Opinión
La indefensión, la lengua y las armas

Entre las mayores perversiones del neoliberalismo, que en la Argentina encarna el macrismo, figura de modo central, aunque oculta por la canalla mediática, una resignificación lingüística que pervierte el sentido de los conceptos que maneja la sociedad. 

Ya cuando el ataque a las Torres Gemelas neoyorquinas, en septiembre de 2001, el gobierno norteamericano se dio a la tarea de buscar y emplear lingüistas, para que, como analistas de vocablos que utilizaba la sociedad, pudieran identificar terroristas de acuerdo a las palabras que se usaban en los emailes, que ya entonces empezaban a ser materia pública, con lo que de paso desaparecía la hoy inexistente correspondencia privada.

Se sabe que la CIA y otros organismos de control político contrataron miles de esos analistas, con la misión de detectar en millones de emailes palabras circulantes que permitieran identificar a posibles, supuestos sujetos peligrosos para la seguridad interior amenazada. Es lo mismo que sucede ahora, y cualquier lector puede hacer la prueba: escriba usted un mail o haga un comentario en FB o TW diciendo que le gustaría conocer Bali, Dubai, o el pueblo que se le ocurra, y verá que, oh casualidad, le llegan propagandas turísticas incluso desde medios digitales que usted ni conoce.

Con ese mismo empeño utilitario, el neoliberalismo se dio a la tarea de desvirtuar el sentido de las palabras, así como a modificar definiciones y contenidos mediante recursos de lenguaje muy sofisticados. Por caso, y al voleo: conceptos como república, institucionalidad, justicia, honradez, calidad educativa, emprendimiento, corrupción, patria, cooperación y muchos más han sido, todos, reformulados de hecho. Como en estos días los vocablos cuaderno, arrepentimiento, delación, colaboración y otros que resignifican los grandes diarios y los charlatanes televisivos a toda hora.

En este contexto que bien podemos llamar perversión lingüística, y que pivotea sobre el machacón recambio de significados para distorsionar la verdad, figuran la llamada “posverdad”, que no es otra cosa que la vieja mentira, y el vocablo inglés “fake”, que significa falso.

Así, como adelantó esta columna la semana pasada, la indefensión nacional es un concepto que casi ni se menciona, aunque es quizás el vocablo que mejor define el estado de nuestro país. Tanto en materia de defensa como de vida cotidiana. 

La Argentina es hoy un país en completa indefensión, tanto frente a posibles agresiones (hoy improbables en la forma clásica de ataque de un país a otro) como ante las ya evidentes ocupaciones territoriales que estamos sufriendo, y cuyo objetivo es una apropiación heterodoxa de nuestros recursos naturales, que están entre los más fabulosos del mundo. Y los cuales –hay que decirlo– en democracia fue y es imposible su apropiación por fuerzas extranjeras. O al menos así fue mientras los movimientos populares y el sentimiento y orgullo nacional fueron mayoritarios y vigorosos, como durante el peronismo y otras corrientes políticas durante todo el siglo 20. 

Hoy podría afirmarse que fue esa imposibilidad de neutralizar y anular tales sentimientos lo que llevó al neoliberalismo (cuya encarnación perfecta es hoy el FMI, que no es un organismo de poder económico, como se pretende, sino de control político global) a cambiar sus estrategias. Y esa tarea la hizo y la hace, precisamente, Cambiemos.

En circunstancias en que es muy improbable un conflicto con países históricamente rivales (Brasil o Chile) la perversa práctica lingüística neoliberal ha venido instalando la idea de que el concepto “Defensa” ha perdido importancia y hoy sería poco menos que un gasto inútil.

La pregunta implícita es: ¿Para qué tener fuerzas armadas? Lo que desplaza e inutiliza temas claves de la democracia como el rol de las FF.AA. y la sumisión militar a la civilidad de la que emana su sentido. E inutiliza la idea de que las FF.AA. son las que aseguran la proyección del poder del Estado hasta el último rincón del territorio, custodiando intereses vitales del Estado y el pueblo.

Si se recuerda el conflicto por el Beagle y se toma nota de que el mundo lleva más de 20 años inficionado de casus-belli en Kosovo, Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Ucrania, con millones de muertos y trillones de dólares invertidos en la infame industria bélica del capitalismo dominante, se observará que todas las fronteras del mundo sufrieron modificaciones, algunas dramáticas: el mapa de Europa en el último siglo cambió docenas de veces, y Alemania se unificó y se dividió, tal como la Unión Soviética y Yugoslavia, y ni se digan los mapas de Africa, Medio Oriente y casi toda Asia. Los límites geográficos son convenciones que dependen de la fortaleza (o debilidad) de los Estados.

Con fuerzas armadas debilitadas, equipamiento obsoleto y ahora redirigidas a reintervenir como instrumentos policiales de represión del pueblo que las nutre, las riquezas naturales de nuestro país adquieren una dimensión de riesgo fenomenal. La demanda de alimentos, descontrolada en términos de seguridad alimenticia; el cambio en la valoración de recursos estratégicos como el litio; el descubrimiento en nuestro territorio de fabulosas reservas de gas y petróleo, más nuestros acuíferos que están entre los más grandes del mundo, convierten a la Argentina en una presa fácil para la voracidad del capitalismo feroz que domina al planeta, en tanto el FMI opera como centro de dirección estratégica de la explotación de esos bienes.

En tiempos en que las guerras frías y las calientes pegan directamente sobre pueblos embrutecidos, ineducados y sometidos a reglas de “mercado” cada vez más criminales, el concepto de defensa debería ser, por lo menos, debatido con seriedad por las dirigencias argentinas. Ante la crisis brutal que atravesamos por obra y gracia del infame gobierno macrista-radical –sí que con la tolerancia imbécil de una amplia porción de civilidad atontada y necia–, es urgente tomar nota de que la disolución nacional será más pronta e irreversible si nuestra integridad territorial continúa desatendida, y se siguen instalando bases militares extranjeras que, está claro, lingüísticamente se pretenden “humanitarias”, de “control antinarco” o la mar en coche.

El pueblo volverá a ser gobierno en la Argentina, más temprano que tarde. Por eso mismo, urge empezar la inmensa tarea de reconstrucción de la Patria, con resignificación lingüística, reordenamiento territorial y adecuado poderío militar, soberano y democrático, incluidos.

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