Para John William Cooke

¿Acaso se apagan los nombres, fallecen las pequeñas luces que cruzan el cielo y a veces confundimos con extraños deshechos satelitales? Estaríamos tentados a decir que Cooke vive, con un empecinamiento que caracteriza a todos los seres vivos –puesto que de allí lo tomaron las religiones–, para dotar de eternidad a todo lo que ha sucumbido. Puro voluntarismo que no inmuta a ningún ser que entiende que es perecedero porque todo lo es. Como esta declaración de que vive alguien despojado de la vida, que solo habla del empeño de declararse a uno mismo el apéndice duradero de una memoria. Ilusión. De nada sirve que le adviertan que ya no es tiempo, que unas pesadas hojas de acero laminado se han dado vuelta a sus espaldas. Si no escuchó el estruendo, allá él. Pero igual ensayamos, cotejamos, modulamos. “Cooke vive”. No ha sonado mal, pero aun así hay un pequeño zumbido, allá en el fondo de esa exclamación, que casi hicimos en sordina. Y la perturba, la ahueca. Es algo que dice que aún falta un tramo más, una pizca mayor de autenticidad, para dar verosimilitud a lo inverosímil.

¿Pero no asistimos al desplome de las antiguas fraguas revolucionarias, no vimos los restos que sobreviven convertidos en huesos roídos que pueden no haber tomado en cuenta su amarga y ritual senectud? ¿Su talmúdica piedra de granito conmemorativo en el lugar donde antes había sorpresa, peligro y adversidad? Precisamente por eso, Cooke no tiene nada o casi nada. Una calle en Mataderos, es claro, allí corresponde pues se cumple una modesta correlación con la huelga del Frigorífico Lisandro de la Torre. Era el año 1959. Ha sido demolido hace tres décadas. Pero ni Lisandro de la Torre ni Cooke dependen de calles o edificios para avisar a los caminantes que siempre pisan ladrillos que juegan a sobrevivir, apenas un poco más que la denominación que el cuerpo de legisladores le ha dado. “Cooke vive”. Sigue sonando enterizo, decidido, pero con el sentimiento de que hay un falsete en la nota final. Porque siempre está el que nos señala alrededor. ¿No vez tal cosa, tal otra? Los tiempos cambian, la revolución técnica, flybondi, el wasap, la robotización, todos los dirigentes sindicales aprendieron esa palabra. ¿Y el cambio climático de aquí a poco que anegará los grandes balnearios del mundo, sobre todo los de los magnates, sin que se precise de expropiadores ni de revoltosos?

Y además, ese nombre irlandés. Claro que ayuda a recordar. Es rotundo, introduce la rareza o la escasez donde hay plenitud de criollistas, que saben bien que Cooke era la rosa blindada, si leía los Manuscritos de Marx de 1844, es porque era el sempiterno joven nacionalista revolucionario que se inclinaba sobre esos célebres textos. Pero el recordador, si no es un historiador profesional, tampoco debe considerarse parte de los postreros fieles, los discípulos de los últimos días que ni siquiera esparcirán los mensajes calcinados. Tiene que buscar otra solución. Una frase brota aun húmeda del suelo. Viviré en la memoria de los que me han querido. La escribió Cooke en su testamento, escritura de un descreído, de un irónico, que a veces son las precondiciones secretas del esperanzado. Pensó en vísceras para estudiantes de medicina y en cenizas al viento. Sarcástico, indicó alguna lagunita. Pero estas fueron vertidas –no hace mucho–, en el Río de la Plata, tan enigmático como siempre, dadivoso y siniestro.

Y es así que vive, gracias a cientos de epístolas de reniego, revolución y disputa. Cuitas de un tiempo anterior, porque todo tiempo nace anterior. Mi querido Bebe de aquí. Mi querido jefe de allá. Plan de Operaciones que va y que viene. Y en esas epístolas de exilados, esa infinidad de nombres, algunos devorados por la ciénaga, otros que, mutantes en lo que fuera necesario, actuaron hasta no hace mucho. Tal que fue torturado y no cantó, este otro que está para las más altas cuestiones de honor, aquel de más allá, dudoso como una sierpe en la llovizna, dice una cosa y hace otra. Y estas cartas, las suyas, mi querido jefe, que indican una cosa que otra carta posterior desmiente o relativiza. No es bueno; me tomo el atrevimiento de decirlo. Sí, no sucederá nuevamente. Pero hablo, hablo y no me escucha. Hay olaje interno contra usted, querido Bebe. Y así, como en la Cartas Persas de Montesquieu, como en las Relaciones peligrosas de Chorderlos de Laclos, como en las Cartas de la Cárcel de Gramsci y Graciliano Ramos, aquí tenemos un conjunto de cartas donde los corresponsales eran conspiradores, perseguidos o ilegales, escribían en clave y con artificios de carbonarios. Y es así, pero no solo así, que en la forma de un correo epistolar, se abre entonces la conciencia política para la letra del recuerdo y para las cenizas revoloteantes, que recobramos aunque sea un instante bajo el nombre de John William Cooke.

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