La investigadora Ana María Vara debate sobre el avance de la ciencia y sus consecuencias ambientales
El precio del progreso
Las controversias involucran un polo poderoso, representado en los grupos privados que sólo persiguen el lucro y, también, un polo más débil, encarnado en los grupos sociales desfavorecidos que buscan proteger sus recursos naturales y su salud. ¿Para dónde patean los científicos?
Ana María Vara es docente-investigadora de la Universidad Nacional de San Martín.Ana María Vara es docente-investigadora de la Universidad Nacional de San Martín.Ana María Vara es docente-investigadora de la Universidad Nacional de San Martín.Ana María Vara es docente-investigadora de la Universidad Nacional de San Martín.Ana María Vara es docente-investigadora de la Universidad Nacional de San Martín.
Ana María Vara es docente-investigadora de la Universidad Nacional de San Martín. 
Imagen: Sandra Cartasso

Mirar a la ciencia por la cerradura de la política permite, entre otras cosas, comprender por qué el –bien ponderado– “progreso” no siempre implica mejorar la calidad de vida de las personas. La llamada Conquista al desierto pero, también, la megaminería y la incorporación de los agrotóxicos a la vida rural responden a un modelo productivista nacional –con tramas históricas– que debe problematizarse. La sociedad quiere el progreso pero: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar? ¿El del genocidio de los pueblos originarios, el del agua y su derroche incontrolable, el del glifosato y sus efectos devastadores? Por supuesto que no. Envilecidos bajo el reflector del relato celebratorio y espectacular de la ciencia, nos volvemos incapaces de desmenuzar un escenario plagado de tensiones y poder. Ana María Vara, docente-investigadora de la Universidad Nacional de San Martín, define qué es el “no-conocimiento”, devela el rol que juegan las corporaciones en las controversias ambientales y explica en qué consiste su perspectiva latinoamericanista.

–¿Qué es el no-conocimiento y por qué es tan importante para el avance de las ciencias? 

–En épocas recientes, en el marco de la sociología, se le ha otorgado un lugar preponderante al no-conocimiento, concepto cuya emergencia estuvo vinculada al ambientalismo. Implica una perspectiva que propone un punto de quiebre al reflexionar sobre la ciencia pero de manera crítica. Sin ir tan lejos, son los éxitos científicos y tecnológicos los que han provocado transformaciones de una magnitud tal que, a lo largo de la historia, nos han colocado frente a consecuencias imprevisibles e imprevistas. Por ejemplo, era imposible prever que la emisión del dióxido de carbono, un gas imprescindible para la fotosíntesis y la vida y emitido localmente, causara el cambio climático que, actualmente, impacta a nivel global. De este modo, cada vez que se produce conocimiento se produce no conocimiento; de la misma manera que, con cada respuesta, surge una multiplicidad de nuevas preguntas.

–Son las grandes industrias las que utilizan esa producción de no conocimiento en su favor, para protegerse de acusaciones e incrementar sus márgenes de ganancias.

–Por supuesto, las reacciones feroces de la industria tabacalera ante los primeros indicios que señalaban que fumar producía cáncer de pulmón son ilustrativos al respecto. Para 1950 ya existían estudios epidemiológicos serios que exhibían esta relación causal y, en efecto, las grandes empresas se concentraban en desviar la atención del público. ¿Cómo? A través de la generación de no-conocimiento y del empleo de artimañas muy hábiles de divulgación científica. Así, se publicaban estudios con el deliberado propósito de confundir; de aquí el concepto de agnotología como “la ciencia del no-conocimiento”. Algo similar puede señalarse de la industria petrolera respecto al cambio climático, la megaminería, o bien, de las corporaciones productoras de agroquímicos y las consecuencias en la salud de la población.  

–En este sentido, ¿de qué manera se vincula el no conocimiento con el concepto de controversia que usted también investiga?

–Las controversias son situaciones en que los distintos grupos no se ponen de acuerdo respecto a un conflicto de implicancias sociales, por caso, a la conveniencia o no respecto de la implementación de una nueva tecnología. Frente a ello, las respuestas del sentido común invariablemente se orientan en el sentido de: “La ciencia resolverá el conflicto”; “Los que se oponen a las pasteras no quieren el beneficio del país”; o bien, “Aquellos que critican el empleo indiscriminado de agrotóxicos se oponen al desarrollo tecnológico y no entienden nada”. 

–El problema es de enfoque: la ciencia no está por fuera de las controversias sino que participa directamente.

