Opinión
La víctima y el victimario
Imagen: NA/ HORACIO GOMEZ

En este contexto, el jurado popular de Campana consideró que Daniel Oyarzún, quien había aplastado a Brian González con su auto contra un semáforo después de perseguirlo porque le había robado 5 mil pesos de su carnicería, había actuado en legítima defensa y lo dejó libre. 

Es para debatir que haya sido un jurado popular el que dictaminó. Soy de la idea de que los medios y el gobierno también presionan a los jueces de carrera. Ejemplos actuales sobran. Con lo que la cuestión no radica en que haya sido un jurado popular, sino que cualquiera de las facetas de la justicia que existen hoy día tienden a ser funcionales a este criterio de la realidad: podés aplastar con tu auto por un robo, podés matar en defensa propia. “Podés”, que no es lo mismo que el estado excepcional de un caso. El mensaje es que podés hacerlo. Más aún: cuando el Presidente recibió a un policía (Luis Chocobar) que mató por la espalda a un joven que no podía herirlo porque tenía un cuchillo y no un arma de fuego, y con el cuchillo corría en sentido contrario, da el mensaje de que no sólo es que “podés” matar en defensa propia, sino que es el mejor camino. 

A diferencia de un tribunal, el fallo de un jurado popular habla más de lo que representan esos valores en la sociedad en forma más amplia. El fallo no sólo dice que es lícito matar en legítima defensa, sino que extendió los límites de la legítima defensa a la persecución y recuperación de los bienes, es decir, ligó la idea de defensa y de persecución, que en el tiempo real tienen una notable distancia. Acciones, tiempo y distancia geográfica (sentirse alterado, decidir tomar las llaves, subir al auto, perseguir una moto y no otro auto o una camioneta más grande, acelerar durante cuatro cuadras y no aplicar el freno hasta aplastar al perseguido, que no es lo mismo que ser asaltado con un arma de fuego, tomar otra arma y disparar). Si en lugar de un robo hubieran secuestrado a un familiar del comerciante, es comprensible que esa dilación entre el momento del hecho y la persecución se acorten, porque la violencia de la que hay que defenderse continúa, la persona querida está secuestrada. No está claro que sea el mejor camino, pero es comprensible la acción. 

Pero no era la vida de un familiar querido sino un fajo de billetes que, por más que cueste lo que cueste obtenerlos, no tienen comparación con los valores que se ponen en juego. No es un pensamiento inmediato sino una reacción lógica establecida en el consenso y los discursos que atraviesan la sociedad. Por eso, no es fruto de una reflexión sino de un automático. Pero no es el automático defensivo sino el automático agresivo (la persecución, la de sentirse capaz y no amilanarse, que no tiene nada que ver con defenderse para que no lo maten).

La foto que nos podemos hacer hoy del pensamiento de la sociedad, o al menos una parte importante de ella, es que defender la propiedad y los bienes es un valor más alto que la vida propia, ni qué decir de la vida de los demás, y mucho menos la vida de alguien que desde casi todas las perspectivas parece que no merece vivir.

Mientras para defender los bienes se ponga en riesgo la propia vida y la de los demás, los resultados van a ser los mismos: la vida no vale nada, y por supuesto, es un criterio que trasciende lo penal y vemos todos los días como se extiende sobre la vida cotidiana devaluada.

Por eso, además de modificar el criterio de la balanza, se debe incluir entre los valores el de la vida de quien comete el delito (o presuntamente lo comete). Son principios que no se pueden eludir. No por principista sino todo lo contrario, por pragmático. Porque si no, ocurre lo que ocurrió en el juicio: la víctima era el imputado, y el victimario, el muerto. Uno de los testimonios que se escuchó fue el de la hermana de Brian González. La testigo es policía de la Bonaerense. Lo primero que dijo fue “quiero que se haga justicia, porque una vida vale mucho y no se compara con ningún bien material”.

Tratándose de una policía, la doctrina Chocobar tembló en su estructura. 

Duró poco: al cerrar su exposición dijo que su hermano, Brian, “no merecía morir de esa manera porque no era un delincuente”.

El jurado popular escuchó, muy probablemente consideró que era la hermana, y que lo defendía más allá de que fuera un delincuente. Después dejó a Brian González en el casillero de victimario, y lo condenó.

Y la víctima salió libre.

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