A propósito del libro de Marcelo Barros
El horror a la paternidad
Si la maternidad puede elegirse, la paternidad no: es el hijo quien elige al padre, a su pesar, plantea el autor. Es “el horror a la paternidad”, definición que le sirve como disparador para una lectura del libro homónimo de Marcelo Barros.

Converso con un hombre que ofrece una perspectiva inquietante sobre la cuestión del aborto: se declara a favor, pero también quisiera que la cuestión se extienda a la función paterna; es decir, propone que jurídicamente haya algún tipo de protección para el varón que, en caso de que una mujer quisiera seguir con el embarazo, no quisiera ser nombrado como padre. Dicho de otra manera: si la biología no es vinculante, que entonces también dejen de ser necesarios los ADN y el reclamo posterior de un apellido. Confieso que, al escucharlo, me corre un hilo frío por la espalda. En principio, podría decirse que no sería necesario legislar sobre algo que ocurre de hecho (varones que abandonan a sus hijos), pero éste argumento no es bueno. Lo importante es que él busca un correlato del derecho al aborto para el varón. Esto es lo que (me) duele: la tensión entre derecho individual y filiación; en su planteo de un derecho para el varón (que no quiere ser padre) vulnera el derecho del hijo a la identidad. Sin embargo, él agrega que no puede decirse que el hijo ya es hijo si antes el padre decidió no serlo. Que tampoco tendría sentido dar argumentos genéticos. Incluso puede argüir que así como el embrión no es una persona, el niño no tiene por qué ser filiado necesariamente. Su planteo es inquietante, tanto que (me) asusta. Sólo puedo decir que es un síntoma de nuestra época, que olvida que si la maternidad puede elegirse, la paternidad no. Es el hijo quien elige al padre, a su pesar. Éste es el “horror de la paternidad”, que quizá pueda desaparecer alguna vez.

Con esta conversación de fondo fui leyendo el nuevo ensayo de Marcelo Barros El horror a la paternidad. En castellano, como suelo decir, el sujeto está en la preposición: un pequeño cambio (de “de” a “a”) hace a dos épocas diferentes. 

Primero diré que Barros escribió un libro diferente, un libro indispensable para los tiempos que corren. Porque es un libro que no explica psicoanálisis, que no se agota en el comentario de frases del stock Freud-Lacan, sino que muestra cómo un analista reflexiona a la luz de los debates de actualidad en torno a las llamadas “cuestiones de género”. Con un tipo de escritura dinámica y fluida, de acuerdo con las entradas de un diario (como si el libro hubiera surgido de posteos en la red social Facebook, algo que con éxito ya han hecho escritores como Alberto Giordano, Daniel Gigena, etc.) Barros piensa a través de episodios cotidianos y lecturas circunstanciales (artículos en revistas y periódicos, entrevistas en Youtube, etc.) para elaborar algo más que una opinión –nada más horroroso que la “opinión ilustrada”–, nada menos que una crítica de la razón políticamente correcta, con motivos clínicos. 

Quisiera mencionar tres ejes que atraviesan el libro. Seré breve con los dos primeros. Por un lado, una interpretación del ascenso del feminismo en el ámbito público. Barros tensa la cuerda para destacar la pluralidad del feminismo, el riesgo de que la voz pública se vuelva un pensamiento único y, eventualmente, una obligación (“hay que ser feminista”). Es cierto que el feminismo se ha vuelto un fenómeno de masa, pero afortunadamente las feministas más interesantes de nuestro tiempo se encuentran pensando estos problemas. En todo caso, la deriva de la discusión con el feminismo lleva a situar los aspectos pospatriarcales de la sociedad contemporánea, también llamada sociedad de capitalismo avanzado, sociedad de control, sociedad líquida, etc., pero ¿acaso la conversación mencionada al principio, no muestra que puede haber una necesidad regresiva de la hipótesis del patriarcado y la dominación (pensada imaginariamente con la relación del verdugo y la víctima) como una forma de encubrir una violencia radical, la de la ruptura de los lazos sociales? 

Esta pregunta conduce a un segundo punto, a la cuestión de lo que llamaré “clínica del soltero”, es decir, la de aquellos que hoy en día no sólo deciden no tener hijos, sino que viven una sexualidad no interpelada por el otro. Si la clínica freudiana tenía en su centro el acto del matrimonio, en la medida en que el síntoma es una respuesta a esa exigencia que desde la cultura del siglo XIX imponía que, antes de cierta edad, un varón o una mujer enlazarán su vida al otro sexo (a ese Otro que es el sexo, independientemente de la anatomía); en nuestro tiempo, cualquier cosa puede anteponerse a la determinación sexual, un viaje, un posgrado, la búsqueda de un empleo mejor y demás derivas de la realización de la persona. En este punto, los dos ejes principales (el feminismo y la soltería) llegan a una conclusión precisa: mal se ha hablado de una “feminización” del mundo, cuando en realidad se trató de una crisis de la virilidad, de la destitución masculina que hace que a los varones el heroísmo les termine dando “paja” y a las mujeres de hoy la histeria les quede grande. En un  mundo en el que “Ya no hay hombres”, sólo queda preguntarse “¿Dónde están las histéricas?”. 

