Chicas pesadas
Bestiario secreto de niñas malas, de Gabriela Larralde y Myriam Cameros Sierra, es un catálogo para infancias desobedientes que inspira travesuras y posibilidades de ser y estar.

La nenita lee. Bien, de corrido, segura y contenta. No era fácil: tiene unos 7 y estaba sentada en un escenario, en la Feria del Libro, en la presentación de Bestiario secreto de niñas malas, de Gabriela Larralde y Myriam Cameros Sierra. Frente a ella, a nosotras, varias filas de asientos colmadas. La nenita lee con su voz nena: “Llena todo de brillos y purpurina. Sus primeras palabras fueron: yo nena, yo princesa”, dice Luana, aunque en el colegio insistían con el nombre que su mamá me puso al nacer, cuando aún no sabía que era una niña trans. Cuando le dieron su documento nuevo con el nombre de Luana se puso tan contenta que hizo una gran fiesta y llenó todo el barrio de brillitos y stickers. “No se salvaron ni los vecinos, que estuvieron una semana con la cara repleta de colores”. Cuando termina de leer le preguntan, como le preguntaron a la otra nenita que leyó, por qué este personaje, esta niña, es su favorito. Contesta así: “Porqueeeeee… a mí también me parece que cuando las personas se sienten otra persona tienen derecho a poder ser la persona que ellos se sienten”. Todo el mundo, obvio, aplaude con ganas. O no tan obvio: casi todo el mundo ahí eran parejas y mamás heterosexuales. Por suerte pasan estas cosas. Y libros como este delicioso Bestiario secreto de niñas malas deconstruyen la noción de género imperante tan sutil como encantadoramente. Con 22 perfiles de niñas malas que pintan las paredes de sus casas, bloquean los celulares de los adultos y le cuentan a todo el mundo que el padre usa peluquín. Entre sus personajes hay una que gruñe y escucha heavy metal. Otra que cambia la contraseña de los celulares y después no la revela. Otra que sólo se viste con la ropa de su hermano mayor. Otra que colecciona piojos y los arroja como proyectiles en sus guerras de niña. Otra que tiene dos mamás. Hay muchas clases de nenas. Lo que no hay son estereotipos. O por lo menos no los que padecimos los de las generaciones que hoy tenemos más de 30: no tenés que sonreír ni tenés que ser educadita. No tenés que usar vestido salvo que te guste. Podés trepar a los árboles y jugar al fútbol y usar todo el día una máscara de Spiderman. Podés ser flaca o ser gorda. Podés tener una mamá y un papá y abuelos y tías todos juntos. O a uno solo de todos los recién nombrados. O a todos repartidos por el mundo. Puede ser que comer, y cocinar, sean tus actividades favoritas. O que te encante andar bastante sucia. La lectura de este librito me deparó un rato delicioso y tierno porque es precioso. Leerlo con nenites es encantador también: se ríen. Se miran cómplices. Se ponen a pensar qué clase de niñe male, sí, no se atienen a un género cuando lo leen -parece que las nuevas generaciones no están llenas de idiotas que sólo pueden identificarse con el género macho. Entonces, decía, la lectura de este libro con sus textos y sus dibujos me deparó un rato delicioso porque, querides, ¿qué más delicioso que ver cómo se empieza a construir un mundo mejor? Este librito. El de las Crianzas de Susy Shock. Y tantos otros ahí, a mano, para ayudar a les adultes a ayudar a les chiques a liberarse de la mierda que nosotres padecimos.

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