Cushamen

Lautaro descendió hacia la costanera como tantas otras veces, sólo que en una diferente situación. Había pasado por su casa, para tomar todo lo que había preparado para un largo viaje. No sabía bien hacia dónde dirigirse, tal vez en principio hacia el hacia el cañón de Rio Atuel. Acababa de dar su última clase y sabía que ya no volvería a la escuela ni tendría la ocasión de regocijarse con el intercambio, las preguntas y las vicisitudes propias de un aula. Muchos lo habían saludado como si fuera  el mejor momento de su vida, lo cual no era cierto ya que lo estaba ganando una progresiva nostalgia. Los reflejos del sol otoñal transformaban la arboleda de la gran avenida y los cristales de su auto lo reflejaban germinando en un circuito doble donde la imagen retornaba ensimismada, como insinuando que viajaba acompañado. Siguió por la costanera hasta llegar a la autopista y girar hacia el oeste, donde la ciudad se hace campo. Conducía atento a la evanescencia del horizonte que le permitía mirar a su pasado que se encontraba, como era lógico, delante de él, no era añoranza, no, sino que se adentraba a una disyuntiva final puesto que su vida culminaría en breve. De tanto en tanto, a través del cristal miraba la extensa llanura despoblada que se movilizaba a su costado y esa tierra sin presencia humana, que irrumpiese en la invisible eficacia del tiempo, envolviendo la misteriosa manera de la memoria, que ante esa vastedad le recordaba ahora, algo que su profesor de lógica le había dicho: lo que busca la completud se torna inconsistente. Quizá lo dijo, pensó, porque había advertido en él una cierta desmesura. Había abandonado su lugar natal y había hecho de todo para integrarse. Había logrado el título de profesor de ciencias sociales, había aprendido otras lenguas, había formado una familia, había condescendido sin objeciones a los argumentos, incluso las sinrazones de su contexto, puesto que siempre había evitado hacerse notar. Pero ese largo periplo de su existencia culminaba y ahora… El vuelo de un pájaro planeando en círculos y describiendo una especie de espiral que lo deslizaba por el mismo circuito le recordó un signo adecuado de su presente… Vio al pájaro descender sobre un punto al costado del camino, el punto se fue agrandando hasta definir la figura de una muchacha de aspecto muy humilde que vendía unos atrapa sueños. Una imagen imprecisa, vertiginosa, atravesando la corriente de una vida subyacente ofuscó su mente. Detuvo el auto y con sumo cuidado retrocedió hasta el puesto de la muchacha. Le pareció que la conocía de otra vida, como si en lugar de conducir por la ruta, se desplegase en otro espacio, un espacio inefable, extraño, que abolía el mundo circundante. La muchacha le ofreció un atrapa sueño que tenía la forma de la Luna y cuando lo adquirió lo saludó en su lengua aborigen. Chaltu. Lautaro le preguntó si lo que hacía le bastaba para sobrevivir. La muchacha sonrió y le dijo: apenas, pero… me da mucho placer enterarme en el pueblo, de tanto en tanto, que mis atrapasueños cuelgan de la cuna de los niños y de los ancianos. Lautaro sonrió y se despidió con una emoción extraña que no podía definir. Una multiplicidad de sensaciones encontradas le recordó a sus padres, que habían emigrado de sus tierras infértiles, su padre, un humilde jornalero que no sabía leer ni escribir, pero que le había enseñado a leer en los signos de la naturaleza: Lautaro ¿Qué dice el agobiado ramazón del sauce después de la tormenta? O incluso en los del multiverso y su cósmica escritura… Lautaro: “Aprende del misterioso movimiento en rotación de los planetas que conjuga la unión de lo diverso”. Tal vez por eso, su padre se había empeñado en educar a sus hijos… A él y a su gente le debía la mínima diferencia que cubre la identidad de un pensamiento; un pensamiento que ahora le afloraba y le hacía girar el rumbo hacia el sur, para adentrarse en las entrañas de su tierra olvidada, arrasada por la vacuidad de una cultura impiadosa que ignora la indigencia de la gente. Hacia el anochecer, detuvo la camioneta al costado del camino. Hacía mucho tiempo que no miraba el cielo estrellado como se ve en el nuestro, La constelación de Orión y la Cruz del Sur dejaron de ser meros nombres, iluminando uniformemente la mágica extensión floral de los campos en septiembre. Bajo ese influjo sintió que no se dirigía hacia un lugar determinado sino hacia una dimensión de tiempo inexplorado, susceptible de añorar un mundo futuro, diferente, donde la tierra, el espacio y el tiempo no fuesen un privilegio de algunos sino de todos. Tuvo ganas de recostarse sobre la tierra aspirando el sortilegio que emanaba de ese campo que durante siglos había soportado la expoliación y la conquista del que quiere tener, explotando el privilegio de una diferencia. Un aroma lo envolvió perfumando un trozo del pasado en el ensueño que pareció levitar en su memoria. No supo si se encaramaba en un ardid del tiempo que lo conducía hasta su casa vieja, pero sí supo que la transformación de lo extraño, le devolvió las presencias  que no eran sólo sombras. De repente, sintió que despertaba el hombre sumergido, recostado en la aspereza de su tierra mientras la noche elevaba la fractura de un quebranto, develando en el canto de su gente la tristeza. Pensó en lo que le había dicho la muchacha del camino, en esa pequeña obra que la hacía feliz. Agregar algo al mundo, no cualquier cosa, un atrapasueño. Lo había decidido. Retomó la ruta cuarenta, decidido a ir hacia Cushamen… lugar desértico. Cushamen, la tierra donde había nacido y a la que ahora volvía después de todos esos años. A medida que avanzaba resurgía la rebeldía de no ser el silencio que se impone, al yacer sobre el légamo profundo después de la borrasca… Pensó en la posibilidad de escribir su experiencia para darla a conocer en un diario. Sin darse cuenta, el tiempo pasó de una manera inconcebible y ya estaba en las inmediaciones de su destino, cuando divisó un grupo de gente que lo detuvo. Un muchacho se acercó y le dijo: No siga, que la infantería ha matado a un muchacho y está reprimiendo a nuestra gente. Dudó por unos instantes, incluso estuvo por retroceder, pero mirando un reflejo de su rostro en el cristal sobreimpreso a la potencia fugitiva de lo real, se preguntó en voz alta: ¿Cómo puede sentirse un hombre, si sólo está satisfecho de sí mismo? Sin dilación se dirigió hacia Cushamen.

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