La número uno, con dirección de Tonie Marshall y actuación de Emmanuelle Devos

Desigualdades en un thriller político y empresarial

Siempre tendremos a Emmanuelle Devos, una actriz capaz de brillar incluso en aquellos momentos en los cuales el guion amaga con desvestir al personaje de ocasión de sus complejidades. Es lo que ocurre en algún momento del más reciente largometraje de la experimentada realizadora y actriz francesa Tonie Marshall (La belleza de Venus), un thriller político y empresarial en el sentido literal de la expresión, concentrado en el detrás de bastidores de una lucha de poder en el ámbito de los negocios del más alto nivel. La número uno también es una película con una agenda contemporánea: la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, en este caso aplicada a los puestos jerárquicos de las compañías más importantes. La palabra CEO es conjurada por los personajes, en particular –siempre con algo de sorna– por el padre de la protagonista, un profesor universitario de filosofía a la vieja usanza que observa con justo orgullo los logros de su exitosa hija al tiempo que no puede evitar ver en ello una suerte de gran contradicción interior.

El guión de Marion Doussot y la propia Marshall no es sonso y elige como ámbito de expertise de Emmanuelle Blachey (Devos, desde luego) la producción de energía sustentable  –problemática industria farmacéutica–, haciendo de la protagonista un modelo de liderazgo en un ambiente masculino. Y que, además, habla perfecto chino mandarín, rasgo ideal a la hora de hacer negocios con el gigante asiático. No es casual que un grupo de mujeres poderosas, comandado por una veterana luchadora por los derechos femeninos (Francine Bergé) termine eligiéndola posible candidata para un puesto que pronto estará vacante: la dirección de una empresa de distribución de agua potable, una de las compañías más importantes de Francia, manejada en parte por el estado. El agua es también el medio catalizador de una tragedia personal del pasado remoto, trauma de origen al cual el relato volverá en más de una oportunidad.

Podrá pensarse que el villano de la historia es un tal Beaumel (Richard Berry), un prestidigitador y monje negro acostumbrado a mover los hilos del poder, pero en el fondo el mayor enemigo de Emmanuelle no es otro que el mismo sistema. Arriesgarse y pegar el salto o quedarse en el molde, se pregunta la protagonista, consciente de los enormes riesgos laborales, personales y familiares que trae aparejada la primera de las opciones. La número uno hace de ese intríngulis el principal polo de atracción narrativo, sumando enfrentamientos públicos y privados, revelaciones de corrupción y alguna muerte inesperada, todo ello de manera metódica y regular. Al mismo tiempo que la trama se espesa, el “tema” pierde un poco de fuerza y cualquier disquisición sobre la lucha feminista se ve superada en interés por los resortes del suspenso, una partida de ajedrez con movimientos de piezas algo previsibles.

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