron y son el objetivo a destruir por estos tipos que hoy manejan, autoritarios y violentos, el que acaso sea ya el gobierno más cipayo, servil y traidor de toda la Historia Argentina.

Es en ese contexto que la persecución a Cristina impresiona por emblemática y feroz. 

Y desata preguntas inevitables, necesarias, sobre nuestra nación, nuestro destino y la suerte de esta mujer que enfrenta sola y con temple un presente duro, sombrío y desalentador. ¿Podrá ella desde su soledad y su lucha jurídica, sin recursos pues todo se lo embargan e inhiben los feroces cancerberos del averno judicial de Comodoro Py, y abroquelada junto a sus leales pero inocuos íntimos, ver y leer con claridad el presente argentino? ¿Será capaz de conducir, en estas circunstancias dramáticas (de ella y del país) a ese impresionante tercio o más de la ciudadanía que la quiere y acompaña desde hace años, y que recibió lo mejor de su esfuerzo y hoy la echa de menos con un amor y lealtad conmovedores? Las preguntas se amontonan mientras Clarín y La Nación enloquecen con sus mentiras y cantan loas al presidente más inepto, de poco seso y menor autoridad moral de por lo menos el último cuarto de siglo. ¿En lo político, estará ella dispuesta y en condiciones de liderar el necesario proceso de restauración del poder popular? ¿Podrá ponerse, a su edad y su salud y su dolor, a la cabeza de la imprescindible y ardua marcha hacia la reconquista del poder? ¿Podrá y sabrá hacerlo ahora mejor, con la profundidad y decisión necesarias para completar todo lo bueno que vivió la Argentina con Néstor y con ella en la Rosada, y además esta vez con transparencia absoluta?

¿Habrá aprendido a dialogar, que fue su gran carencia? ¿Podrá amainar esos rasgos de altanería que a veces la hicieron trastabillar, ofender al cuete y equivocarse en decisiones? ¿Alcanzará su carisma para, ahora perseguida por los vengadores del poder mediático-agrario-empresarial cipayo, conducir al pueblo argentino con aquella mística y aquella maravillosa capacidad de tomar decisiones y sostenerlas, dentro y fuera del territorio nacional? ¿Sabrá ahora sí escuchar y dialogar con los aliados en lugar de exigirles aceptaciones y silencios que sólo provocan rencor? ¿Tendrá la grandeza y la voluntad de volver a poner el cuerpo para encabezar la lucha electoral que se viene, este mismo año, y que será clave para terminar con la pesadilla neoliberal? ¿Será capaz de doblegar a las hordas de punteros, chupamedias y ambiciosos de todo calibre que dañan siempre tanto a la política?

A uno le queda –y uno es simplemente el redactor de estas meditaciones– la sensación de que esta mujer admirable, sensible, de olfato y convicciones como hace décadas no se veían, tiene por delante una tarea ciclópea. Porque sus enemigos son los nativos más feroces de esta tierra. Y sus aliados son los más nobles, idealistas y esforzados hijos de esta misma tierra: el pueblo trabajador, los decentes, los estafados y los jodidos por el bandidaje macrista y la sinvergüencería radical. Ese pueblo argentino que volverá, lo sabemos, porque el pueblo siempre vuelve.