La Michoacana

La historia  de Serginho, como lo llamaban de pibe, rebalsa de anécdotas intensas. A los 11 ya era conocido en el ambiente del fútbol, por su talento y por su apellido. Todos, o al menos gran parte de la gente relacionada con el baby fútbol, habían escuchado hablar de él.

Nico fue una tarde con su rastrojero hasta la casa de los padres de Sergio, en Barrio Moderno, y me consiguió  el número que me había prometido.

-¿Hola bestia, cómo estás papá? Disculpá, no me acuerdo de vos, tengo un mambo en la cabeza…

Hubo varias idas y vueltas hasta que  un lunes por la tarde fui a visitarlo a la ciudad de Álvarez, a unos 20 kilómetros de Rosario, dónde  vivía hacía poco más  de un mes, y nos sentamos a tomar unas birras en un barcito cerca de la plaza.

Me habló de  todo el periplo que desencadenó en su partida hacia la tierra del chavo. De ser una figura a la altura de nombres como Messi, para luego ir a probar suerte a River y volver por extrañar a su familia.  Pasar por Renato Cesarini, donde el mítico indio Solari, el del fútbol, lo apadrina y lo lleva a Atlético Tucumán, hasta que finalmente,  por indisciplina y por extrañar el barrio, abandona.

Sentados junto a una ventana  desde donde veíamos una de las calles principales del pueblo, ergio se manejaba con naturalidad, como quien patea las calles desde chico.  Yo quería ser cauto con mis preguntas, él siempre me sorprendía. Es que su carisma y su sentido del humor lo convierten en un personaje inevitable.

De chico asombraba a propios y ajenos con su talento, (yo lo sufrí más de una vez en los entrenamientos), tenía la pelota atada al pie, y la llevaba con mucha velocidad, tan cerca que cuando estirabas la pierna para quitársela, él ya estaba definiendo. Y eso que yo tenía mis habilidades para defender. Pero Sergio era un distinto.

Las mismas habilidades las tuvo (y las tiene) para captar la atención de cualquier desprevenido. Esas que lo llevaron a hacer estragos dentro y fuera de la cancha, en Rosario, en Tucumán, en Bolivia, y también en México. Porque es de esas personas que tienen talento hasta para caminar. Con 20 años lo vieron unos representantes mexicanos y se lo llevaron, deleitados con su gambeta y con su picardía.

Conquistarlos le costó muy poco, el mismo tiempo que tardó en perder el respeto, por su indisciplina. Nunca entendió que estaba en juego su carrera profesional. Pero el pibe de barrio, el “cara sucia” del potrero, no abandonaría la irreverencia.  Si estaba preparado para jugar con el estadio lleno, es una pregunta irrelevante. ¿Acaso alguien puede estar listo para sobrevivir a las aventuras que vendrían?

Para ese tiempo lo echan  de la pensión y queda en la calle. Pero como todo busca zafó durante  unos meses viviendo en casas de mujeres  con las que había curtido, hasta que se fueron cerrando las puertas.

-Tuve que pedirle a una familia que vendía tacos, que no conocía, que me haga la segunda para no dormir en la plaza.

Al tiempo empezó a jugar en torneos informales, de lunes a lunes. Se había corrido el rumor de que el jugador “estrella” de los aurinegros estaba libre de contrato, y lo querían de todos lados.  Y así comenzó a hacerse conocido en todo Veracruz, ganando más del sueldo que le ofrecían en los aurinegros.

Un día llegó una oferta que cambiaría el rumbo de las cosas. Se fue a jugar al campo, a Irapuato, la zona del bajío mexicano, con las mismas condiciones, pero por mucha más “lana”. Pero las cosas en México estaban complicadas. Ahí conoció al Java: la puerta de entrada. Al tiempo viajó para Zicuiran, en el estado de Michoacán, donde le presentaron al Mono, mano derecha del jefe de la familia Michoacana.

Los primeros meses en el equipo de “La Familia” fueron, de alguna forma,  “exitosos”. Pero las cosas no tardaron en ponerse cada vez más difíciles.

-El jefe de todo eso era la Tuta, un profesor de primaria, que vos lo veías y era un fenómeno, pero era el que manejaba todo el show.

Ni bien se enteró cómo venía la mano se refugió en lo de un hermano que había llegado desde España, pero “La Michoacana” no era moco de pavo. Así tuvo que dar la cara, y terminó metiéndose en un laberinto muy turbio. Para colmo la rompía, y le ofrecían cada vez más guita, el “che” les daba lo que necesitaban: jerarquía futbolística para ganarse el respeto entre los cárteles de México, e iban a hacer todo por retenerlo.

De la mano de su estrella llegaron a la final del Campeonato Nacional, pero por algunos errores del técnico terminaron perdiéndola. A éste le costó su vida, y la de su familia. Ya no había vuelta atrás. Sergio trabajaría para uno de los cárteles más violentos de todo México.

Al poco tiempo formaba parte del maneje de la Familia. Conducía una camioneta con la que iban a controlar que el negocio funcionara. Su novia, la hija de uno de los pesados, quedó embarazada, y eso fue una sentencia, de ahí en adelante todo ocurrió con mucho vértigo. Se involucró en una mafia que no maneja ningún tipo de códigos, donde la vida no vale nada. Meterse con la mujer de alguien se paga con la muerte, y Sergio fue testigo.

La gota que rebalsó el vaso fue cuando lo dieron por muerto. En Rosario empezó a correr el rumor de que lo habían decapitado, y eso lo interpretó como una amenaza. Dos días tardaron en desmentirlo, y desde ese momento su familia iba a hacer lo imposible para que regresara.

-Fui a un pueblo donde estaba mi hermano, me escondí ahí por dos semanas más o menos, hasta que me mandó un pasaje un tío, y ya de ahí me vine para Argentina, 2011 creo que fue. Y me escapé de todo ese problema.

Pasa su cuñado por la puerta del bar y Sergio lo saluda, la mujer le manda mensajes pero no los contesta. La tarde se consume y yo tengo que volver a casa. Pienso que quizás, algún día,  tenga el privilegio de volver a encontrarlo al pibe que alguna vez tiró paredes con Messi, y vuelva a mantenerme expectante durante algunas horas, como quien disfruta de un gran espectáculo.

 

 

 

 

 

 

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