Acá hubo una piba jugando
VIOLENCIAS | A una semana del femicidio de Sheila Ayala en el municipio declarado provida de San Miguel, pero con política cero de seguimiento de infancias vulnerables y persecución a trabajadoras feministas de la salud, los modos de operatoria machista y patriarcal siguen expresando las violencias sobre niñas y niños, el morbo mediático y las condenas sociales recrudecidas contra las más pobres, las malas madres.
Imagen: Sebastián Freire

A Sheila los pies le daban vuelta en la vereda como remolinos. Le gustaba jugar con las chicas y chicos de su barrio, Villa Trujui, ese pedazo de tierra que se cae del mapa en San Miguel. Las horas del esparcimiento ayudaban a mitigar otras prendas que le tocaban en suerte cada día. Podían ser “riñas de gallo” infantiles a las que según su bisabuela la sometía su padre, o las derivas de la mano de su madre, una suerte de huidas espasmódicas de los dramas familiares. Que el fin de semana del 14 de octubre sus pies abandonaran ese pelotero circunstancial para responder a la invitación de una voz amiga no extrañó a nadie, y que se trasladara a unos metros del predio donde vivía, menos. A veces iba a lo de su tía paterna, Leonela Ayala, y su pareja, Fabián González Rojas, para estar un rato con ellos y sus hijos, dos niñas de 9 y 7 años, y un bebé de 1 año y 4 meses. Por eso  desgarró la desaparición y el hallazgo de su cuerpo desnudo en una bolsa de basura atascada entre las medianeras de los parientes, con la sábana alrededor del cuello señalizando una muerte por asfixia. Secuestro, abuso, femicidio y descarte ocurrieron todos juntos en el municipio de la bandera provida, allí donde las iglesias evangélicas ocupan cada resquicio comunitario y la Iglesia católica instala consejerías que obstaculizan derechos sexuales y reproductivos mientras se despide a trabajadoras de la salud por tener un cartel que dice Ni Una Menos. 

Zafó de convertirse en mala víctima porque la maestra de su escuela –a la que asistió poco– dijo que era una nena amorosa, tranquila y buena. El noticiero central de Telefe saturó la pantalla con Sheila jurando la bandera. Un guardapolvo blanco que se fundía entre tantos hasta que una niña salía de la fila para apoyar su mano sobre la Constitución. “¡Ahí va, ésa es Sheila!”, exclamaba  la conductora Cristina Pérez en trance, como si el video que le habían entregado 24 horas después de encontrado el cuerpo se tratara del golazo periodístico del año. La patria panelista de todos los canales de aire y cable se desmañaron con su calentura de excitación moral y prejuicios, y la condena recayó inicialmente sobre Yanina, la madre de Sheila, “que por lo menos reconoció haber vendido drogas para subsistir –punteaban–, no como la madre de Candela Sol Rodríguez, que nunca admitió la cuestión narco en el secuestro de la nena”, y sobre Leonela, la tía paterna y madrina de Sheila, capaz de albergar sentimientos asesinos “mientras llevaba un hijo en su vientre”. “¡Cómo alguien de su sangre pudo cometer esa aberración!” Manipuladora, cínica, viciosa, abandónica, mala madre, peor tía, desviada: el morbo en primer plano y la grasa del punitivismo misógino que ahora flota con menos rating, aunque reforzando esa idea de la individuación del daño para que el enchastre no se colectivice sobre las buenas conciencias. Según estos códigos de inmediatez, evitar que a Sheila “la estropearan” el domingo 15, como dijo su abuela materna Marta, pasa a ser una mochila de responsabilidad privada y puertas adentro de núcleos familiares hechos pedazos. Pero su crimen es la colectivización de todas las violencias que se expresan en cada femicidio. De los 139 que se cometieron en los primeros seis meses de 2018, 13 corresponden a niñas menores de 11 años y el 70 por ciento ocurrió en sus domicilios o en el entorno familiar, según informe del Observatorio de Femicidios de la Defensoría del Pueblo de la Nación. La mayoría se registra en la provincia de Buenos Aires.

