El fin de la magia

La clienta tuvo que insistir bastante con el pedido. Pero al final lo logró: se fue de la Librería del Mármol con su libro autografiado... por el librero. Ahora tiene un recuerdo de su librería preferida, que dentro de un mes –cuando se termine el actual contrato de alquiler– cerrará sus puertas definitivamente. Este lunes, cuando lo hicieron público en las redes, vendieron más que nunca. Pero la decisión ya estaba tomada. “Una librería es algo mágico”, me contó su dueño. “Pero cuando empezás a pensar más en en los malabares que tenés que hacer para pagar el alquiler y los sueldos que en los libros, la verdad que toda magia desaparece”. 

Por lo general, cuando los comercios cierran por problemas económicos lo hacen de un día para el otro, sin avisarle a nadie, y menos a los acreedores. “Nosotros no tenemos esos problemas: estamos al día y los libros que nos quedan son nuestros”, precisa el librero, que tiene por delante un largo mes de despedida de sus clientes y habitués, en un local y una esquina –Lavalle y Ayacucho– que los hospedó durante doce años. Pero la historia de la librería se remonta aún más atrás, ya que sus comienzos fueron en el primer piso de un enorme local de Palermo –bar y restaurant, pero también refugio cultural– bautizado como Un Gallo Para Esculapio, nada menos que en el hoy tan recordado año 2001. Una crisis los creó, otra se los lleva. 

Hace un par de semanas me metí en una librería pequeña de Avenida Corrientes, buscando un libro que me habían encargado antes de un viaje. El librero insistió que aceptase lo que ofrecía mi tarjeta: pago en tres cuotas sin intereses. Me confesó que el jueves y viernes de la mayor corrida, entre el discurso de Macri y el de Peña con el dólar escapándoseles cada vez lejos, había vendido libros como nunca en el último tiempo. “Me sentí el super librero”, me confesó. “Hasta que entendí que era en realidad el librero del Titanic”, agregó, y calculaba que lo que había pasado era que sus clientes, ante el vértigo que generaba semejante estado de cosas, al menos se concedían algún deseo postergado. “Se llevaban libros de tres o cinco tomos sin pestañear, cuya compra tal vez venían imaginando hace tiempo pero no pensaban que se podían permitir. Todos en cuotas, y que sea lo que Dios quiera”, resumió, y sonaba lógico lo que decía. Después de todo, si el dólar ya se escapó, hay que gastar rápido los pesos que se tienen antes de que los precios lo sigan. “Te vas a reír de esto que te voy a decir”, agregó. “Pero yo creo que en tiempos de crisis, la gente al menos se aferra a los libros”.

No se qué pensará el dueño de la Librería del Mármol del vínculo entre la gente, los libros y las crisis –ni tampoco cómo le estará yendo al dueño de la librería del Titanic un par de semanas después de aquella corrida– pero aún recuerdo mis visitas a ese primer piso de Palermo dieciocho años atrás, en medio de aquella crisis. Los libros, es cierto, es lo primero que uno deja de comprar cuando el bolsillo aprieta, pero también es lo primero a lo que se vuelve. Porque un libro nuevo es señal de que no todo está perdido. Aún encuentro cada tanto, escondidos entre las páginas de los ejemplares de mi biblioteca, algunos señaladores de la Librería del Mármol, con hermosas fotos blanco y negro de –por ejemplo– Harpo Marx. El mudito de los Marx extasiado, celebrando la lectura. No le pregunté por aquellos señaladores al dueño de la librería, pero sí por la cantidad de gente a la que, por lo menos hasta dentro de un mes, le está dando trabajo. Son tres, me responde. Y me cuenta que seguirán manejando el fondo de libros por internet una vez que cierren las puertas. 

Días atrás, le preguntaba  a una amiga despedida de los medios cómo se las ingeniaba para sobrevivir con la crisis respirándole en el cuello. Me confesó que sus intenciones de hacer como freelance sólo el periodismo que le gustaba, no le estaba alcanzando para llegar a fin de mes. Pero dicen que crisis es oportunidad, así que completaba sus ingresos con algunos rebusques que ofrecen los nuevos tiempos: alquilar el cuarto extra de su departamento por Airbnb y vender libros por Mercado Libre. No le estaba yendo mal, me confesó. Y me explicó que, por ejemplo, el otro día descubrió el primer libro de Samanta Schweblin en su biblioteca. Lo puso a la venta, y logró un precio equivalente a mucho más de lo que hoy le pagan por una nota. Es más: recordó que le había regalado uno a su madre (y que ella nunca abrió), así que fue a buscarlo y repitió la operación, con idéntico resultado. Se había tomado su tiempo, pero su antigua compañera de taller literario le terminó devolviendo con intereses el favor de esos ejemplares que tan generosamente le había comprado en su primera presentación de libro, cuando Samanta estaba lejos de ser famosa. 

No creo que esto fuese lo que el librero de Corrientes estaba pensando al decir que la gente en las crisis se aferra a los libros. Pero supongo que no es menos meritorio saber dejarlos ir.

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