–Exacto. Además, hay una situación clave: cuando nos encontramos frente a una controversia, la mayor parte del conocimiento necesario es producido por el polo promotor, es decir, por los actores interesados en fomentar tal o cual tecnología. Si pensamos en la soja transgénica y el glifosato, por ejemplo, dentro del eje que fomenta su uso se encontrarán los grupos transnacionales de semilleras y agroquímicos, con Monsanto como emblema, un sector del gobierno nacional, a través de la secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, que cuenta con un mandato productivista y promueve la incorporación de transgénicos, áreas del periodismo agropecuario y cámaras vinculadas al sector, y también, actores rurales locales que buscan aumentar su productividad y no reciben subsidios. Como es tan heterogéneo este grupo, vale la pena que intentemos comprender sus lógicas de pensamiento.

–Se trata de un polo promotor que tiene el capital y la capacidad de producir conocimiento.

–Correcto. De este modo, los dos polos de la controversia no se hallan en una posición simétrica. Las personas que se ven afectadas por la fumigación del glifosato tienen que realizar un enorme esfuerzo para conseguir que sectores del complejo científico los ayuden a confirmar todo lo que el químico produce: malformaciones, cáncer y otras enfermedades. Por eso resulta tan fundamental que la esfera pública, a partir del periodismo científico y la comunicación pública de la ciencia, pueda estar al tanto de esta situación. El caso de Andrés Carrasco fue emblemático pero no es el único, pues también existen redes de conocimiento que se tejieron desde la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Córdoba para estudiar el impacto negativo del glifosato en la salud y el ambiente.   

–En el capitalismo quien tiene el dinero cuenta con la libertad de utilizarlo a su antojo.

–Esa situación inclina la cancha. Además, en las democracias occidentales tal cual las conocemos, existe un sesgo muy palpable, casi un mandato, que lleva a los gobiernos a responder primero, y a veces únicamente, a las necesidades de las elites.

–Sin embargo, ¿cuál es el precio del progreso?

–Esa es la pregunta que la comunidad científica necesita realizarse. Lo que le falta a muchos científicos es la toma de conciencia política respecto de las funciones sociales que deben desempeñar, más allá de las pautas que el sistema impone. Volviendo al ejemplo, la actitud de Carrasco al compartir su investigación en el diario, incluso, antes de publicarla en cualquier revista científica tiene que ver con una decisión ética perfectamente meditada. Sabía que se exponía pero tenía la conciencia tranquila de haber realizado un buen trabajo y confiaba en que los resultados a los que había arribado debían comunicarse lo antes posible. Como asunto fundamental, vale destacar que no era ningún improvisado sino que era un investigador que se había desempeñado como presidente del propio Conicet y que en ese momento (2009, cuando se puso en contacto con el periodista Darío Aranda para divulgar sus experimentos) asesoraba al Ministerio de Defensa.

–Pero Carrasco pertenecía al sistema, así que no podemos decir que absolutamente todos los científicos están desenganchados de las preocupaciones sociales.

–Eso es cierto, hay muchos investigadores, sobre todo jóvenes, que ponen su talento al servicio de mejorar la vida de los grupos más desfavorecidos. Además, por otra parte, no podemos esperar que todos los científicos sean expertos en política científica, pero sí tienen el derecho y la obligación fundamental de participar de los debates públicos vinculados a la sociedad de la que forman parte. 

–Por último, sus producciones son construidas desde una perspectiva “latinoamericana y latinoamericanista”. ¿Qué implica ello?

–Ese enfoque puede aplicarse, por ejemplo, al conflicto de las pasteras que emergió allá por 2005. Los primeros que comenzaron a movilizarse fueron colectivos uruguayos que, tras reconocer el problema de contaminación y al advertir que su gobierno no respondía a la demanda, fueron en busca de apoyo de los activistas argentinos. Para que esa colaboración se sostuviera en el tiempo, en momentos en que la controversia se presentaba en los medios como un conflicto binacional, con un Uruguay “productivista” y una Argentina “ambientalista”, era fundamental la construcción de un discurso latinoamericanista con reminiscencias en el querido Galeano y sus venas abiertas. Eso me permitió, en el marco de la investigación, dejar de comprender el problema como una disputa entre naciones vecinas para comenzar a interpretarlo como un problema de la región. 

–¿A qué se refiere?

–El conflicto dejaba entrever cómo América Latina se ubicaba, una vez más, como una víctima del intento de despojo perpetrado por naciones desarrolladas, instrumentalizado a partir del traslado de una industria contaminante a la región. En la actualidad, sin ir más lejos, tenemos un modelo de desarrollo que depende de la llegada de capitales extranjeros como componente central. Y eso, sin dudas, nos coloca en una situación de debilidad estructural. 

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