“El crimen de Sheila nos duele y nos llena de impotencia, porque es la expresión más acabada y extrema de la violencia y la crueldad sobre los cuerpos de les niñes, las mujeres y las cuerpas disidentes, que para muchos no cuentan o son descartables”, expresa la educadora Alejandra Rodríguez, activista feminista, integrante de los colectivos Yo No Fui y Ni Una Menos. “Estas situaciones de violencia intrafamiliar son muy frecuentes y muchas veces invisibilizadas o naturalizadas, por eso es tan importante que hablemos de Educación Sexual Integral, de cuidados, de afectos, y que desde el feminismo sigamos construyendo redes y estrategias colectivas.”

FUERZA COLECTIVA

Durante tres días, encontrar a Sheila consistió fundamentalmente en compartir su nombre e imagen en whatsapp, que los medios comunitarios de la región se encargaron de difundir. “Su cara no había logrado llegar a los medios nacionales hasta que sucedió y todo empezó a girar en torno de su barrio precarizado, de sus vecinos migrantes y sus rostros sospechosos por no ser tan blancos”, describe Sandra Hoyos, activista feminista e integrante de la Campaña Nacional por Aborto Legal, Seguro y Gratuito. “Su mamá, Yanina, fue señalada como narco porque se animó a decir que vendió droga y doblemente cuestionada cuando se supo que el servicio local de niñez estaba interviniendo con otro de sus hijos por una situación de vulneración de derechos. Como si cada unx de lxs niñxs del conurbano pobre no estuviera en situación de extrema vulnerabilidad.”

 Hoyos, al igual que las docentes de la escuela de la zona, fortalecen redes contra el maltrato, el señalamiento y la culpabilización que sufren las familias cuando denuncian que una niña o adolescente no volvieron a sus casas. “Porque sabemos que una niña está expuesta a infinitas situaciones de vulnerabilidad”, en un escenario de escuelas estalladas y en riesgo edilicio, con viandas miserables para una niñez que con suerte come una vez al día gracias al Ollas Sí de sus propias maestras torturadas y amenazadas de muerte. “Sumada la violencia particular que se ejerce en el partido de San Miguel negando recursos para el acceso a la salud reproductiva y obstaculizando el dictado de la ESI en la escuelas, o cuando el Concejo Deliberante lo declara municipio en defensa de las dos vidas.”

Sheila no desapareció solamente el domingo al mediodía, coinciden algunas referentes del movimiento de mujeres. También la desaparecieron cuando no la mostraron en los medios masivos de comunicación por el hecho de ser una niña sin recursos de 10 años que faltaba de su casa.  “La hicieron visible para culpabilizar a su madre, para señalar que estas cosas suceden entre pobres. Para decir que su desaparición fue porque estaba en un barrio lleno de migrantes”, remarca Hoyos.  “Su desaparición fue utilizada para cargar todo el odio a la pobreza y la marginalidad. Esa marginalidad carcelaria y de barrios conurbanos que sólo es admirada y usada de fetiche en las series argentinas netflixadas. Ella fue el pretexto para que muchos periodistas fogonearan el racismo presente en nuestra sociedad. Sí, a Sheila la asesinaron dos personas de su familia que se declararon culpables. Pero su femicidio además  fue la excusa para contarnos detenidamente el odio a lxs pobres y a la pobreza que tanto les espanta.” 

Saliendo del estupor frente a la violencia sobre los cuerpos de las mujeres y en especial de las niñas, “las más vulnerables”, dice la poeta e investigadora Daniela Camozzi, del Centro de Integración Frida para mujeres cis, lesbianas, trans y travestis en situación de calle, e integrante de la organización feminista No Tan Distintas. “Hay un punto del entorno familiar como lugar de inicio de la violencia más terrible. Como explica Rita Segato, esto dice cosas, no es un hecho policial, es disciplinamiento de los cuerpos de todas. Agarrárselas con las más vulnerables y dar claramente un mensaje.” 

