A partir de la decisión del Gobierno de eliminar –con el argumento de reducir el déficit fiscal– el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, creado en diciembre de 2007 por la presidenta Cristina Fernández, esa cartera retornó a su situación histórica, se convirtió en Secretaría y nuevamente estará bajo la órbita de Educación. Ante esta situación, caracterizada por un Ejecutivo que recalcula el rumbo económico y político en cada segundo y da las espaldas a la producción de conocimiento genuino y de bandera, un grupo de referentes manifestó su desaprobación de manera categórica. 

“Lo primero que sentí cuando me enteré fue una profunda tristeza. Sobre todo porque, históricamente, los científicos buscamos la valoración de nuestro trabajo después de atravesar épocas tan penosas donde nos mandaban a lavar los platos. Con la creación del MinCyT durante la década pasada nos sentimos importantes en la medida en que recuperamos autonomía e independencia”, apunta Gabriel Rabinovich, reconocido el año pasado como Investigador de la Nación. Y completa su discurso con una reflexión que rescata la transversalidad del área como valor medular: “El Ministerio era fundamental para pensar las políticas en áreas como agroindustria, acción social, economía y, como es el caso de nuestro equipo, las decisiones en salud a partir del desarrollo de estrategias para la lucha contra el cáncer”.

Desde el punto de vista de Marcelo Rubinstein, prestigioso genetista e investigador superior del Conicet, la miopía del gobierno deja entrever una llamativa contradicción. “Por un lado, tiene una retórica que plantea la necesidad de ‘insertarse en el mundo’ y parecerse a los países ‘que les va bien’; mientras que, por otro lado, descuartiza al sector”. Esta inconsistencia es reafirmada por Alberto Kornblihtt, investigador superior del Conicet y electo recientemente por sus colegas como miembro del Directorio del Conicet. “La creación del MinCyT tuvo un alto valor simbólico que fue acompañado por una política de expansión de la ciencia y la tecnología con asignación de recursos humanos y materiales. El nuevo gobierno destruyó todo eso pese a las promesas electorales. Su eliminación, así como la de los ministerios de Salud y de Trabajo, se suma a las vergüenzas de esta gestión de derecha que está llevando al país al desastre económico y social”, subraya. 

Durante sus casi 11 años de vida, el MinCyT se ubicó como un actor fundamental que articuló la expansión del sector; fomentó la repatriación de cerebros (fugados en épocas menos felices); impulsó la construcción de 90 mil metros cuadrados de laboratorios; robusteció la Carrera del Investigador Científico (CIC) a partir del incremento de los ingresantes que engordaron las filas del sistema –y fueron imanes de elogios y reconocimientos internacionales—; así como también participó como puente privilegiado en la democratización social de los conocimientos a partir de la puesta en marcha de proyectos de comunicación pública y programas de divulgación.   

No obstante, a partir de 2016, tras la asunción de Mauricio Macri al Ejecutivo Nacional, el área de CyT y sus protagonistas, los investigadores solo se toparon con malas noticias. Aunque en su plataforma electoral, el hijo de Franco aseguraba que una de las principales virtudes del mandato kirchnerista –sino la única que reconocía a viva voz– había sido la promoción del conocimiento como valor fundamental para el desarrollo y la soberanía de la nación –y si bien prometió que destinaría el 1,5 por ciento del PBI– hoy el escenario es alarmante. Los subsidios necesarios para que los investigadores concreten sus proyectos no alcanzan ni para empezar, el número de ingresantes se redujo a la mitad, los convenios y acuerdos bilaterales se suspendieron, al tiempo que otras instituciones vinculadas al sector tecnológico –como INTI e INTA, y los emblemas Invap y Arsat– afrontaron profundos adelgazamientos y recortes de personal y partidas de funcionamiento.  

Bajo esta premisa, la disminución del rango del sector puede advertirse como el final de un recorrido tan triste como previsible. Así lo comprende Andrea Gamarnik, investigadora principal del Conicet y una de las científicas más reconocidas de Latinoamérica. “Es un golpe muy duro y un mensaje político que indica que a este gobierno no le interesa la ciencia. La reducción del presupuesto para CyT ya viene de 2016, cuando se inició el desmantelamiento de los proyectos de investigación. A la fecha, los institutos del Conicet están sin dinero, los sueldos de los becarios y los investigadores son los peores de toda la región. Estamos muy desanimados pero hay que seguir adelante. Es la única forma de mantener y defender ese ministerio que tanto tiempo nos costó construir”.

En algo similar piensa Rubinstein cuando destaca que la desinversión y el proceso de deterioro del área ya venían ocurriendo y, en este sentido, la desarticulación del Ministerio solo operó como su fase terminal: “Lo que queda claro es el proyecto de país que tiene este gobierno, sobre todo, si se tiene en cuenta el ahorro que puede llegar a obtener el Estado como resultado de esta degradación en Secretaría”. En este sentido, si no hay ninguna ventaja concreta con el recorte de la cartera, lo que queda pensar es que, sencillamente, no financian las instituciones encargadas de promover los conocimientos, las innovaciones y el pensamiento crítico porque el horizonte del país que tienen en la cabeza no los necesita.

De modo que el fenómeno de degradación institucional no supone ninguna sorpresa. El modelo neoliberal que promueve el gobierno, que apuesta a la financiarización de la economía y favorece el ejercicio especulativo de los grupos concentrados, concibe que los científicos son prescindibles y que sus contribuciones poco tienen que aportar en el engranaje productivo de la nación. Y, bajo este esquema, la historia se repite: si hasta hace poco Argentina repatriaba recursos humanos hoy los empuja al éxodo. “Me preocupa mucho la situación de los jóvenes que no saben si irse o quedarse en Argentina. Además, con la capacitación que tienen en las universidades públicas consiguen trabajo de calidad relativamente fácil en el exterior”, sostiene Rabinovich. 

A contramano del mundo, como si se tratara de un Quijote devaluado, Barañao se aferra al cargo, ahora de secretario, con el mismo argumento con el que viene resistiendo, atornillado a la silla del cuarto piso del edificio de Godoy Cruz en la zona palermitana: “Si me quedo es para garantizar el presupuesto y la continuidad de un equipo humano altamente comprometido con el objetivo de poner a la ciencia y la tecnología al servicio del país”. Aunque a esta altura ninguno de los dos aspectos esté garantizado ni mucho menos. 

En el último tiempo, Barañao negó la existencia de cambios en las líneas fundamentales de investigación del MinCyT; aseguró que se reúne con Macri de manera frecuente para discutir la realidad de un sector recortado; afirmó que prioriza la “federalización de la ciencia” como si todavía el paisaje local se dividiera entre unitarios y federales; y manifestó que la incorporación de más investigadores al Conicet se trató de “un experimento que no anduvo”, como si los científicos fueran roedores de laboratorio y el plan Argentina Innovadora 2020, un holograma. Desde el enfoque de Kornblihtt: “Barañao continúa aduciendo argumentos pragmáticos y no principistas para justificar su continuidad como ministro de otro gobierno y ahora como secretario del ministro de Educación. El tema es que su supuesto pragmatismo nos llevó a la reducción de ingresos y parálisis del Conicet, a la licuación de salarios, becas y subsidios de investigación, al cierre de programas y al incumplimiento de compromisos nacionales e internacionales”.