Así llegamos al tercer punto: la paternidad. Sin duda es un tema central de la clínica del psicoanálisis. Incluso está en el corazón de la herencia freudiana. Cuando Freud dijo que no hay nada más difícil para un varón que la posición pasiva respecto de otro varón, ¿de qué manera podría salirse de esta encrucijada? La respuesta es precisa: sólo a un hijo se le permite el parricidio. 

Para explicar este punto quisiera recordar dos situaciones con mi hijo. Hace unas semanas vimos la última película de la serie Cars. En esta ocasión, el protagonista ya es un auto viejo y le cuesta competir con otros más modernos. Durante toda la película se entrena hasta que llega el día de la gran competencia y, en el medio de la carrera, el protagonista decide hacerse a un lado y convertirse en entrenador de otro auto (un auto que, además, ¡es mujer!). ¿Qué ocurrió en el medio? Recordó a su propio entrenador (que también era un auto campeón) y otro le dijo que éste habría dicho que nunca fue tan feliz como cuando lo entrenaba.

La segunda situación. Mi hijo todavía me pide cuentos antes de dormir. El tema es que como está fanático del fútbol, los cuentos clásicos ya no le interesan. Entonces busqué historias de Boca para contarle. El otro día le conté que hubo una vez un 25 de octubre de 1997 cuando fue el último partido de Diego Armando Maradona. El no sabía que ese iba a ser su último partido. Además, jugaba contra River. Al entrar a la cancha, Diego fue a saludar a su archienemigo: Ramón Díaz, con quien había compartido selección en 1982. Diego le dio la mano y el gesto seguro quiso decir mucho más que lo que ambos imaginaban. Después, empezó el partido: primero, gol de River, tristísimo. Desesperanza. Hasta que Diego pide salir de la cancha, para que entre un muchacho que se llamaba Juan Román Riquelme. Al ratito, gol del “huevo” Toresani y, para concluir, Martín Palermo selló el partido. A los pocos días, Diego avisó que no volvía a la cancha. Para ganar, él tenía que salir. Era el turno de la nueva generación. Así fue que muchos años después, Palermo le pudo devolver a Diego ese gol que hubiera querido hacerle a River, cuando clasificó a la selección para el mundial un día de mucha lluvia. Y Diego gritó ese gol más que uno propio, porque ese el misterio de la paternidad, lo que tanto horror causa en el mundo contemporáneo: que no sólo somos felices con nuestros actos, sino también y fundamentalmente con los de otros, y en eso consiste el amor entre padres e hijos, la filiación, la subjetivación de la deuda, la castración y todas las demás cosas que dicen los psicoanalistas que –como decía Silvia Bleichmar– son mejores cuando son de Boca.

Es posible que ya no vivamos en una sociedad patriarcial, sin embargo las raíces del Patriarcado todavía están fuertes. Lo demuestra el debate sobre el aborto y que los argumentos basados en cuestiones de salud pública no fueron suficientes. La fuerza reaccionaria de quienes decían defender la vida no se basa en una oscura metafísica de la persona (que el embrión es un humano); más bien, el núcleo de la discusión pareciera ser algo que no llegó a instalarse, que es la relación entre Estado y Filiación: ¿cuándo un niño es un hijo (no una persona)? ¿Podemos gestar niños que no estén filiados? No hablemos de personas, tampoco digamos que el embrión es una semilla. Lo biología es una ciencia que muchas veces dio motivos a los gobiernos totalitarios, así que nada que digan los biólogos puede ser concluyente sin más. ¡No al uso metafísico de la biología tampoco y menos al aristotelismo de la potencia y el acto! Porque también hay una situación que existe de hecho: la manipulación de embriones; incluso el derecho de un donante de esperma a permanecer en el anonimato. Incluso el de una gestante que luego cederá el niño a otra persona para que sea su hijo. Por lo tanto, si las técnicas reproductivas actuales (incentivadas por el mercado) ya separaron al niño del hijo, ¿por qué el Estado no aprobaría el aborto que, en todo caso, no es más que una situación particular? El horror a la paternidad en el mundo contemporáneo es la antesala de algo que ya entrevió la ciencia ficción: niños gestados por fuera de cuerpos humanos. He aquí el punto en que el libro de Barros lanza una especie de advertencia: la otra cara del progresismo es la segregación, la civilización puede ser la continuidad de la barbarie por otros medios, el planteo de las cuestiones sexuales en términos de derechos liberales puede llevar al individualismo de quienes renuncian a la transmisión, los narcisistas cuya vida empieza y termina en ellos (y ellas), quienes –como dice un poema de Silvina Ocampo– “prefieren morir por no sufrir y, sin embargo, no mueren”.

* Psicoanalista, doctor en Filosofía y en Psicología por la UBA. Coordinador de la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de Más crianza, menos terapia (Buenos Aires, Paidós, 2018).

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