La desaparición de las pibas “y estas apariciones de los cuerpos asesinados y masacrados”, describe Camozzi, requiere la necesidad de otra trama. “Vuelvo a Judith Buttler al hablar de lo que dicen los cuerpos cuando se juntan y esa idea que trabajamos en No Tan Distintas sobre armar redes porque solas nos revientan. Sucede que con casos como el de Sheila se llega a un borde de la posibilidad de pensar estas cuestiones. Por supuesto que hay un núcleo duro patriarcal que es el que genera esta violencia extrema. En su último trabajo Buttler retoma la cuestión performática, pero aplicada a las formas de contrarrestar las precariedades de la vida y a cómo hacer para encontrar un incentivo que permita continuar la lucha recuperándonos de estos golpes. Porque el camino es dar la lucha colectiva actuando y pensando entre todas, visibilizando, desarmando y revisando estos discursos que disciplinan y que nos matan. Insistir con la fuerza colectiva y el afecto como política.”

LA INTEMPERIE 

Desde el primer Ni Una Menos, el 3 de junio de 2015, hay una sensibilidad circulante que ya no se banca la noticia de una muerta más y punto. Pero el 19 de octubre de 2016 y el femicidio de Lucía Pérez que motorizó el Paro Nacional de Mujeres, marca un posicionamiento afirmativo y una decisión política radical, dice la socióloga, investigadora y docente Marisa Fournier,  coordinadora de la Diplomatura en Géneros, Políticas y Participación de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS).  El crimen de Sheila, sin embargo, salta esos estratos y la desprotección resuena porque no se mira a las infancias y las crianzas en términos de responsabilidad colectiva. “Siempre se las pone en el plano del delito y  no en el rango del problema. Sheila es la expresión más brutal de la vulnerabilidad en un marco donde el gatillo fácil o las riñas entre niñxs y jóvenes se dirimen por medio de la fuerza física y en un sistema en el que tenés que ser importante. Al aparecer como apareció Sheila se presenta una cuestión sexogenérica en el modo de operatoria patriarcal que expresa la muerte de lxs niñxs.”

Fournier, que también integra la colectiva feminista Conurbanas, concluye en una serie de puntos clave que siguen girando alrededor de Sheila:  

  • Los medios.  “La lectura mediática levanta la xenofobia más brutal, el machismo y el patriarcado, y establece una responsabilización absoluta de las mujeres sobre la vida,  dos vectores que se estimulan desde el aparato mediático. Sheila estaba bajo observación del servicio local, la madre totalmente deshilachada en su subjetividad. Supongamos que el padre estaba más entero, ¿cómo hacemos para no reponer el discurso que manejan los medios y decir que los varones tampoco cuidan y que exponen a grados de esclavismo o de trata?”
  • El feminismo. “Tampoco se hace una lectura feminista acerca de las infancias. Estamos en momentos que necesitamos rearticular de modo inteligente infancias y polos de vulnerabilidad, siendo nosotras que por efectos de autonomía o de cansancio no estamos dispuestas a cuidar las 24 horas. No nos hacemos cargo de los pibes ni de los viejos, ¿y qué? ¿Cómo hacer entonces que la vulnerabilidad infantil sea tomada como responsabilidad de todos y también del Estado?”
  • San Miguel. “En el caso puntual de Sheila es fundamental  denunciar la perversión del municipio que se pone en adalid de los niños por nacer y hace seguimientos a las embarazadas con el programa Mil Días. Es control sobre nuestros cuerpos y punto. Hasta que asesinan a Sheila, aparece la vulnerabilidad de las infancias y el Estado no está presente. No existe un sistema integral de protección más allá de los malabares que hacen en el municipio las trabajadoras feministas y sensibles al género.”

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