Roberto Moldavsky, entre el teatro, la radio y la tele
“Hago humor judío, pero goy inclusive”
Vivió en un kibutz y durante años atendió un negocio en el Once. Hoy es un referente con predicamento entre “la colectividad”, pero la trasciende, ya sea a través de su show en el Teatro Apolo o de su participación en Radio Continental y en la mesa de Morfi.
“Con el humor armé un puente entre la cole y el resto del planeta”, sostiene Moldavsky.“Con el humor armé un puente entre la cole y el resto del planeta”, sostiene Moldavsky.“Con el humor armé un puente entre la cole y el resto del planeta”, sostiene Moldavsky.“Con el humor armé un puente entre la cole y el resto del planeta”, sostiene Moldavsky.“Con el humor armé un puente entre la cole y el resto del planeta”, sostiene Moldavsky.
“Con el humor armé un puente entre la cole y el resto del planeta”, sostiene Moldavsky. 
Imagen: Jorge Larrosa

Roberto Moldavsky corre tanto entre la radio, presentaciones, entrevistas y el teatro como corría en las calles del Once cuando atendía un negocio mayorista. O como corría en el kibutz en Israel entre el trabajo con las vacas, la cosecha de algodón y el estudio de Sociología y Educación en la Universidad de Jerusalem. “Aparentemente me resulta fácil el humor, ¡pero soy muy buen vendedor!”, aclara entre risas en la entrevista con PáginaI12. “Es como el futbolista que lo cambian de posición y se redescubre mejor en la nueva, como (Gabriel) Batistuta: el Maestro Tabárez lo corrió de la derecha al centro y se le abrió el mundo. A mí también: entre Fernando Bravo y Gustavo Yankelevich me cambiaron de posición y hoy hago reír mejor”, compara, y cuenta sobre Moldavsky sigue suelto! (jueves a las 20.30, viernes a las 21 y sábados a las 20 y 22.30 en el Teatro Apolo, Av. Corrientes 1372): “El show tiene humor judío porque es mi distintivo y a mí me gusta, pero es muy goy inclusive.”

–En sus espectáculos parece haber mucho de autobiográfico: el sobrepeso, la religión, las parejas. ¿Podría hacer esto sin reírse de sí mismo?

– Me río de mí mismo por dos motivos: primero, porque me acepto mejor cuando me río de que estoy gordo, o de que no me puedo sacar unos pantalones chupines. Le encontré un lado positivo a uno negativo. Y segundo, me abre una puerta para entrar en otros temas: ya me reí de mí, dejenmé que lo haga de otras cosas. Ya pagué y ahora vamos a compartir el resto de la cena (risas). Además, todos los domingos como con la misma banda de amigos que me cuentan cosas de sus vidas y de ahí me nutro de historias. Y esa base autobiográfica la voy adornando con lo que me cuentan, ¡porque ya saben que eso pasa!

De chico creció en La Paternal, barrio en el que descubrió en qué consistía el rito del bautismo católico y le preguntó al cura: “¿Nada más le van a hacer? ¿Sabés lo que me hicieron a mí de bebé?” Ya desde entonces, dice, era “el gracioso” de todos los grupos que integraba, pero la transformación se dio hace “cinco o seis años” luego de hacer un curso de stand up en la AMIA, aunque “ni soñaba” con el presente que vive. “Es como si me dijesen que se lesionó Tévez y me quieren poner a mí. Pero no lo imaginás porque no está cerca”, afirma. “O que vengan de la NASA y me digan que se les cayó un astronauta y estaban pensando en un tipo que sume al grupo y haga reír... ¡Me encantaría ir a la luna pero no lo estaba pensando!”, bromea, y cuenta que a veces “veía programas cómicos en televisión y decía que yo podría estar ahí, o hacer unos chistes, pero estaba en otra. Siempre fui gracioso, pero nunca me imaginé que iba a poder vivir de esto. Ahora, cuando se empezó a dar, sí. Se empezó a dar la rueda, pero cuando estaba metido”.

