Hospital Francés, la novela de Daniel Gigena sobre el amor en los tiempos del sida.
Lazos de sangre
La relación entre Daniel y Jorge es narrada en dos momentos de la historia: los 90, cuando el diagnóstico de VIH se llevaba como sentencia de muerte, y la Argentina posmatrimonio igualitario. Daniel Gigena condensa 20 años de violencias en un libro breve y la vez larguísimo.
Imagen: Ingrid Müller

Impresiona cómo Hospital Francés del periodista cultural, editor y crítico Daniel Gigena podría también llamarse Respiración artificial. Dividido en dos (“Hospital Francés” y “Veinte años después”), al texto parece despreocuparle la ficción y minimiza entonces cualquier tentación de ligarlo con referentes externos. Por ejemplo con Jorge Alessandria, a quien va dedicada la edición del sello Caleta Olivia. Jorge es el nombre del protagonista, víctima de los tubos de oxígeno de fines de los años 90 en el extinto hospital privado; Carlos es un amigo y... ¿Daniel mismo es el narrador? ¡¿Qué importa?! Acá importa la rabia de una escritura directa en la que es todo tan real que respira sólo, aunque necesite ayuda.

1997, fin de fines: Jorge vive con VIH y morirá. Hace calor, reina el hastío y abundan los trámites. Menemismo en su último tramo y el aparato médico dispuesto a dividir lo que un dios (sí, ese dios al que se invoca en estas páginas) y la marihuana han unido. Hospital Francés revela cómo era hasta hace... hasta ayer nomás, ser una pareja de putos frente a enfermeras y enfermeros, obra social, empleadores, médicos, padres y madres. Qué rompía ese presente y a qué pasado remitía (“Odiaba el pasado” dirá quien narra). Quién “contagió” a quién y cómo fueron los 80 y los 90 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y en quienes frecuentaron mitos nacientes como Juan Calcarami y Sergio De Loof. Tan honesto es el punto de vista del relato que insiste en el odio como motor hasta de la esperanza. 

Veinte años de violencias concentradas en un libro breve pero larguísimo. Ante los padres, los personajes eran sólo amigos. Leída desde el presente, esa “lengua de eufemismos y omisiones” (los novios como “just friends” para no matar de un disgusto a nadie) lejos de resultar risueña, es humillante. No poder decirle a los padres y recibir dinero como parte innominada del pacto. En esa falta de concesiones a la broma superadora o al chiste inherente de aquel que como ya vivió para contarlo, hoy lo cuenta relajado, Gigena es grave. Suena grave porque fue grave.  

En la segunda parte, la narración se enrarece y el autor despliega un registro bien diferente al anterior. Entre hombres casados, discos de la zona sur y cines, la palabra “entangada” será clave. Ya existe el “matrimonio igualitario” y ya existen en Nueva York las pastillas que previenen la transmisión del virus. En el hogar familiar hasta hay una crónica en formato libro sobre la gesta de la ley sancionada en 2010 (es el único libro ahora, porque en la aventura anterior no había ni computadora; sólo libros y más libros). El recuerdo del difunto es permanente y el misterio también. ¿Cómo reinterpretar (o “reparar” dirían algunos juristas contemporáneos) aquello? ¿De qué se trató y por qué si terminaba así? Entre otras conexiones, Hospital Francés le habla a la historia y puede interpelar a quienes, posigualados, ignoran los sometimientos padecidos. ¿Qué hay de nuevo y por que mientras tanto envejecimos? Gigena está repleto de material y construye su obra con medidas justas. Maestro mayor.

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