La rueda empezó a girar cuando el DVD de la presentación del curso en la AMIA llegó a manos de Jorge Schussheim, y de ahí no paró: Schussheim lo convocó, Fernando Bravo lo vio y lo llevó a la radio, Gerardo Rozín lo sentó en la mesa de Morfi y Yankelevich lo conoció y le propuso subirse a las tablas del Apolo. “Casi nunca llevé material mío a ningún lugar. Nunca fui a golpear una puerta, se me dio al revés. No es que eso hable bien de mí, debería haber trabajado más”, ríe. “Se fue dando y yo me fui subiendo a cada rueda. A pesar de que fue vertiginoso siempre fui ladrillo sobre ladrillo: pasé de una sala de 150 a una de 300 dos veces por mes y ahora estoy cuatro veces por semana en una de 500. En el camino hasta rechacé alguna cosa que se veía piola porque no me sentía preparado para eso”, confiesa Moldavsky, y asegura que la suerte le jugó en que lo convocaran “por un video que no mandé yo, o que cayeran a un boliche donde estaba actuando. Sé que si me dejan el escenario voy a andar bien.”

–Durante un tiempo hacía shows pero también trabajaba en el negocio del Once. ¿Cuándo decidió dedicarse totalmente al espectáculo?

–Me daba mucho miedo. Me tiré a una pileta con un poco de agua, no estaba vacía. Hacía stand up tranquilo porque tenía un negocio. Esa era mi idea: voy tranquilo al teatro porque no vivo de esto. Y veía la angustia de todos los que vivían del humor. Pero en un momento ya iba cansado a los shows, hacía eventos privados, empezaba a ganar guita... En el momento que tomé la decisión fue arriesgado, ya sabía que económicamente iba a tener un retroceso importante, pero la motivación de vivir de esto era fantástica. Aparte, a los 47 o 48 años, con dos hijos... Y mis hijos fueron de los que más me alentaban. Sin proponérmelo, les di un ejemplo muy bueno. Nunca pude darles muchos porque uno es padre como puede y no como quiere, y me gustaría ser una mezcla de Superman y Paulo Freire con mis hijos, pero creo que les di un ejemplo fantástico. 

–¿Y cómo cambió su vida?

–Fue raro al principio. De levantarte todos los días temprano, abrir el negocio, atender a la gente, y un día se termina, no te ponés el despertador y tus hijos se van antes que vos de casa. Me decían cosas terribles, en ningún lugar del mundo los hijos se levantan antes que los padres... ¡me pedían que por lo menos les hiciera el desayuno! (risas) Pero empecé a acostarme más tarde, porque llegaba tarde de los eventos, o me quedaba escribiendo de noche. En el show del año pasado mi hijo decía que todos los padres eran abogados, arquitectos, médicos y yo estaba en Morfi y cuando me tiraban un cacho de carne contaba un chiste (risas). ¡Me decía que era la ballena de Mundo Marino del humor! Qué imagen...

–Hacés chistes de judíos y tiene mucho contacto con la colectividad. Hasta vivió diez años en Israel. ¿Recibió críticas por esto?

–Sería un desagradecido si no dijera que la inmensa mayoría de la gente me trata bárbaro. Tengo una banda de gente de la cole muy pacata, muy conservadora, que les pregunto si tienen miedo de que un chiste mío saque de la duda a un tipo que no sabía si ser nazi o no, pero después del chiste lo definió. Creo que con el humor armé un puente entre la cole y el resto del planeta. Yo lo veo así. Están esos judíos que dicen que los hago quedar como avaros, pero cuento chistes judíos que tienen más de 200 años. Y un amigo me dice que hay muchos cómicos judíos encabezados por (Sebastián) Wanraich y yo, que hacemos aparecer a los judíos como copados pero estamos tapando un plan que se está armando. Nosotros somos la pantalla que distrae a la gente mientras los judíos anda a saber qué están haciendo (risas).

–¿Con quién le hubiera gustado o le gustaría trabajar?

–Quisiera participar en una película de Woody Allen y hacer de su psicoanalista, o ser Portales y estar con Olmedo haciendo de Borges, y me encantaría laburar con Capusotto. Aunque no tiene tantos personajes al lado, ser la voz de fondo que le dice “Usted es judío, Capusotto”. Con esos tres me alcanza.

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